San Paolo, todavía atónito.

San Paolo, todavía atónito.

Primer pensamiento de la noche: bendita pista de atletismo. Si no fuera por ella, los tifosi hubieran mordido los muslos de algún madridista durante la primera parte. Última reflexión nocturna: los grandes partidos de Champions, los inigualables, son aquellos cuya suma de goles despista al aficionado de letras, aturdido por el gol doble que nunca lo fue. Se necesita mucho disparate para experimentar tanto goce y en Nápoles todo se ciñó al sentido común.

Los locales salieron como se espera de un anfitrión en desventaja: arrebatados. El problema de los arrebatamientos es que agotan. En cuanto decayó la presión, el Madrid creció. A pesar del progresivo intercambio de papeles, el Nápoles se marchó al descanso tal y como había rezado a San Paolo: 1-0.

Daba la sensación de que el entrenador italiano lo tenía todo imaginado. Lo que no hubiera podido suponer jamás era un gol de Sergio Ramos antes del minuto 85, y mucho menos que fueran dos. Siempre hemos dicho, habitualmente referidos a Marcelo, que no hay elemento más disruptivo en un partido táctico que un defensa libertino que se incorpora al ataque. Para cuando los rivales han encontrado la página oportuna en el manual de instrucciones ya se ha producido el desastre.

Tampoco debemos pasar por alto la debilidad defensiva del Nápoles, concretamente de sus centrales. Resulta inaudito que los bajitos del equipo no se hayan amotinado todavía contra sus zagueros en exigencia de mejores condiciones de vida.

Hace falta mucho más que el Nápoles para hacer temblar al vigente campeón. Quizá un Barça, caso de milagro, quizá un Atlético vengativo o tal vez un Sevilla enardecido. Poco más. Y eso es mucho sol en el horizonte.