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Azafatas del podio y ‘paragüeras’: ¿tradición o anacronismo sexista?

Esteban Chaves, la vida en rosa. ¿Y ellas?

Esteban Chaves, la vida en rosa. ¿Y ellas?

Iré al grano, para variar: ¿por qué hay mujeres en el podio de las carreras ciclistas y por qué es costumbre que posen besando al ganador? ¿por qué son ellas quienes le ponen el jersey correspondiente? Y si hablamos de motor, ¿por qué hay chicas en la parrilla de salida quitando el sol a los pilotos o señalizando su posición? Y cuando digo chicas, digo jóvenes despampanantes porque todavía no se conoce el caso de que la chica fuera señora y sus carnes en lugar de turgentes resultaran comúnmente flácidas. No hago bromas porque sé que el terreno es pantanoso, sólo pretendo exponer la cuestión.

El asunto está sobre la mesa y cada vez se ve menos mesa. El runrún no es nuevo, pero en Australia han sido los primeros en tomar medidas gubernamentales. Leon Bignell, ministro de Deportes del Gobierno de Australia del Sur, ha eliminado la presencia de “pódium girls” en la carrera ciclista Tour Down Under y su argumento es inapelable: “No podemos estar poniendo dinero público en campañas para ayudar a jóvenes que tienen problemas psicológicos generados por su imagen y al mismo tiempo mantener a las chicas del podio”. Tampoco son endebles sus razones para acabar con las “paragüeras” en las parrillas de las competiciones de motor: “Lo que queremos es inspirar a las jóvenes que van a las carreras para que sean pilotos, mecánicas o ingenieras”.

Las primas de Village People en cualquier carrera.

Las primas de Village People en cualquier carrera.

Bien. Hasta aquí el camino ha sido sencillo. Yo he quedado como un señor y Míster Bignell como un prócer de la igualdad de género. Sin embargo, el cuadro no es completo si no incluimos la protesta de modelos y azafatas que disfrutaban con su trabajo y que no se sentían “objetos decorativos”, sino parte del evento y del espectáculo. En este punto, se abre una bifurcación. Hay quienes critican la presencia de mujeres en estos escenarios y hay quienes critican sólo su “hipersexualización”. Es decir, los escotes, las lycras y demás aparataje. De ahí que nos encontremos con competiciones que, sin sustituir a las chicas, han cambiado los bikinis por vestidos ligeramente más abrigados e indiscutiblemente más elegantes. ¿Pero es esto suficiente?

Cuando en el Tour de Francia son preguntados por la cuestión responden que ellos no utilizan “chicas del podio”, sino azafatas que forman parte de la imagen de la carrera y del patrocinador. Y es cierto que los vestidos de las “hotesses” no están “hipersexualizados” y valdrían como fondo de armario de La La Land, pero creo que la pregunta sigue en el aire: “¿Es necesario que las mujeres jueguen ese papel, mejor o peor vestidas?

Las bellas del Tour. Foto: ASO.

Las bellas del Tour. Foto: ASO.

¿Y por qué lo juegan? La respuesta más habitual es la tradición, la costumbre, siempre ha sido así.  En el caso del ciclismo, terreno que conozco algo mejor, no he encontrado referencia de las primeras azafatas, pero sí he podido observar, a base de rebuscar en libros históricos del Tour, que no es hasta los años 50 cuando se empiezan a ver chicas junto a los campeones, generalmente misses locales. Hasta entonces, y a falta de mejor documentación, he comprobado que los esforzados de la ruta posaban religiosamente con sus señoras esposas.

Quienes defienden la presencia de las azafatas y su pulcritud en el trabajo alegan que las jóvenes tienen prohibido relacionarse con los ciclistas, lo que no deja de suponer un anacronismo sexista. ¿Por qué no pueden relacionarse con quienes les dé la gana, siempre y cuando no interfiera en su labor? Como suele ocurrir, la naturaleza se abre camino y no son pocos los casos de azafatas que han mantenido relaciones con ciclistas, a costa, a veces, de perder su puesto de trabajo. Este fue el caso, por ejemplo, de la actual esposa de George Hincapié, Melanie Simonneau, expulsada del Tour 2003 y ahora feliz madre de familia.

Lleno líneas, pero no avanzo. Seamos claros. Si las azafatas ocupan el puesto que les hemos dado es porque son guapas y porque pensamos que su belleza mejora la foto, el mensaje, el podio o la parrilla de salida. Y cuando dije guapas fui demasiado sutil. No es la cara lo que se expone, ni la caída de ojos ni su particular manera de recogerse el pelo detrás de la oreja. Es el cuerpo.

Ahora viene el barro. Si me preguntan, contestaré que a mí no me molestan las chicas del podio, ni había reparado en ellas hasta ahora como símbolo de machismo o sometimiento. Al contrario, diría que me dan mucho juego cuando escribo de bicis y de aquellos escapados que hubieran merecido, al menos, los besos de las guapas. La verdad es que los aficionados al ciclismo llevamos mal que nos toquen las tradiciones. Como será que hasta hubo ciclistas en pie de guerra cuando se decidió imponer el casco que salvaba sus vidas. Hasta ese punto.

Sin embargo, el argumento del ministro Bignell me parece irrefutable. Y tampoco me siento en condiciones de llevar la contraria a las mujeres partidarias de la supresión. Mi conclusión es que no es necesario obcecarse, ni engañarse, ni aludir a la tradición cuando queremos decir sexo. Ni las competiciones de ciclismo ni las de motor necesitan azafatas o paragüeras para ser mejores ni más atractivas para el aficionado. Tiene toda la razón el señor australiano. Y para terminar me permito citar Los lunes al sol: “Las antípodas, las antípodas… ¿Tú sabes por qué se le llama las antípodas? Porque significa lo contrario… anti-podas, lo-contrario… Lo contrario de aquí. Allí hay curro, aquí no. Allí follas, aquí no. Antípodas”.

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1 Comentario

  1. Cornapecha

    Esta sociedad ya se nos ha ido de las manos. Dándole vueltas a lo políticamente correcto, el buenismo, el feminismo de barra de bar y la progresía de garrafón hemos llegado al otro extremo.

    Nos esperan tiempos gloriosos. O gloriosas, que no se me ofenda nadie. O nadio, o nadia o…

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