Crónicas Mundanas

Relatos de deporte, cine, política y de lo que sea menester

Niños tutean a campeones

Los guerreros del Dortmund. Lo peor es que crecerán.

Los guerreros del Dortmund. Lo peor es que crecerán.

 

Entre todos los futbolistas del Borussia Dortmund no hacen una barba. Seguramente es el dato más inquietante. Esos chicos son buenos y serán todavía mejores. Tal cosa no significa que semejante concentración de calidad juvenil les baste para doblegar al Real Madrid. El talento que suma esa colección de niños prodigio no iguala el que tiene el campeón de Europa. Tampoco pueden competir en cuajo, en experiencia o en cicatrices. La prueba es el susto que le entró al Dortmund cuando Cristiano abrió el marcador. Es posible que nunca hubieran visto desde tan cerca un contragolpe perfecto, de los que se sueñan sobre una pizarra.

Read More

Los otros

No se asusten, pero hay más gente por ahí.

No se asusten, pero hay más gente por ahí. Y mete la pierna.

 

Uno de los descubrimientos de la edad adulta es que los marcadores mienten. También las cuentas bancarias. Y en general todo lo cuantificable. Cuando hablo de mentira me refiero a inconsecuencia. Demasiadas veces no existe una relación directa entre lo que haces y lo que consigues. Desde esa aceptación, yo debería explicar el empate entre Las Palmas y el Real Madrid, pero no haría otra cosa que encajar el relato en el resultado, y está feo manipular.

Sería fácil decir que el Real Madrid se durmió en los laureles y que Las Palmas peleó hasta el último instante. Sería sencillo elogiar la propuesta de Quique Setién, como si hubiera tenido alguna influencia en el rebote que favorece a Araújo en el minuto 84. Me conmueve tanto como al que más la resistencia de los modestos, pero no observo una conexión directa entre ese esfuerzo y el empate final.

Read More

Recuerda que eres humano

Contra la inmortalidad, un poco de laurel.

Contra la inmortalidad, un poco de laurel.

Tenía que suceda y lo mejor, si eres madridista, es que ocurra contra el Villarreal, en un partido que no pone en peligro ni el liderato, ni la moral, ni el campeonato. La suerte termina por equilibrarse (creo), incluso en el caso del Real Madrid (juraría), y conviene llegar limpio de favores a la próxima primavera. No hay nada dramático en el empate, por lo tanto. Apuntes para el siguiente entrenamiento.

En caso de que seas del Villarreal tienes razones para sentirte satisfecho. El equipo sabe hacer lo más difícil: jugar al fútbol. Cuando no tuvo el balón se movió pulcramente ordenado, pero pareció lejísimos del gol. Cuando se hizo con la pelota se agigantó hasta el punto de subirse a las barbas del Madrid. Sólo le falta continuidad y, probablemente, confianza.

El primer gol visitante fue un amable obsequio de los centrales de blanco, que en en tiempos de plomo y Mikasa hubieran sido ajusticiados al amanecer. Varane perdió el balón cuando intentaba hacer una ruleta y Ramos lo palmeó luego sobre la línea del área.

Algún día deberíamos hablar más prolijamente del impulso que lleva a ciertos futbolistas, generalmente defensas, a golpear la pelota con la mano. Es algo superior a sus fuerzas y parte del deseo irrefrenable, diría que infantil, de tocar todos los balones que pasan cerca. Piensen en los niños que meten los dedos en el enchufe, que se cuelgan de los cordones de las cortinas o que rascan las paredes con mugre. Necesitan tocar, abarcar, dominar. Sergio Ramos tiene ese mismo arrebato. Su fortuna es que las trastadas en área propia las compensa en área ajena con goles como el que valió el empate: cabezazo poderoso descolgado desde el cielo.

El resto fue el rito de la remontada pero sin el gol salvador. Más que una decepción, una buena enseñanza. Ni siquiera el Madrid puede todos los días.

Los hijos de puta

El gran dictador. Chaplin, en plena mofa.

Nada soporta peor el dictador que la mofa. Chaplin lo sabía.

 

El hijo de puta es un imbécil que va armado. El hijo de puta con todas las letras (descartamos “hijoputas” e “hideputas”, como bien me sugieren los filólogos Elena Pérez y Fernando Carreño) se distingue de otros indeseables porque actúa desde una posición de poder. Si no la tuviera sería un cretino, relativamente inofensivo aunque indudablemente molesto.

El hijo de puta se cree un hombre de estado aunque sea jefe de almacén en una fábrica de palés. La responsabilidad es habitualmente su justificación moral. El hijo de puta está absolutamente convencido de que si no fuera por él todo se iría a tomar por saco; en primer lugar, tu empleo. Es muy posible que el hijo de puta, en la intimidad del hogar, presuma de su inestimable contribución a la economía del país y es fácil que su perorata siempre termine así: “…para que luego digan que soy un hijo de puta”.

Buen consejo.

Buen consejo.

En algún infausto momento de la humanidad, se instauró la creencia de que alguien tiene que hacer de malo (o serlo) para que funcionen las cosas. Quienes piensan de ese modo asumen que las personas tienen una tendencia natural a la holganza y la molicie, y que necesitan mano dura para ser de provecho a la sociedad, a la empresa o al almacén de palés.

El primero que promocionó a un hijo de puta debió ser un matarife al que no le gustaba mancharse de sangre. O un patricio romano que deseaba reducir plantilla de esclavos. Ante la dificultad de encontrar a un ejecutor con principios (contradicción insoportable), recurrió al hijo de puta, tipo de simples convicciones al que, llegado el momento (y siempre llega), se le puede cargar el muerto: “Se pasó de hijo de puta”.

Desde entonces, y por épocas, el hijo de puta ha ganado cierto prestigio. Se llega a decir, en tono elogioso, que fulano es un hijo de puta, guau, e incluso hay quienes presumen de tener como amigo a uno de la especie. La disculpa social es diversa (no es mi jefe, no es para tanto, te ríes), pero el argumento empresarial siempre es el mismo. Para no caer en el ‘buenismo’ consentidor nos entregamos al ‘malismo’ sin fronteras. Para qué explorar posturas intermedias.

Malditos Bastardos, película documental.

Malditos Bastardos, película documental.

Hay quien asegura que el hijo de puta vivió una infancia desdichada y quien afirma que lo cosieron a collejas en los recreos. Hay quienes consideran que el rechazo es la primera causa de la enfermedad. Como en todo, habrá categorías, tipologías y niveles. El más bajo nos sitúa ante el hijo de puta que es un ogro ante el subordinado y un gatito ante el jefe, o ante la esposa, o ante el menor atisbo de violencia física.

La última reflexión es la más desesperanzadora. El hijo de puta nunca admitirá que lo fue, lo que nos dejará sin compensación a los que nos conformábamos con eso. Enfrentado a la venganza de sus víctimas, el hijo de puta dirá que todo lo hizo por responsabilidad y sentido del deber. Porque alguien tiene que ser un hijo de puta.

El Real Madrid, el Espanyol y la señora Streep

Meryl Streep, la guapa que supimos ver.

Meryl Streep, la guapa que supimos ver.

 

Con la edad se producen cambios notables en los gustos de las personas (la verdura, Meryl Streep), aunque no creo en las transformaciones radicales que afectan a la personalidad. Una alteración significativa es que el fútbol deja de gustarte sin condiciones. Los partidos plomizos, antes masticados con entusiasmo, se convierten con el tiempo en tragos inaceptables. Ni siquiera la victoria compensa el aburrimiento. Hablo de un estado muy próximo al descreimiento en que el aficionado, tan generoso durante años, espera ser seducido por el juego. Y espera sentado, habitualmente.

Mal partido, ya lo habrán adivinado. Lo que perpetraron Espanyol y Real Madrid fue un ejercicio de contorsionismo, una batalla siderúrgica, una gimnasia con balón medicinal. Igualados en lo físico, el talento alumbró los goles porque el talento se sujeta malamente con cadenas.

Cuento lo que vi, pero no lo vi todo. Me distraje más veces de las que recuerdo. Sin apartar la vista de la pantalla pensé en cosas completamente distintas, en las horas que han pasado desde mi último paracetamol o en lo que podría escribir ahora. Cuando regresé al partido siempre lo encontré como lo había dejado, con el balón en el aire, perseguido por tipos con armadura.

No es que me haya vuelto un gourmet, no pretendo presumir de nada. Es simplemente que opongo más resistencia a perder el tiempo. Me gusta lo que me gustaba, con leves diferencias. Ahora me gustan las guapas y las que fueron guapas. También las que pudieron serlo. Y con el fútbol me sucede algo parecido. Celebro el buen juego y admito el intento, incluso el aroma. De lo demás huyo, camino de otra ventana o de otro paracetamol.

Destino, el jugador número 12

Un célebre madridista festeja el gol de Morata.

Un célebre madridista festeja el gol de Morata.

 

No se conoce club en el mundo al que le sobren más minutos de partido. No hay otro capaz de convertir en común lo extraordinario. Nadie está precedido por una fama tan merecida y no hay estadio donde se genere semejante excitación en los últimos momentos. Los rivales, por bien que lo hagan, conocen su destino trágico. Lo sabía Rui Patricio cuando Cristiano se abrió de jarras antes de golpear el balón, minuto 88. Será gol. Lo sabía todo el Sporting en el último arreón del Real Madrid, minuto 94. Será gol. Y también lo fue.

El fenómeno debería ser estudiado por un competente equipo de parasicólogos y mentalistas. También sería interesante incluir a un sacerdote vaticano en el grupo de expertos porque en esta historia hay mucho de fe que mueve montañas. Es tanta la energía que flota sobre el césped, y tan espesa, que se podría capturar con una polaroid. Lo difícil sería reconocer luego a tantos fantasmas.

El drama sobrevendrá la noche en que el Madrid no consiga remontar, pero ese momento no parece cercano. Quizá ocurra cuando todos los cronistas del mundo se pongan de acuerdo para escribir durante el partido lo que no sucede, pero sucederá. Cuando todos den por hecho la victoria del equipo que pierde, negando lo que ven sus ojos y escupiendo a la cara del destino. Tal vez, en ese caso, el Madrid sólo consiga empatar.

Viva Colombia


Siempre ocurre igual: poco se puede añadir después de tres semanas. Sólo queda elogiar el escenario y buscar algún adjetivo no usado para regalar al campeón. Los estados de plenitud no son muy creativos, y digo plenitud, sí, porque todos los que seguimos la carrera sin faltar una tarde hemos cumplido la travesía, aunque lo hayamos hecho a distancia. Algún año deberían invitarnos al fin de fiesta, aquí o en Barranquilla.

Poco se puede aportar, salvo recordar que el tamaño de las victorias viene marcado por la talla de los adversarios, y Nairo se enfrentó al mejor ciclista del mundo, Chris Froome, tres segundos puestos en la Vuelta a España. No hay amores como los no correspondidos.

No es tiempo para anticipar lo que vendrá. Es momento para decir que a Madrid le quedan bien los colombianos y confío en que a ellos también Madrid les siente razonablemente bien. Esa imagen de Nairo aclamado en la Plaza de Cibeles, con el sol en retirada, y las bandera de Colombia dando color al paisaje es el colofón ideal para una historia que es perfecta porque continuará. Hasta entonces.

 

Nairo en las alturas

Nairo Quintana, en modo galán.

Nairo Quintana, en modo galán.

 

Cuando Nairo Quintana, ya ganador de la carrera, sprintó a Froome en los últimos metros hizo demostración pública de una rivalidad que no será amable, sino encarnizada. Había quien especulaba con que podrían llegar juntos y de la mano, y es cierto que hubieran compuesto una bonita foto, resumen ilustrado de la Vuelta 2016. Sin embargo, si no hubo galanterías en la cumbre de Aitana es porque allí no acabó una batalla; empezó una guerra.

Froome contestó al último acelerón de su adversario con un aplauso que creímos inequívocamente irónico, más leña para el fuego que nos calentará en los próximos años. Lo desconcertante es que horas más tarde el británico felicitó a Quintana en las redes sociales y acompañó su enhorabuena con la imagen de su aplauso. O Froome maneja una ironía extrema o es bueno como el corderito de Norit. Las dos posibilidades resultan igual de inquietantes.

 

Fue un gran día para Colombia, que no reinaba en España desde 1987 (y excluyo de esta contabilidad a Shakira, Sofía Vergara y Angie Cepeda). Ese año, Lucho Herrera se proclamó campeón por delante de Dietzen y Fignon. Al triunfo total de Quintana, hay que añadir la proeza de Esteban Chaves, que se fugó a falta de 45 kilómetros para la meta y dejó a Contador compuesto y sin podio.

Angie Cepeda, por si la habían olvidado.

Angie Cepeda o cuando el Pisuerga pasa por Valladolid.

Da pena por Contador, que ha hecho todo lo que estaba en su mano (en sus piernas) por tener un papel un relevante en la carrera (no olvido la operación Formigal), pero es de justicia que la valentía de Chaves/Orica tenga premio. Referidos de nuevo al español, queda la amarga sensación de que es un gran jugador de póker sin cartas; todo lo resiste menos las escaleras, los fulls, los colores…

La mejor noticia, en términos competitivos, es que la venganza está servida. Nairo y Froome continuarán con su particular disputa para disfrute de los aficionados y mayor gloria del ciclismo. Lo más descorazonador es que faltan diez meses hasta el próximo mes de julio.

El perseguidor

Tintín Froome. Ojo con él.

Tintín Froome. Ojo con él.

 

Nos inclinamos poco ante Froome. O no tanto como merece. Quizá le hagamos de menos por su estilo algo desmadejado, o por su origen exótico (ya nos pasó con Lemond) o tal vez porque tiene una cara demasiado amable, de Tintín metido a ciclista. No sé qué más queremos que haga si ya va camino de los cinco Tours. Tal vez necesitemos que también gane esta Vuelta. Somos bestias insaciables.

Read More

Bajo el peso de la ley

La fuga del día.

La fuga del día.

 

En las etapas más anodinas, las buenas historias viajan en el bolsillo trasero de los escapados. Partimos de un relato esencial: el de un grupo de reclusos que escapan del presidio (de la muchedumbre, del anonimato) y son perseguidos por una jauría de sabuesos. Que entre los rebeldes se encontrara un japonés convierte la tradicional película de fugas en un film de Jim Jarmusch (véase Bajo el peso de la ley); así es a la internacionalización del ciclismo.

Cada actor presentaba algo que lo hacía inigualable. Lo mejor del nipón Beppu es, sin duda, su nombre: Fumiyuki. De sus condiciones como gregario habla su trayectoria profesional en Europa, iniciada en el Discovery Channel en 2005. Tampoco es poca cosa el nombre de pila del francés Jauregui: Quentin. Han de saber (imagino que les interesa) que es el cuarto nombre más común en Francia, después de Thomas, Nicolas y Julien. Sobre el éxito de las películas de Tarantino en territorio galo disertaremos en otro momento.

Jauregui (hijo, claro está, de un ciclista vasco) no era el único niño en la escapada. Vervaeke cuenta con los mismos años (22) aunque acumula algo más de fama: se le anuncia como el gran escalador belga del futuro, cosa muy impresionante porque, desde Van Impe, belga y escalador son conceptos incompatibles, casi contrapuestos.

Hay que suponer que Pierre Rolland se preguntó varias veces qué diablos hacía allí, entre críos, sin montañas y sin apenas opciones de victoria; nosotros también nos lo preguntamos. Aquello era una locura adecuada para corredores como Cattaneo, un muchacho sin victorias profesionales y por debajo de las expectativas que generó cuando el ganó el Baby Giro en 2011.

Ni qué decir tiene que venció un tipo al sprint, Magnus Cort Nielsen, un prometedor velocista que, como tantos, ha decidido estrenar su palmarés en la Vuelta. Algún día será famoso y, si no se quedaron dormidos, podrán decir que lo vieron primero.

Page 1 of 11

Powered by WordPress & Theme by Anders Norén