Hubiera sido un accidente si el Betis no hubiera jugado a nada, pero jugó y bastante. Sería un drama si el Real Madrid hubiera perdido sin hacer ocasiones de gol, pero las acumuló a lo largo del partido. De manera que no se me ocurre un análisis en negativo ni un relato que acribille al perdedor. A veces pasa. De vez en cuando, un buen equipo se sostiene gracias a un portero y sentencia por un jugador. O por un par.

En esa última acción cabe todo el encuentro. Ahí se observa la mano de Quique Setién y la picardía legendaria del Betis, lo de menos es si sus futbolistas han nacido en Triana o en Pontedeume. La jugada nació de una combinación insólita para un visitante en el minuto 94. Lo habitual, a esas alturas, es despejar los balones como si fueran granadas sin la anilla. El Betis movió hasta encontrar. Y cuando divisó la luz sucedió el milagro. Barragán, que se había llevado dos golpes en la cabeza de ambulancia y TAC, reclamó la pelota en la frontal de área, se supone que para tirar. Pero no tiró. Ni atendió al desmarque de Boudebouz, pase evidente. En lugar de optar por lo convencional, Barragán colgó la pelota para el testarazo de Sanabria. Lo más probable es que fuera consecuencia de los golpes en la cabeza. Hay conmociones que extravían la identidad y tal vez pensó que era Sócrates, o Modric, o Iniesta. El caso es que el envío fue un regalo, una piruleta de bastón y un dígaselo con flores.

Es posible que el Real Madrid, a estas horas, no entienda nada y Bale todavía menos. Suyo fue el bellísimo remate de tacón que pegó en el poste después de ser desviado ligeramente por Adán. Quién sabe a cuántos milímetros se quedó del gol, seguro que fueron pocos. Pongamos una uña. O la mitad de un padrastro. Ahí se le fue el partido al Madrid y ahí se le vino al Betis. Demasiado poco como para acribillar a nadie.