Fugados, los últimos románticos.

 

Se impone un maillot que identifique al ciclista con más kilómetros en fuga. Podría ser un jersey marrón, por razones obvias, o un maillot de color verde esperanza (la regularidad debería ser naranja, como los periódicos financieros). Quien lo vistiera sería uno de los favoritos de la afición, como lo fue en tiempos el portador del maillot negro (la maglia nera), que identificaba en el Giro al último clasificado (1946- 51).

Si el ciclismo tuviera corazón y la UCI sentimientos, el italiano Benedetti sería reconocido como el líder de los lobos solitarios, con más de mil kilómetros en fuga desde que empezó la temporada (Noruega, Dauphiné, Lieja, Trentino, Adriático…). Él fue uno de los escapados, o sería más correcto llamarlos “escapistas”. Lo cierto es que todos tenían experiencia en la excavación de túneles, en la falsificación de documentos y en narcotizar pastores alemanes: además de Benedetti, allí estaban Howes (sublevado habitual), Roy (gregario del extinto Pinot) y Elminger, un suizo que hace dos años fue atrapado en el último kilómetro.

Estos dos últimos fueron los que más tardaron en caer. Lo hicieron a tres kilómetros de meta, después de una resistencia tan heroica como inútil. Justo antes de ser atrapados se estrecharon las manos, satisfechos con el sofocón que habían provocado a los sabuesos. No hay duda de que el comandante Barlett, jefe de operaciones en La gran evasión, se hubiera sentido orgulloso de su trabajo.

Ya metidos en asuntos más banales habrá que decir que la etapa la ganó Cavendish, la cuarta que consigue en la presente edición y la trigésima que logra en el Tour. Después de tan exitosa racha, se encuentra solamente a cuatro del récord de Merckx, registro que debería defender la organización con uñas y puertos. Está en juego el honor del ciclismo con piernas estilizadas.