Tal como éramos: el adiós de Streisand a Redford.

Cualquiera que haya visto Tal como éramos, hace treinta años o el pasado viernes noche, sabrá que es imposible escuchar The way we were, el tema principal, sin que te vengan a la memoria imágenes de Streisand y Redford, mezcladas seguramente con postales propias de reencuentros tardíos y amores que no pudieron ser. Hay muchas películas en las que una composición musical adquiere el rango de personaje principal, pero no hay antecedentes, o no los recuerdo, de una canción que además se haya convertido en banda sonora de un sentimiento, en este caso, la nostalgia. 

En su creación nada fue espontáneo salvo el genio de Marvin Hamlisch, un músico que ingresó en la prestigiosa Escuela de Música Juilliard a los siete años. No había cumplido treinta cuando recibió el encargo de componer una canción para una película romántica sobre un amor imposible; a los diez minutos, ya tenía la melodía. Antes de tocarla por primera vez, advirtió a los productores: “No sé si es la peor canción que he escrito… o la mejor”.

Descartada su carrera como concertista por el miedo escénico, el trabajo de Hamlisch para el cine recibió todos los reconocimientos imaginables. En 1974, hizo historia al recibir tres Óscars en tres categorías musicales: mejor canción y mejor composición por Tal como éramos, y mejor adaptación por El golpe. Dos años después ganó el Pulitzer por el drama musical A chorus line. A los 42 ya había entrado en el Hall of Fame de escritores de canciones.

Los autores de la letra, Marilyn y Alan Bergman, llevaban quince años casados cuando llegó a ellos la composición de Hamlisch, así que ya tenían alguna noticia de los estragos que causa el tiempo. Por cierto, su historia de amor hubiera dado para una película: nacieron en el mismo hospital de Brooklyn con cuatro años de diferencia, vivieron en el mismo barrio, se mudaron a California el mismo año, en 1950, y llegaron a trabajar para el mismo compositor, aunque a diferentes horas del día. Cuando por fin se conocieron no se volvieron a separar. Una noche acudieron un club nocturno y Marilyn se coló entre bastidores para felicitar a una joven cantante: “¿Sabes lo maravillosa que eres?”. Fue su primer encuentro con Barbra Streisand. Antes de escribir la primera palabra de la letra (Memories…) ya sabían quién la cantaría. El último juego del destino ha sido que Alan, fallecido a los 99 años, compartiera el In memoriam de los Oscars con Redford.

Arthur Laurents escribió el guion de Tal como éramos pensando en sí mismo. Él también había vivido una historia de amor imposible —en su caso por tratarse de una relación homosexual con el actor Farley Granger (La soga)— y había sido víctima de la caza de brujas emprendida por el senador McCarthy. De tal manera que el personaje interpretado por Streisand, Katie Morosky, era él. En la redacción de la historia, y seguimos sumando talentos, contó con la ayuda acreditada de Paddy Chayefsky (guionista de Marty) y Francis Ford Coppola, más el trabajo en la sombra de Dalton Trumbo, experto en brujas.

La primera tarea de Sydney Pollack al ponerse al frente del proyecto fue convencer a Laurents de que lo romántico debía tener más peso en el guion que lo político. El siguiente problema afectaba a los protagonistas. Streisand venía impuesta por los productores como primer reclamo para la audiencia: ganadora del Oscar en 1969 por Funny Girl, era además una estrella de la canción. Sin embargo, su empaste con Robert Redford, el actor favorito de Pollack era dudoso. Tanto como que Redford aceptara participar. Su personaje, Hubbell Gardiner, le parecía poco más que un florero y ante su resistencia hubo quien llegó a pensar en Warren Beatty como sustituto. Ajustes en el guion, y las buenas artes de Pollack, terminaron por convencerlo. Pero todavía quedaba la química. El singular atractivo de la Streisand (“la más guapa de las feas o la más fea de las guapas”, dijo alguien) chocaba con el atractivo sin paliativos de Redford, arquetipo de galán. Al desajuste estético, por llamarlo de alguna manera, se sumaban dos estilos actorales muy diferentes: ella atenta al detalle de forma obsesiva, más tendente a la comedia, y él partidario de la intuición, más inclinado al drama. Como explicó Pollack, “Barbra quería comprender cada palabra y Robert quería sentir cada escena”.

La cámara, primero, y luego el público, descubrieron que el contraste funcionaba. Había algo real y poderoso en ese “desajuste estético”, algo que contribuía a la credibilidad de la historia y a la construcción de los personajes. La devoción de Katie por Hubbell, al borde del síndrome de Stendhal, parte de una inferioridad que no sólo es de clase, sino que también está íntimamente ligada a la belleza como engañoso (o no) reflector de valores. En 2012, Redford admitió que Streisand se enamoró de él durante la película, una pasión no correspondida que trabajó a favor de un argumento que interpela al espectador. Quién no ha estado, desde uno u otro lado, en una relación parecida. Lo que da valor emocional a la película y hace pasar por alto elipsis demasiado abruptas es que la historia somos nosotros con la música que nos hubiera gustado escuchar al final de cada plano. El reencuentro frente al Hotel Plaza es también uno que ya hemos vivido o nos gustaría vivir, asumido que sólo nos estará permitido arreglar el flequillo del recuerdo como Katie coloca el pelo de Hubbell.

No creo que la separación de los amantes se deba a lo irreconciliable de sus mundos, versión oficial. Es verdad que el compromiso vital y político de Morosky choca con el pragmatismo un tanto pasivo de Gardiner, pero no es la política la que los separa, es la vida en estrecha colaboración con el tiempo. Como siempre, vamos. Ocurre lo mismo en La La Land, donde la aceptación final de Gosling (el gesto de asentimiento) se parece mucho al de Redford. Y el trasfondo no es muy distinto en la saga de Linklater sobre amaneceres y atardeceres, el relato de otro amor imposible porque no tenemos dos vidas, un lamento que expresa como nadie Nick Nolte en el broche de El príncipe de las mareas, todavía enamorado, precisamente, de Streisand. 

Según el American Film Institute, Tal como éramos ocupa la sexta posición entre las mejores películas románticas de la historia del cine, una clasificación que da para discutir mucho porque incluye a Casablanca(1ª) y Vacaciones en Roma (4ª), que no son películas de amor doliente, algo más Lo que el viento se llevó (2ª) y mucho más West Side Story (3ª), aunque ninguna como Tú y yo (5ª). Si hablamos de mejores canciones, el mismo Instituto sitúa a The way were en séptima posición, por detrás de Over the rainbow (El mago de Oz), As time goes by (Casablanca), Singin’ in the rain (Cantando bajo la lluvia), Moon river (Desayuno con diamantes), White Christmas (Quince días de placer), Mrs Robinson (El graduado) y When you wish upon a star (Pinocho). Para gustos, colores. 

La última reflexión tiene que ver con las estrellas. Robert Redford y Barbra Streisand no necesitaron otra película juntos para consolidarse como pareja eterna. La sensación, cada vez que la vida los hizo coincidir, es que ella seguía tan enamorada como lo hubiera estado Katie de Hubbell, no con un amor ardiente, ni contemplativo, sino con un amor sereno y una pizca condescendiente: Bob, cariño, hubieras estado mejor conmigo.