Ustedes o yo jugamos por el simple placer de hacerlo (al fútbol o al mus), pero para un futbolista profesional los partidos sin valor clasificatorio provocan el mismo desconcierto que beber cerveza sin alcohol un viernes por la noche. Uno intenta convencerse de que es igual, pero es distinto. Ni la diversión ni el sabor de los boquerones en vinagre deberían depender de una mínima graduación alcohólica, pero dependen.

Esa confusión gustativa y cognitiva explica la inacción española en los primeros minutos. Para quien se acostumbra al fuego, no es fácil gestionar un partido de fogueo. Saberse clasificado y conocer la eliminación del rival, no son cuestiones que animen a un jugador de fútbol. Se añade el hecho de que los reservas tienen conciencia de serlo y es lógico que al principio percibieran el partido 0,0 como un consuelo y no como una oportunidad.

En cuanto el equipo se liberó de todos esos pensamientos negativos, se impuso a Serbia, eso sí, sin dejar de sudar. La razón es que, al final, prevalece el juego, sólo hace falta jugar. La tensión se recuperó al observar que el rival la tenía: ocasión a los tres minutos y máxima energía en la presión y en los contactos. Ya se sabe que los pueblos balcánicos fueron criados en la marmita de la competitividad, asunto encomiable si nos centramos en el deporte y algo menos si hablamos de política internacional. Valga como ejemplo de fogosidad excesiva la expulsión del capitán Djurdjevic a los 41 minutos.

En cuanto España se hizo con los mandos apreciamos en la versión B una tendencia natural a controlar más el juego. Los laterales también se despliegan con mayor agilidad y hasta diría que la mentalidad defensiva está mejor implantada. A cambio, el equipo carece de esa chispa, en ocasiones descarga eléctrica, que aportan futbolistas como Asensio, Deulofeu o Ceballos.

Lo más sugerente es la complementariedad de las piezas: lo que le falta al equipo titular lo tiene en el banquillo. Me refiero al control, la pausa y también a la madurez de Iñaki Williams. En este tipo de torneos destacan mucho los jugadores consolidados en grandes clubes.

De momento, el verano se presenta lujurioso para los menores de 21. Así será hasta la semifinal del martes, cuando nos enfrentaremos a un rival que, además de potente, estará avisado. La graduación del partido será alta y alguien debería poner los boquerones en vinagre. A ser posible con patatas chips.