Primavera, propiedad registrada de Botticelli.

Primavera, propiedad registrada de Botticelli.

 

 

Por Anchorage

 

Asperjando los caminos antes de ellos llena todo de colores y olores excelentes.

                                                                                                     Lucrecio

 

1.

Una mágica mujer capricorniana tira de mí. Me agarra del brazo y me arrastra como a un pedazo de su propiedad que, a pesar de haber sufrido algunos daños, todavía conserva cierto valor sentimental. Cuando ella cruza, yo me paro y espero desesperado a que el semáforo cambie de color. Ella sonríe. 

Me gusta La Negra porque no sé cuándo dice la verdad y cuándo miente, y me gusta mucho cuando miente. La cara de alucinado que se me pone, como venido de un planeta remoto de crédulos, no acostumbra a reflejar ese entusiasmo. La sigo sin condiciones, sin pretextos, cada vez que me niega yo la creo, demasiadas veces desde la transparente frontera que separa devoción y fanatismo. Ya te rezaba, Negrita, antes de conocerte, ya te deseaba y te buscaba dentro de los ojos de cada mujer que consideraba hermosa.

La Negra ahora aletea calle arriba, congelando mis latidos, escapándose un metro más de mí con cada paso militar que sus patitas de gallina caribeña alcanzan a dar. Yo todavía espero, como un bólido en la línea de salida, escuchando las pálidas excusas que balbucean los demás peatones estáticos y cobardes que tampoco se han atrevido a cruzar, incapaces de pisar el mismo suelo volcánico en el mismo momento que ella lo pisa; sospechosos de contarte una vida entera en un paso de cebra. 

2.

Una vez estuve con La Negra delante de la fuente de Neptuno, en la plaza de la Señoría. Aquel día paseamos las riberas del Arno, elegimos un imán de frigorífico en las casas colgantes del Ponte Vecchio; nos perdimos intencionadamente en los corredores de Los Oficios. Llegamos a Florencia un sábado 28 de mayo en uno de esos vuelos baratos que le hacen sentir a uno más europeo. Por Peretola desfilaban los turistas que nada se jugaban en Milán.

3.

La Negra pasea callada. Los dos caminamos como títeres desconocidos que, movidos por los dioses de la casualidad, se dirigen al mismo lugar. Cuando a La Negra no le apetece caminar, esperamos el autobús. Ninguna actividad en el mundo la crispa más que ver cómo pasan todos los elefantes de metal barritando con sus bocinas menos el nuestro, el que nos llevará a Los Oficios. Esos elefantes urbanos, según La Negra, nunca barritan para nosotros. Por esa razón jura y mueve los brazos airadamente, haciendo aspavientos que sólo se intuyen detrás de la niebla tóxica del tubo de escape. 

4.

Los elefantes de ciudad se alejan, uno detrás de otro, procesionando hasta el cementerio y La Negra impotente fuma y se calma muy poco, hasta que se da cuenta que el elefante que ahora se aproxima es el que nos llevará a Los Oficios. Apura entonces el cigarro hasta dibujarle un color de mandarina y deja caer la mitad al suelo, porque el elefante metalizado no espera. La única que espera es La Negra, y algún día se cansará de esperarme desde la otra orilla del paso de cebra. Yo me río ahora de La Negra, que se ha olvidado su paquete de tabaco en la parada. Entonces ella se pone seria y me dispara con sus ojos que gritan, porque los ojos de La Negra gritan, y esa voz es más profunda que todos los océanos. 

5.

A La Negra le fascinó aquel cuadro misterioso de los sospechosos esperando en un paso de cebra que Botticelli había preferido no pintar. Reconoció rosas y fresas silvestres en el bosque pagano. Mil veces se preguntó qué fuerza cósmica los había reunido en aquel paso de cebra. Ella, por supuesto, esperaba ya en la otra orilla, y desde esa distancia insalvable del espectador sintió algo parecido al miedo. Le prometí que nosotros nunca seríamos como los sospechosos alargados del cuadro, peatones capaces de enamorarse y desenamorarse en el tiempo que emplea el semáforo para cambiar de color. 

6.

En el viaje de vuelta La Negra miraba por la ventana nuestro pasado reciente, despidiéndose de él en silencio, como si despidiera a un cadáver. De repente, contra todo pronóstico, La Negra me preguntó por el partido. Yo desconocía el resultado pero le dije lo que pensaba: iba a ganar el Real Madrid. Al final, cuando todo termine, sonará Queen y la copa no la levantará el Atlético. Algo dentro de mí me decía que la escurridiza ballena blanca, la de las grandes orejas, la que el capitán Simeone había perseguido por los siete mares, milla a milla, partido a partido, iba a volver a escaparse, por segunda vez.

La Negra me escuchaba, aparentemente interesada, contarle los agravios del sufrimiento rutinario; estaba a punto de descubrir que toda su vida había sido colchonera. La suya era también una historia de eternos retornos, de champagne y huevos rotos para cenar, de heridas mal cicatrizadas que aprendió a esconder deprisa, a base de maquillaje y bisutería; de lágrimas disimuladas debajo de la cama, convencida de que la próxima vez que las necesite estarán llenas de polvo. 

7.

Llegamos a Madrid acalorados. Los aviones dibujaban el cielo capitaleño y un sol justiciero disparaba sus balas ultravioletas contra los tejados. Miré a La Negra; habría cambiado cualquier jardín por las caricias de algún dios del viento. Respiré profundamente. El aroma de las flores nos envuelve. La Primavera.

 

                                                         Fdo.  Anchorage