Froome corre, el Tour huye.

 

¿Quién tiene la culpa de lo ocurrido a Porte y Froome? ¿La tiene el motorista que se detuvo de pronto? Diría que no. Lo más seguro es que frenara para no atropellar a un espectador, o para no rematarlo, una vez atropellado. ¿La tiene entonces el desdichado espectador? Es muy probable que fuera uno de esos imbéciles en triquini que se abalanzan sobre los ciclistas, pero tampoco se puede descartar la distracción de un aficionado razonable, o simplemente un accidente de los que ocurren cuando se hacen coincidir multitudes, vehículos de motor y pasiones encendidas.

Desde luego quien no tiene la culpa es Bauke Mollema que, afectado por el mismo incidente que Froome y Porte, reanudó la marcha y pedaleó hasta la meta sobreponiéndose al susto y a los dolores, que no debieron faltarle. A falta de reconocer al culpable, el ciclista holandés es el principal perjudicado de cuanto sucedió en la subida al Mont Ventoux; su último esfuerzo fue en balde.

Cuando en el Tour de 1988 un gendarme confundió de camino a los escapados Philippe Bouvatier y Robert Millar (los mandó por el desvío de los coches), a nadie se le ocurrió anular la victoria de Massimo Ghirotto, calvo entrañable. En 1994, un gendarme metido a fotógrafo provocó una terrible caída en el sprint de Armentieres. Bien, pues a Jalabert ni le dieron la victoria ni le devolvieron los dientes. Ni siquiera le mandaron las azafatas al hospital. Abdoujaparov se llevó el triunfo, los besos y el leoncito.

 

Distinguir entre ciclistas ilustres, a los que se debe compensar la mala fortuna, y el resto de ciclistas es una injusticia mayor que la que se pretende reparar”

Hay docenas de casos similares. En 2011, un coche de la organización del Tour atropelló a Flecha y Hoogerland, sin que mediara más decisión que la expulsión del automóvil implicado; creo recordar que ni se suspendió la etapa ni se les dio a los caídos el tiempo del vencedor. Tampoco hubo consuelo para Sagan cuando fue arrollado por una moto de la Vuelta el pasado año.

Y es que los vehículos que siguen la carrera forman parte de la misma, para lo bueno (para remontar tras los coches hasta el pelotón) y para lo malo, que no es otra cosa que interferir involuntariamente en la competición. Distinguir entre ciclistas ilustres, a los que se debe compensar por su mala fortuna, y el resto de ciclistas es una injusticia mayor que la que se pretende reparar ajustando cuentas con la providencia. La suerte, buena o mala, es un factor más del ciclismo. Pregunten a Contador. O a Beloki.

A partir de ahora, muchos ciclistas estarán tentados de levantar la mano cuando se les cruce un idiota vestido de Condonman o les retrase una moto, pero sólo se escuchará a los grandes líderes de los grandes equipos. Juraría que la organización del Tour se ha dejado guiar más por su propio bochorno (pancartas caídas, líder a la carrera…) que por el sentido de la justicia. Quizá también temió el Brexit con que pudiera haber amenazado el Sky.

La última reflexión va dirigida, precisamente, al equipo inglés. Si en lugar de presentar una reclamación hubiera aceptado el resultado provisional, se habría ganado de inmediato las simpatías que le faltan: todos los aficionados, sin fisuras, hubiéramos sido del Sky. Igual hubiera ocurrido con Froome. Y no hablo de regalar el Tour. Lo más probable, a tenor de lo visto, es que hubiera terminado por ganar el Tour, pero ya convertido en superhéroe, con la admiración de todos, con una remontada épica.

Admito mi absoluta inocencia-candidez al plantear algo semejante. Sé lo que están pensando. Nos seas pardillo. Hay mucho dinero en juego y con el dinero no se juega. Mejor pájaro en mano que ciento volando. Es verdad, ustedes tienen razón: cada uno defiende sus intereses y quien tiene dinero los defiende mejor. Pero qué bonito hubiera sido, y qué agradecido para las audiencias, ver a cien pájaros en vuelo.