Es absurdo buscar en el espacio exterior. Los extraterrestres son los zurdos. El fútbol es un detector infalible. Cuando hay una pelota de por medio (quizá lo entiendan como una estimulación planetaria), el zurdo nos descubre su peculiaridad marciana. Generalmente hablamos de cualidades relacionadas con la técnica más depurada. Lo extraordinario entre lo extraordinario es el zurdo que acompaña sus poderes alienígenas con las prosaicas virtudes de los diestros. A saber: despliegue, organización y sacrificio. Con esas tres características a Saúl no le haría ni falta ser zurdo. Pero además lo es. Los selenitas de última generación vienen con todos los extras.

Habíamos dicho ya que Saúl se comportaba con el aplomo de un adulto entre niños. El desafío era mantener la talla frente a un equipo tan poco infantil como Italia. Pues volvió a hacerlo. Es cierto que se acompañó de la mejor versión del equipo. En esta ocasión no hubo grietas, ni desorden táctico; el compromiso fue absoluto y la atención colectiva. Sobre esa base, Saúl marcó el gol que nos lanzaba, el que nos rescataba y el que nos clasificó. No está mal para un centrocampista que tiene entre sus tareas la organización, el quite y la llegada. No es poca cosa en un fútbol tan escaso de centrocampistas totales que es capaz de pagar 120 millones de euros por Pogba. ¿Cuánto vale Saúl ahora?

Tan extraño como el zurdo con apariencia de diestro es el diestro con antepasados en Plutón. Así es Dani Ceballos. El chico se marcó contra Italia un partidazo de cabo a rabo, sobradísimo, evolucionando del aliño a la obra de arte. Pero que nadie piense que su participación fue decorativa; resultó esencial en las maniobras de salida del balón y conexión con el ataque. Estoy por decir que nos faltó eso contra Macedonia y Portugal, a pesar de las goleadas incontestables. Si Ceballos ejerce, Marcos Llorente se ubica y Saúl se libera.

No falló nadie, que conste. Kepa, desde la portería, nos dio la confianza necesaria para construir un triunfo que hubo que amasar convenientemente. Aunque Italia no suele hacer concesiones, Gagliardini nos regaló una expulsión que le puede costar el pasaporte. Contra diez y con Saúl el partido se nos puso cuesta abajo. Asensio entró en acción (otro zurdo) y el equipo se convirtió en una exposición de cuchillos.

El viernes nos espera Alemania en la final y es inevitable no acordarse de la historia que comenzó frente el mismo rival hace ya nueve años que parecen dos veranos. A tenor de su afición por los platillos, deberíamos pensar que a los marcianos les gustan los relatos circulares. Tocaremos madera. O aullaremos a la luna.