Colin Firth y Jude Law con NY de fondo.

Colin Firth y Jude Law con NY de fondo.

El editor de libros es una película que transmite frío y humedad, crujido de suelos de madera, olor a tinta y hasta el tacto de los abrigos de franela. Me atrevería a decir que no transmite nada más. De la reunión de buenos actores en torno a una historia que daba juego no sale más que una impecable puesta en escena. El resto es fallido. No hay profundidad, aunque se pretenda. Y se pretende con ahínco, incluso con sesudas citas literarias leídas en voz en off. Jude Law muere de exceso y Colin Firth muere de contención y, además, con el sombrero puesto. Laura Linney pasa casi inadvertida y Nicole Kidman irrumpe en la trama como si procediera de otra película. Del reparto sólo se salva la breve intervención de Guy Pierce (actor infravalorado) y la brevísima de Dominic West, soberbio en su interpretación de Hemingway. Dan ganas de irse con ellos donde quieran que vayan.

No hay peligro de dormirse ni de abandonar la sala, tampoco es para tanto. A la historia se llega con expectación y durante un buen rato se mantiene la esperanza; a eso también se le puede llamar entretener. Sin embargo, al final, lo que prevalece es la decepción que genera una película que en apariencia lo tenía todo y que no deja apenas nada. La moraleja es valiosa: no es nada fácil hacer buenas películas. Y no basta con proponérselo.