Crónicas Mundanas

Relatos de deporte, cine, política y de lo que sea menester

Categoría: Cine (Página 2 de 2)

Figuras Ocultas, voluntariamente

Tres cerebros especiales. Y espaciales.

Tres cerebros espaciales. Y espaciales.

 

El objetivo de cualquier película debe ser entretener, supongo que en esto estaremos de acuerdo. A partir de aquí, podríamos graduar el entretenimiento y clasificarlo, pero siempre desde la intención básica de captar la atención. Bajo este punto de vista, lo mejor que se puede decir de Figuras Ocultas, y soy consciente de que con esto no me contratarán en Cahiers du Cinema, es que es una película entretenida. Si entramos en detalles diremos que se deja ver sin que el espectador oponga resistencia, pero sin que le importe contestar el Whatsapp, caso de que sea mínimamente necesario. No hay secuestro, por tanto. Ni creo que exista tal pretensión. Figuras ocultas es una película pequeña de aspiraciones que imagino pequeñas y con ellas conviene comprar la entrada.

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‘La La Land’: Cuando la vida puede ser maravillosa

La La Land. Tómese cada seis horas.

La La Land. Tómese cada seis horas.

 

Te haré llorar. Lee las noticias. La historia de los padres que comerciaron con su hija y un cáncer inventado. Los refugiados que se congelan en la Europa rica. Los que se ahogan en el Mediterráneo. Los autobuses de Alepo. Si consiguiera fijarte durante dos horas ante esas imágenes y en nuestra inacción, llorarías o no te faltarían ganas. Ahora intentaré que seas feliz. Y no digo reír, digo ser feliz. Para conseguir que el mundo te parezca un lugar maravilloso no me alcanza un chiste, ni el vídeo de un gato bailando claqué. Para hacer llorar o para hacer reír no hace falta más que un Informe Semanal y una cáscara de plátano. Para hacerte feliz, aunque sea un rato, necesitaría inventar algo formidable. Y no hablo de entretener, sino de provocar eso que podríamos denominar la sonrisa inconsciente, el primer síntoma de la felicidad. No, el objetivo ya no es tan fácil. Me tropezaré con tus prejuicios y con tu rechazo inicial, con el ancla que te agarra a la realidad. Para convencerte de que se puede volar sin alas y sin avión necesitaría ser muy persuasivo. Tanto como ‘La La Land’.

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Aliados: partido amistoso

Gran póster, película floja.

Gran póster, película floja.

 

Es imposible no suspirar por lo que hubiera sido Aliados en manos de Hitchcock o Tarantino. Lo que hubiera sido en manos de Scorsese ya lo sabemos: Infiltrados. Hay que culpar del intento fallido al director Robert Zemeckis, cineasta de otros territorios: Náufragos, Forrest Gump…. Lo que pudo ser una buena película, con los ingredientes que casi siempre funcionan (amor, guerra, espías), se queda en un entretenimiento menor. El primer error, y es grave, es que la historia arranca saturada de color en un lugar que pretende ser Casablanca durante la Segunda Guerra Mundial. Por favor, Zemeckis. La Casablanca auténtica, aunque no lo fuera, se rodó en blanco y negro, con aeropuerto neblinoso y con un local de culto, el Rick’s Café Americain. Cualquier otra recreación es, por definición, una mala copia.

La siguiente aberración del director es desaprovechar a dos actores como Brad Pitt y Marion Cotillard, principal reclamo de la película. No funciona ninguno, ni juntos ni por separado, no hay química, ni sexo, ni lumbre para encenderse el cigarro ni calor para templarse el café. Es materialmente imposible que tuvieran una aventura amorosa durante el rodaje, porque estas cosas salpican, salvo que el empeño de ambos haya sido fingir lo contrario para engañar a Angelina, en cuyo caso merecen un par de Oscars.

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‘El ídolo’: la historia de Armstrong sin la mitad de Armstrong

Armstrong-Foster: las apariencias engañan.

Armstrong-Foster: las apariencias engañan.

 

Entiendo que llevar la vida de Lance Armstrong al cine planteó un primer problema de condensación porque en su biografía caben varias películas, del viejo Estrenos TV al clásico cine negro. El primer relato nos presentaría a un humilde muchacho de Austin que se convierte en campeón del mundo; este film, de bajo presupuesto, sería un buen entretenimiento para la sobremesa de alguna cadena generalista. La siguiente historia, de mayor calado, es la de un superviviente del cáncer; un drama intenso para cualquier noche en La 2. La última es la de un tramposo global sometido a una humillación global: un esqueleto de película grande en las manos de un director grande.

No hay nada que añadir a la biografía de Armstrong, salvo encontrar el enfoque oportuno para empezar a contar. Sorprende que alguien tan dotado como Stephen Frears (Las amistades peligrosas, Alta Fidelidad, La Reina) se haya quedado en la espuma de una tragedia tan extraordinaria, probablemente por querer contarlo todo. Ese afán por no dejarse nada, hace que El Ídolo (The Program) pase por la vida de Armstrong demasiado rápido y de puntillas, mostrando blancos y negros, pero sin pararse en las sombras. Y las sombras son esenciales.

Conceder como un mérito singular el parecido de Ben Foster con Lance Armstrong me parece un argumento demasiado endeble para salvar la película. Es cierto que, en determinados planos, especialmente los que muestran al actor convertido en ciclista, la similitud es asombrosa, pero también es verdad que, en el resto de secuencias, Ben Foster es un personaje insignificante en presencia y carisma en comparación con Armstrong. Y esto es relevante.

Foster, en la piel (amarilla) de Armstrong.

No se confundan: no es Lance Armstrong, es Ben Foster.

No es posible dibujar a Armstrong sin destacar su enorme capacidad de seducción, su habilidad para generar adhesiones y, en último caso, hasta el momento mismo de su confesión, dudas benévolas. Esa mirada de malvado empático no la tiene Ben Foster, demasiado básico en sus registros. Hablo de la mirada del Tom Ripley de Patricia Highsmith, la mirada que sí fue capaz de transmitir Matt Damon, curiosamente el primer actor elegido para meterse en la piel de Armstrong cuando todavía se le tenía por héroe. Hablo de la mirada de Cary Grant en Sospecha, de los ojos de Ryan Gosling en Drive.

Ahí estaba la película. Antes que enumerar las fechorías de Armstrong, o tan importante como eso, era ubicarse en las sombras de un deportista detestable que tiene muchísimo de mentira, pero algo de verdad. No estaba dopado cuando ganó el Mundial de 1993 con 22 años, no es una falacia que superara un cáncer y se subiera después a una bicicleta y tampoco fue despreciable la actividad benéfica de Livestrong. El poliedro se completa con un regreso al Tour, cuatro años después de su retirada, que es el retorno del asesino al lugar del crimen. Personalmente creo que volvió en busca de alguna extraña redención, porque volvió para perder y estoy por asegurar que lo hizo conscientemente.

La confesión final ante Oprah Winfrey es el último acto de la obra, el momento cumbre. Quienes escupen sobre la tumba de Armstrong aseguran que fue una confesión forzada a cambio de alguna ventaja procesal. Yo, en cambio, percibí algo de dignidad en ese momento, en esa voluntaria crucifixión vía satélite.

No encuentro a ese Armstrong en la película de Stephen Frears. El director acierta, y no es poco, en el rodaje de las carreras, en lo que suponía una asignatura pendiente para el cine. Acierta en la elección del fascinante Jesse Plemons (Fargo 2) como encarnación de Floyd Landis y acierta al escoger a Guillaume Canet (excelente caracterización) y Chris O’Dowd para interpretar a Michel Ferrari y al periodista David Walsh. Y poco más, incluidas algunas groserías: el Bruyneel de la ficción se ha comido al Bruyneel real y Contador se nos aparece como una mezcla de Rubén Cortada y Rodolfo Valentino.

Dicho todo lo cual, la película debería ser de obligada proyección para los corredores/directores que participarán a partir del sábado en el Tour de Francia. No sobran los cuentos morales en colectivos de moral olvidadiza. Nada más que añadir, salvo un grito interior sin necesidad de exclamaciones: Viva el ciclismo.

Surfeando sobre el diván

Buscando a Dory.

En fecha sin determinar, el cine infantil decidió dar una vuelta de tuerca, en paralelo, y al mismo tiempo, que los perversos diseñadores de ropa deportiva. Un mal día, las películas de dibujos renunciaron a la excelencia (divertir por igual a niños y porteadores) y se concentraron en la originalidad psicoanalítica. El resultado son algunos productos alucinógenos como Rompe Ralph (Tron en el mundo de Candy Crush) o, en mayor medida, Del Revés, una supuesta aventura en los pliegues de la personalidad de una niña con tendencia a la depresión. Es obvio que tan avezados creadores, proclives a hacerse terapia en 3D, se han olvidado de un factor esencial: a estas películas se acude con niños, con la íntima intención, además, de que se estén quietos durante 90 minutos.

Buscando a Dory es el último ejemplo de esta deriva interior. La historia del pez payaso que se extravía en el océano (Pulgarcito acuático) ha dado paso a un secuela que incluye el Alzheimer en la vida de los peces cirujano y que nos plantea, al mismo tiempo, el miedo a la libertad de un pulpo con siete brazos.

Resultado: los niños se inquietan, lloran por momentos, abandonan sus asientos y pisotean al indefenso progenitor, que, despojado de toda dignidad, se acuerda sin parar de Santa Dora la Exploradora, esa gran mujer.

Marilyn, felices 90

Y que cumplas muchos más.

Y que cumplas muchos más.

Marilyn Monroe hubiera cumplido hoy 90 años. Imagínenla. Sabríamos de ella por el teleobjetivo de algún paparazzi, paseada en una silla de ruedas por su último marido (un peluquero gay de Arizona), cubierta con unas enormes gafas de sol y una peluca platino, probablemente respondiendo con el dedo corazón a los pertinaces reporteros. Marilyn sería poco más que un fantasma, una leyenda con la necrológica en la plataforma de lanzamiento.

No hay duda: Marilyn no hubiera funcionado en el papel de anciana que bordó Katherine Hepburn. Su decadencia hubiera sido cruel y sus equivocaciones generosas. Nadie mejora con el tiempo, excepción hecha de Maribel Verdú.

Nunca es mejor morirse, no se me ocurrirá decir tal cosa. Pero cumplir 90 años con el aspecto de los treinta, y que el mundo lo celebre, y sentirse deseable, es un privilegio reservado a esos mitos del cine que murieron antes para vivir siempre. Bellos, altivos y sin una sola cana.

22-11-63: lo que le debe una serie a un buen libro

James Franco, protagonista de 22-11-63.

James Franco, encargado de salvar a Kennedy. Mal asunto.

 

Cada vez que me gusta una novela imagino, mientras leo, le versión cinematográfica. De manera que, al mismo tiempo (y por el mismo precio), soy lector, protagonista y director de cásting. Así que cuando se anuncia la película o la serie acudo raudo a comprobar si el director me ha hecho algo de caso. Sobra decir que jamás atienden mis sugerencias; bastante tienen con podar el libro para que la producción no dure 16 horas.

No me desanimo. Las adaptaciones de aquello que me gustó me interesan aunque sean pésimas o simplemente estén por debajo de mis expectativas. Me sucede con “22-11-63”. La novela de Stephen King aúna dos asuntos que me resultan especialmente fascinantes: el asesinato de Kennedy y los viajes en el tiempo. Cuando supe que la serie estaba disponible, me lancé a ella vorazmente y en ella sigo a la espera del siguiente capítulo.

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Spotlight (crítica tardía): demonios sin ángeles

Mejor parados que en movimiento.

Perdonadme, muchachos, pero habéis tenido momentos mejores.

Comprendo el entusiasmo de quienes vieron la película Spotlight en tiempo y hora (no como yo). Lo entiendo porque la mayor parte de las recomendaciones me las hicieron periodistas. Asumo que para ellos, para nosotros, tan relevante como la historia es la utopía que plantea, al menos en nuestro mundo conocido: un equipo de investigación que trabaja al margen de las rutinas de la Redacción y, además, sin prisa. Sospecho que hay muchos compañeros periodistas que no se reponen en toda la película de ese asombro, ajenos al trajinar de los curas y los reporteros.

Debo confesar que a mí me impactó menos. Digamos que admiré fugazmente la existencia de ese cuerpo de élite y me concentré en la historia, dispuesto a disfrutar de una película elogiada por muchos amigos y reconocida en los Oscars con el premio gordo.

Bien, pues no lo conseguí del todo. Me interesó el relato, pero igual que me hubiera interesado un documental al respecto. No me apasionó, en definitiva. Sentí la dosis aconsejable de asco hacia los responsables de los abusos y sus encubridores. Pero no me identifiqué con los héroes de la trama, ni sufrí ni gocé con ellos; no les copié ni un gesto a la salida del cine.

No es fácil, ni frecuente, que actores como Michael Keaton, Mark Ruffalo o Rachel McAdams compongan personajes carentes de relieve. Da la sensación de que el director se limitó a sobrevolarlos. Keaton, por ejemplo, es la mitad del periodista que interpretó en The Paper. McAdams insiste en su deseo de parecer una mujer poco atractiva (comenzó en True Detective 2) y sigue sin conseguirlo. Ruffalo, representante en muchas películas del tipo que quisiéramos ser, no consigue conectar con nadie: ni con los periodistas caóticos ni con los cuarentones mofletudos.

Tampoco se salva Liv Schreiber aunque por momentos resulte el único superviviente de la película. Su contención es tan absoluta y tan sin tregua que su rictus termina por confundirse con la superficie de la piedra Pómez.

No es una mala película, aunque tampoco es una demasiado buena. Resulta oportuna como denuncia que no caduca y por su indudable valor documental; sospecho que por eso fue premiada en Hollywood (de algún modo había que parar los pies a Iñárritu). También sirve como esperanza para los periodistas que todavía la tienen. Para algunos será suficiente. Para mí no lo es. Odio salir del cine caminando igual que entré.

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