Relatos de deporte, cine, política y de lo que sea menester

Autor: juanmatrueba Página 2 de 23

El hambre de Cristiano y las ganas de comer

La tenia de Cristiano y la serpiente de El Principito.

 

Cuando el próximo 26 de mayo se dispute la final de la Champions, probablemente con presencia del Real Madrid (estimación estadística, no sentimental), el partido contra el APOEL nos parecerá de otro siglo. A excepción de los chipriotas y los asistentes al estadio (japoneses debutantes), nadie recordará el rival de la primera noche salvo que consulte las fuentes adecuadas. No le quiero restar importancia al encuentro, pero convendrán conmigo que hay partidos que sólo son memorables si se pierden. Y en este caso, la derrota era una improbable extravagancia por el simple motivo de que Cristiano tenía hambre y el APOEL carece de colmillos.

Me dirán ustedes que Cristiano siempre está hambriento, y es muy cierto: su tenia (o solitaria) es de la familia de las anacondas. Sin embargo, esta vez se le acumulaban las dedicatorias después de 28 días sin vestirse de blanco, y ya hemos dicho por aquí que nada estimula tanto a los futbolistas como cerrar bocas (a los periodistas, a los jueces, a Montoro).

Consejo para transeúntes: no hagamos sangre

Mocitas madrileñas a la salida del estadio. Obsérvese el cielo maravilloso by Goya.

Entre las motivaciones de un lector, cada vez menos (confiemos en cambiar eso pronto), está la del descuartizamiento compartido. El lector, que ya ha trasladado el partido a la sala de despiece, espera que el cronista complete el trabajo y, después de salpicarlo todo sangre, termine por darle razón: pésimo planteamiento táctico, alineación fallida, invisibilidad de Bale, inacción de Benzema, caos absoluto.

#LaDiferenciaPelayo: Garbeo de España por Liechtenstein

Simpáticos limeños.

No se puede tener hambre —ni miedo, ni grandes inquietudes— si vives en el paraíso. Y la frase cobra todavía más sentido si vives en un paraíso fiscal. Decimos que los ciudadanos de Liechtenstein juegan mal al fútbol, pero lo cierto es que carecen de motivos para jugar bien. Para triunfar en el fútbol es necesario tener hambre en alguna de sus diversas modalidades: hambre de fama, de gloria o hambre de hambre. En esos casos, el fútbol sirve como rescate o como evasión. Un liechensteiniano (limeño, desde ahora) no necesita ser rescatado, entre otras razones, porque vive de las evasiones ajenas. Si usted o yo dispusiéramos de una renta per cápita de 147.000 dólares nos importaría menos el fútbol. Este el problema de la juventud limeña: que no tiene ninguno. Y sin problemas no hay quien dé patadas a un balón o se atreva a cabecear un Mikasa. No hay rebeldía posible en un país con 83 policías que probablemente te conocen por el nombre de pila.

#LaDiferenciaPelayo: Ha vuelto la primavera


Cuando las cosas encajan se escucha el clic. No hablo de los muebles de Ikea, como podrán comprender. Aunque también. Si el encaje es múltiple los clics suenan como la Primavera de Vivaldi. Y el mundo, lugar adusto por lo general, sonríe. Nos sucedió con la Selección del tiqui-taca y el encantamiento se prolongó durante dos Eurocopas y un Mundial, un inmenso espacio de tiempo para lo que acostumbra la felicidad, que apenas dura un verano. Al echarse el telón, la lógica más elemental indicaba que debíamos preparamos para una larga época de oscuridad. La letanía fue replicada a coro: no volveremos a disfrutar de una generación igual. Pasarán muchos años antes de que se repita algo así y quizá no se repita nunca. No habrá otro Xavi. Ni otro Iniesta…

Un partido para degustar

Asensio, en un momento del partido contra el Valencia.

El partido del Bernabéu compensa por cien malos partidos. Qué divertido si te abstraes de tus colores. Y qué divertido si no consigues abstraerte. El buen fútbol no es aquel que minimiza los errores defensivos, como todavía predican algunos puristas de triste semblante, sino el que hace prevalecer las maniobras ofensivas. La delicia del fútbol es el intercambio de golpes, la ambición compartida, la ausencia de miedo. De todo hubo. Y por si lo anterior no fuera suficiente, un futbolista sobrevoló la gran noche formando un vendaval de helicóptero: Marco Asensio. Los dos goles que marcó son una anécdota en comparación con su influencia en el juego y su liderazgo sobre el equipo. En un verano ha pasado de promesa a estrella mundial. Es normal que Bale se sienta algo aturdido. Han pasado cuatro años y sigue intentando arrancar su moto.

Silbando al trabajar

Cerezas y tal.

Con intensidad se puede sorprender al Real Madrid. Andone lo demostró al inicio del partido, dos ocasiones. El rumano es un futbolista que conmueve por su hiperactividad. Si fuera soldado tendría el pecho lleno de medallas, condecoraciones por haber tomado una colina protegida por un nido de ametralladoras, cada fin de semana una colina distinta. Hay tipos así: les pides que muerdan y se lo toman al pie de la letra. El problema, siempre existe uno, es que la intensidad es una aceleración que no se sostiene largo rato. El tiempo que al Depor le duró el rugido, el partido tuvo cierta intriga, tampoco excesiva. A los veinte minutos se terminó. La película de suspense dio paso al documental sobre leones.

¿Por qué se dopan los ciclistas?

Henri Pelissier confesó a Albert Londres cómo era el dopaje en los años 20.

 

Los ciclistas se siguen dopando porque no creen que estén haciendo nada malo. Estoy convencido de que por su mente no pasa el hecho de estar jugando sucio, o delinquiendo, o poniendo en riesgo su deporte. Es más, apuesto a que ni siquiera piensan que se estén dopando. Para ellos, doping, esa palabra, es una simpleza, una antigualla a la que recurren los periodistas inquisitoriales, los científicos de bata blanca y los burócratas de la WADA. Los que no saben nada. Los que no se han montado jamás una bicicleta, los que no han mirado su rostro en un espejo y, después de tres semanas, han pasado la mano por el perfil de su calavera.

Supercopa: el equipo real y el miembro fantasma

Así se presiona. Lo demás, viene solo o casi.

El síndrome del miembro fantasma es la percepción de que un miembro amputado todavía forma parte del cuerpo y continúa trabajando a su servicio. Al Barcelona le ocurre lo mismo con Neymar. El equipo lo busca en cada jugada y al no encontrarlo, se deprime. La situación se repite una y otra vez, ilusión y frustración, prácticamente en cada maniobra de ataque. El Barça hace esfuerzos ímprobos por mover el miembro amputado, pero nada se mueve porque nada hay.

Concierto de blues

Barça y Real Madrid (o viceversa), durante un momento del partido.

 

Debes estar viejo, no tiene sentido enfadarse por una cosa así. Qué digo enfadarse, enfurecerse. Al fin y al cabo, los colores se distinguían si fruncías el ceño y prestabas algo de atención. Aunque pertenezcan a la misma familia en grado directo de parentesco, no es lo mismo el azul marino que el azul turquesa, ni siquiera admitiendo que el turquesa puede tornar en azul marinado por causa de la transpiración. Ese minúsculo detalle no justifica los espumarajos ni las imprecaciones. Además, hay que vender camisetas y los chinos se movilizarán en masa para comprar esta equipación (segunda, tercera o cuarta), con la ventaja de que si está agotada la del Real Madrid se llevarán la del Barcelona, tampoco hay que ser escrupuloso. No puedes permitir que una cuestión meramente cromática te arruine un partido que esperabas con ilusión. Es de todo punto absurdo que sólo hicieras un par de anotaciones con la excusa de que las tarjetas amarillas eran lo único que se distinguía.

Postales desde Honolulu

Recuerdos de Honolulu, donde quiera que esté.

El Real Madrid prosigue la luna de miel. Da igual si sus noches son en Cardiff o Skopje. Cualquier lugar parece Honolulu, suponiendo que allí se sirvan los mejores atardeceres y los más sobresalientes cócteles con sombrilla, que está por ver. El Real Madrid es feliz y hay que pensar que algunos madridistas lo desconocen, no hay más que observar cómo se inquietaron por unos partiditos de pretemporada, exhibiciones para turistas. La felicidad es esto y la desdicha lo otro. No hace falta tocar madera ni gastarse 180 millones de euros. El equipo lo tiene todo, empezando por un entrenador que es el zapato de Cenicienta. El resto fluye.

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