Crónicas Mundanas

Relatos de deporte, cine, política y de lo que sea menester

Mes: julio 2016 (Página 2 de 3)

El Brexit, desde Inglaterra

El Brexit, según The Guardian.

El Brexit, según The Guardian.

Por Diego UK

Todo empezó a tomar forma en la madrugada, parecía claro a las 4 de la mañana y termino por explotar definitivamente entre las 5 y las 6…

 

Los Europeos

Mi día empezó a las 5. Había dormido mal y durante la noche había comprobado que el resultado del referéndum se ponía feo. No solo en lo personal; creo firmemente que para el Reino Unido es mejor permanecer en la Unión Europea.

Por mi cabeza pasaban todo tipo de reacciones y sensaciones a tal velocidad que no me daba tiempo a procesarlas en sentimientos de miedo, determinación, irritabilidad o furia. Sin embargo la sensación más poderosa si se hizo un hueco, y esa era la duda: ¿Y ahora, que? El 67% de mi localidad votó por dejar la UE, lo cual traduje inmediatamente en rechazo hacia mí y el resto de ciudadanos europeos. Fueron mis perros quienes notaron mi preocupación y los que se sentaron conmigo a esas tempranas horas como diciendo a su manera: “No te preocupes, para nosotros nada cambia”.

En el trabajo comenté la situación con algunos compañeros, tanto ingleses como europeos.  Si bien los ingleses con los que hablaba no habían apoyado la salida de la UE tampoco entendían lo que nosotros sentíamos en esos momentos: rechazo, sobre todo, y en algunos casos miedo ante actos de violencia física que ya habían ocurrido con anterioridad, pero ahora parecían casi legales.

Leer más

Del viento al Ventoux

Ignoro si poseen un desarrollado sentido del espectáculo o si se divierten sobre la bicicleta como niños en verano. Es muy posible que lo tengan todo: ambición, entusiasmo y un punto de inocencia infantil. Hay que ser feliz para correr como lo hace Sagan y como lo está haciendo Froome en el presente Tour. Lo suyo no es una agresividad que nazca del odio al rival, o del miedo, sino de la alegría. Simplemente, se lo pasan bien. Froome y Sagan no dan hachazos, juegan al pilla-pilla. Dicho lo cual, es imposible que un ciclista tenga buen humor sin buenas piernas. Toda travesura que se precie exige salir corriendo.

Leer más

Vivir bajo el arcoíris: de Peter Sagan a Purito Rodríguez

Sagan, en modo Danny Succo.

Sagan, en modo Danny Succo.

La noticia no es la fuga, ni siquiera el ganador (el respetabilísimo Michael Matthews). Lo relevante es que Sagan estuviera allí. Lo asombroso (y delicioso) es que un corredor que lo tiene todo amortizado en el presente Tour (una etapa y el maillot verde casi asegurado) conserve intactas las ganas de competir. Y las fuerzas para hacerlo. Porque Sagan no corre con la cartilla de racionamiento. De los cuatro primeros en Revel, el campeón del mundo fue el único que no subió Ordino-Arcalís en el vagón de cola (a 35:26). Ese mayor gasto (llegó a 19:03) no le impidió buscar la escapada 48 horas después, propiciar la selección y disputar el sprint. El muchacho, por cierto, tiene 26 años (todavía) y se graba vídeos con su novia emulando ambos a John Travolta y Olivia Newton-John. Hay gente que nace con el arcoíris incorporado.

Se registró otra presencia extraña en la escapada del día: Mikel Landa. Aunque en este Tour ejerce de gregario de Froome (y juraría que le duele), hablamos de la gran (y única) esperanza del ciclismo español, un muchacho que lo tiene todo, aunque quizá le falte ojo para elegir sus equipos. Quiero entender que su inclusión en la fuga fue un mínimo acto de rebeldía, si bien no descarto que fuera otro acto de obediencia al todopoderoso Sky. Landa, conviene no olvidarlo, también tiene 26 años.

No es mala edad esa, creo recordar. Nairo, de hecho, podría ganar su primer Tour a los 26, cosa que no conseguirá el atolondrado y encantador Pinot. Nada reprochable porque cada uno madura a su ritmo. Adam Yates es un caso de precocidad vertiginosa (23) y Tom Dumoulin (25) un ejemplo de maduración en barrica de roble: no hay quien dude a estas alturas de que el holandés conseguirá ganar, al menos, un Tour. Zoetemelk (1980) necesita heredero.

Contador y Purito fueron los otros protagonistas de la jornada. El primero dejó entrever que le dolía tanto el cuerpo como el trato del equipo; también Alberto elige mal a sus equipos. El segundo asoma ya como el mejor comentarista de ciclismo de la televisión nacional, una equilibrada mezcla de Perico y Pedro Martínez de la Rosa, un comunicador excelente que acabará por presentar un concurso y por participar en otros. Cuando algún joven televidente se pregunte dentro de unos años que ha hecho ese tipo bajito para estar en Supervivientes habrá responderle con una sola y concluyente palabra: todo.

Tour de Francia: lo que no se ve por televisión

Majka, de paso por mi curva.

Majka, de paso por mi curva.

La perspectiva lo es todo. Analizar una etapa del Tour que ha sido vista por televisión propicia una crítica de laboratorio, formulada con los datos al completo, pero carente de calor. O de frío. O de humedad. Es difícil mojarse cuando no te moja la lluvia. Resulta del máximo interés cambiar el paso de vez en cuando y escalar (reptar) por las rampas que subirán luego los ciclistas. Lo siguiente es hacerse un lugar entre el público y esperar a que lleguen los corredores. Si no lo han probado se lo recomiendo vivamente.

Horas antes de la aparición de la caravana, los puertos se liberan de coches y se pueblan de un amplio espectro de ciclistas aficionados, del semiprofesional al globero avanzado. Como las cunetas ya están repletas de gente, la experiencia lo incluye todo, a excepción, en mi caso, de las piernas adecuadas. Mi segundo error fue vestirme con un maillot retro de campeón de Bélgica (precioso, lanoso y antitranspirante). No hagan semejante cosa (en verano) salvo que quieran ser jaleados en francés y en flamenco.

La curva en la que me aposenté era un muestrario de los diversos tipos humanos (también marcianos) que se pueden encontrar en una montaña del Tour. Había un grupo de neozelandesas disfrazadas de avispa (seguidoras de George Bennett), un cuarteto de culés, un terceto de japoneses, una estadounidense henchida de éxtasis patriótico y una amable familia de Ávila que me prestó un imperdible. Así es. Concentrado en cuanto me rodeaba no me percaté de que mi coulotte se había rajado desde el muslo a la cintura. A continuación, y animado por el patriarca abulense, solicité a las neozelandesas que me hicieran un remiendo con la cinta americana que habían empleado para colgar una pancarta en apoyo de Bennett. Se han rodado películas para adultos con menos argumento.

Japón, en mi curva.

Japón, en mi curva.

A diferencia de otros tramos, equipados con holandeses de última generación y televisiones de plasma, en mi curva sólo había noticias dispersas de lo que sucedía en la carrera. Una fuga por delante. Retirada de Contador. Sky a los mandos. En eso comenzó a llover y alguien pronunció la frase fatídica: es una nube pasajera.

Observar como toda aquella gente se refugió donde pudo sin una mala cara describe mejor que cualquier otra explicación lo que significa el ciclismo. El esfuerzo del corredor sólo es comparable al del aficionado que emplea un sinfín de horas de viaje y de espera para asistir al paso siempre fugaz de los corredores. Sería demasiada generosidad si no fuera porque se disfruta todo: el preparativo, el desplazamiento, el bocadillo y hasta el chaparrón.

A la mayoría de aquellos aficionados les trajo sin cuidado el ganador de la etapa, o no les importó en exceso. La suya no es una pasión por las clasificaciones, sino por la esencia del deporte. Yo, más prosaico, me metí en un bar atiborrado de ciclistas prosaicos a ver el final de la carrera. La concurrencia rompió a aplaudir cuando Tom Dumoulin cruzó la línea de meta y repitió ovación cuando lo hicieron los favoritos. Debo decir que resultó emocionante.

Mientras bajaba hacia Ordino pensé en Froome, más terrenal que otros años, e inmediatamente eché en falta a Contador. Hasta que, en mitad del diluvio, me sorprendió un nuevo accidente textil. La otra pernera del coulottte también se rajó y me vi en pleno descenso cubierto por un leve taparrabos de mala lycra, sin imperdibles ni neozelandesas. De pronto lo entendí todo: el Tour te deja hecho jirones, pero por televisión no se ve.   

Puto Cupido

Froome, a su manera.

Froome, a su manera.

Si fuéramos coherentes (lo somos poco) recogeríamos del suelo los pedazos de nuestro corazón y nos enamoraríamos inmediatamente de Froome. Si fuéramos razonables (apenas lo somos) estaríamos en el desván buscando sombreros para descubrirnos en cada repetición. Fue soberbio lo que hizo. Cierto es que tuvo ese punto desmadejado que le acompañará siempre, levemente cómico hasta que descubres que va muy en serio. No se recuerda un descenso así, sentado sobre la barra y pedaleando, probablemente porque hay una contradicción geométrica en esa postura: por más que observamos no encajan las medidas del ciclista y de la bicicleta. Más que un bicampeón del Tour, Froome parecía un concursante en busca de un récord extravagante. Hasta que de pronto entendimos que aquel equilibrista era en realidad Fosbury o Panenka, un genio en plena invención.

Pero no desviemos la atención de lo esencial: lo que importa es el salto, no si saltó como una rana. Nada más coronarse el último puerto, Froome se arrojó ladera abajo. Aprovechó la mínima distracción de Nairo al agarrar un bidón y estiró esos pocos metros hasta convertirlos en un puñado de segundos y quién sabe si en un Tour de Francia. El tiempo no es relevante, pero el golpe es sustantivo. Nos consolábamos pensando que, aunque Froome era el más fuerte, no era el más listo. Nos gustaba decir que calculaba mal y que bajaba peor. Así nos pasábamos las tardes de verano hasta que una de sus flechas nos ha atravesado el corazón. Puto Cupido.

Tiempo para soñar, límite mañana

Conversación imaginada en una madrugada de insomnio. Ocurre pasada la medianoche, el hall del hotel del Movistar. Eusebio Unzué se apura un café (tila, Cola-Cao o Dry Martini) en compañía de uno de sus asistentes. Se les une, haciéndose el encontradizo, un director/directivo del Tinkoff, un tipo sensato, quizá esto sea lo más difícil de imaginar. El intruso es invitado a sentarse cuando ya está sentado.

Sonríen y hablan del tiempo. Hasta que el tercer hombre entra en materia. No plantea exactamente un acuerdo, sino un pacto de no agresión. Ha notado que Movistar aprieta cuando Contador flaquea y propone fijar un enemigo común. Unzué se rebrinca al principio, pero luego escucha porque le interesa. El argumento es sencillo: para que Nairo gane el Tour, es necesario desgastar al Sky, que trabajen ellos, que salten a por todos. No les hagamos el trabajo. El plan implica a más actores. El negociador se explica con firmeza. BMC está de acuerdo y los franceses están a medio convencer: Pinot y Bardet se odian demasiado como para advertir que tiene otros rivales alrededor.

La suerte es que a nadie le gusta el Sky, su modo de bloquear las carreras. Unzué relaja el gesto. Evalúa la oferta y calcula que no pierde nada. Contador no es rival, pero el caótico Tinkoff podría ser un incordio. Acepta hasta Andorra, ni una etapa más. Luego ya veremos. El entrometido lo parece menos cuando pide otra ronda. Cumplido el primer sorbo, siguen hablando del tiempo.

Puede resultar imposible imaginar un acuerdo entre equipos (tan poco acostumbrados nos tienen), pero también es difícil que la pancarta del último kilómetro caiga sobre un corredor y Adam Yates la vio desmoronarse sobre su osamenta. Igualmente improbable es que un líder de entreguerras se meta en una fuga, llegue en solitario y aumente su ventaja. Van Avermaet lo hizo.

Mañana empieza el Tour y es tiempo de soñar. Si el insomnio lo permite. O, mejor aún, si el insomnio no lo permite.

Que alguien pida perdón a Hinault (Cavendish, por ejemplo)

Hinault, cuando era dueño del ciclismo.

Hinault, cuando mandaba más que Springsteen. Qué tiempos.

 

Bernard Hinault, el afable anfitrión del podio, ya ha cumplido los 61 años. En líneas generales mantiene un buen aspecto, envidiable según con quién le comparemos, pero ya no es lo que era. De un tiempo a esta parte le hemos descubierto una esclava en una muñeca y una peligrosa tendencia a subirse los pantalones más allá de lo razonable.

Ese inexorable acercamiento a la senectud duele especialmente a quienes recordamos al Hinault ciclista, un corredor imponente que inspiraba, casi en la misma medida, miedo y admiración. Hinault era un grandísimo corredor que se acompañaba de una mirada de taladro. Un tipo guapo y de mal humor que igual que rindió enemigos pudo rendir princesas. Sus apodos definen al personaje: Tejón, Caimán y Le Patron. Hinault mandaba y mordía, autorizaba ataques, imponía jornadas de calma y nombraba herederos.

Leer más

Contador no puede y a Tinkoff no le da la gana

Van Avermaet o el señor Lobo.

Van Avermaet o el señor Lobo.

Lamento escribirlo, pero no será el Tour de Contador. Podrá ser el primer Tour de Nairo o el tercero de Froome. Quién sabe si otro corredor les plantará cara, quién sabe cuánto durará Van Avermaet. Lo que parece claro es que Contador no estará entre los mejores, porque no lo estuvo en el primer contacto con la montaña y porque a su equipo le importa bien poco. Nadie le asistió cuando se descolgó a dos kilómetros de la meta. Majka, escapado en tierra nadie, completó su particular viaje a ninguna parte y Kreuziger abandonó al jefe para marcharse con el grupo de favoritos. Es falso que el equipo Tinkoff desaparezca la próxima temporada: ha desaparecido ya.

Leer más

El tamaño no importa (o no demasiado)

Cocquard: 24 años que parecen 15.

Cocquard: 24 años que parecen 15.

Hay pocos deportes (no motorizados) que igualen las posibilidades de competidores de complexiones absolutamente distintas. O para decirlo más claramente: hay pocos deportes que concedan opciones a los bajitos o a los esmirriados. El fútbol es uno de ellos y en eso radica parte de su encanto: lo puede jugar cualquiera. El ciclismo es otro buen ejemplo. En semejante cosa pensaba cuando Kittel (1,90) y Coquard (1,68) peleaban a brazo partido en el sprint de Limoges, impasible el primero y sincopado el segundo. Que el veredicto de la foto-finish diera vencedor al alemán completa la metáfora de la vida: al final suelen ganar los fuertes y los alemanes.

Leer más

De García Márquez a Cavendish

Voeckler y Fonseca, camino de Macondo.

Voeckler y Fonseca, camino de Macondo.

 

No se cayó Contador, al menos no hay constancia. Tal y como transcurrían los acontecimientos, debemos celebrarlo como un triunfo. Más ánimos y mejores costras. Al rayo de optimismo se podría sumar un rayo del sol, el que se anuncia camino de Limoges. Es posible que el Tour haya dejado de mordernos la pernera. No lo diremos muy alto, no obstante.

Si nos centramos en lo ocurrido, habrá que señalar que la tercera etapa fue una jornada extraña y sólo cabe agradecerlo. La historia da para un relato de García Márquez: un ciclista de nombre Armindo Fonseca quiso que le atrapara el pelotón y sólo fue atrapado cuando no lo quiso, a ocho kilómetros de meta. Así sucedió sin que añadamos una coma. El francés Fonseca (hijo de un emigrante portugués) se fugó con el banderazo y no tardó en comprender lo absurdo (y lo cansado) de su aventura. Cuando levantó el pie descubrió que sus perseguidores habían hecho eso mismo mucho antes. El gran grupo estaba de paseo y la diferencia no se reducía por mucho que el escapado diera las buenas tardes a los aficionados en la cuneta.

Leer más

Página 2 de 3

Creado con WordPress & Tema de Anders Norén