Ante todo, mucha calma.

Ante todo, mucha calma.

 

Valerio Conti, el mejor de una escapada de doce corredores (ninguno español), se presentó en meta con 34 minutos de ventaja sobre un pelotón que llegó silbando la melodía de Verano Azul. Quien se sorprendió por la modorra del pelotón lo hizo sin observar el libro de ruta. La jornada, de 213 kilómetros, se disputaba en vísperas de la temible etapa del Aubisque.

De modo que se permitió una fuga que fue acumulando tiempo desde el kilómetro 19, sin que el grupo se diera por aludido. Hay que suponer que los equipos sin representación en la escapada cumplieron las órdenes dictadas por sus directores, y cabe deducir que lo hicieron de buen grado. Nunca viene mal un respiro, si es que tal cosa se puede decir después de cinco horas y media sobre una bicicleta.  

Como somos de natural inconformistas (y como lo vemos por televisión), algunos os preguntamos qué habría sucedido si el equipo de algún líder mal colocado hubiera endurecido la etapa. De los resultados de la escabechina poco se puede aventurar, pero es fácil imaginar un nutrido parte de ciclistas reventados, entre ellos, muchos de los revolucionarios.

Pongamos a Contador como protagonista de tan disparatada hipótesis. Hubiera quemado las naves propias, casi seguro, pero el fuego habría alcanzado también algunas naves ajenas, quién sabe con qué consecuencias.

Lo que pretendo defender son las tácticas desesperadas para las situaciones desesperadas. Si no es posible abordar a los enemigos en los combates cuerpo a cuerpo, parece buena idea trasladar los combates a terrenos diferentes y con soldados interpuestos. No pongo en duda la valentía de Contador, de la que ha dado suficientes muestras. Además, apostaría a que intentará alguna osadía camino del Aubisque. Apunto, más bien, a los directores de los equipos, mariscales de campo con escasa imaginación, tipos conservadores incluso cuando no hay nada que conservar.