Pensar que la expulsión de Camavinga en el minuto 86 (inexplicable) tuvo como consecuencia el gol del Bayern en el 89 es, cuando menos, atrevido. Sin embargo, muchos de los análisis del día después apuntan al árbitro como primer responsable de la eliminación del Real Madrid. Y no lo fue. Hubiera sido responsable de una prórroga en claro desequilibrio de fuerzas. De eso, sí. Pero hasta en ese caso, el árbitro hubiera sido un actor minúsculo en mitad de un espectáculo gigantesco. Concederle un papel definitorio es reducir la importancia de cuanto le rodeaba, esa fiesta incomparable que es el fútbol en estado de emergencia. Desmenuzar el error, o avivar teorías conspirativas, es como hablar del precio de las palomitas después de ver El Padrino. Si nos hacemos el favor de retirar al árbitro de la foto, lo que nos queda es hora y media de bravura y agonía, un fabuloso ejercicio de supervivencia, el fútbol tal y como lo soñamos. Fijarse en el árbitro es como pasear por el parque de El Retiro en esta mañana de primavera reventona y clavar la mirada en la espantosa torre que quiebra el horizonte. ¿Y si celebráramos el fútbol? ¿Y si aceptáramos que hay derrotas que no son fracasos? En ocasiones, bastantes (en el fútbol y en la vida), perder o ganar no es una cuestión de méritos, es un azar, favorable o perverso, que se manifiesta en formas diversas. Si la historia de este deporte ha incluido entre los mejores goles de siempre uno que no entró (Pelé vs Uruguay, Mundial de 1970), bien podríamos hacer una clasificación de derrotas gloriosas, encabezada, y esto es innegociable, por la de Brasil contra Italia en España 82. Añadamos, si hay consenso, las del Madrid y el Barcelona en la presente Champions (las del Atleti en todas sus finales), pero no en un ránking de naufragios, sino de momentos estelares de la humanidad del fútbol (permita el señor Zweig la libre adaptación).

Hoy no es un día para sacar a pasear a la Santa Inquisición. Lo es para degustar los recuerdos frescos, la emoción, el sobresalto, la alegría loca y hasta el lamento final, la cara que se nos quedó. Todo ello en 90 minutos que parecieron uno solo.