John Wayne. Actor mítico, racista deplorable.

 

Creo que el error es grave. Los delitos fiscales que se relacionan con Messi y Cristiano Ronaldo son, para algunas voces que escucho y leo, una mancha que no sólo los afecta como ciudadanos, sino también como futbolistas. Los argumentos giran sobre una idea principal: ¿cómo pueden ser objeto de admiración quienes defraudan al fisco y, en consecuencia, nos defraudan a todos?

La respuesta es muy sencilla. Quienes deseen admirar a Messi y Cristiano tienen tan buenas razones para hacerlo como los admiradores de Frank Sinatra (mafioso), Michael Jackson (pedófilo), Lennon (maltratador), Kurt Cobain (drogadicto), González Ruano (estafador y colaboracionista), John Wayne (racista), Clint Eastwood (trumpfílico) o Jacques Anquetil (polígamo). Cuentan que Cary Grant era un tacaño patológico, que Bogart escupía al hablar y que Cervantes pudo entregarse en cuerpo y alma (sobre todo en cuerpo) a sus captores en Argel. Por no mencionar a Maradona.

No importa nada. Al artista, dicho en sentido general (admitamos el deporte como forma de expresión que puede llegar a ser elevada), se le debe valorar por lo que le distingue y no por lo que le iguala o le degrada.

Aplaudir a Messi en el campo no es incompatible con el reproche a su comportamiento como contribuyente. Lo mismo vale para Cristiano Ronaldo. Extender la mancha de sus incumplimientos fiscales al terreno de juego es negar que en todo individuo caben varias personas que no siempre son ejemplares y que rara vez resultan excepcionales. Celebrar la excepción no es estar ciego; es querer ver más allá.