Crónicas Mundanas

Relatos de deporte, cine, política y de lo que sea menester

Categoría: Cosas

Messi-Cristiano: el delito no debería afectar a la admiración deportiva (creo)

John Wayne. Actor mítico, racista deplorable.

 

Creo que el error es grave. Los delitos fiscales que se relacionan con Messi y Cristiano Ronaldo son, para algunas voces que escucho y leo, una mancha que no sólo los afecta como ciudadanos, sino también como futbolistas. Los argumentos giran sobre una idea principal: ¿cómo pueden ser objeto de admiración quienes defraudan al fisco y, en consecuencia, nos defraudan a todos?

La respuesta es muy sencilla. Quienes deseen admirar a Messi y Cristiano tienen tan buenas razones para hacerlo como los admiradores de Frank Sinatra (mafioso), Michael Jackson (pedófilo), Lennon (maltratador), Kurt Cobain (drogadicto), González Ruano (estafador y colaboracionista), John Wayne (racista), Clint Eastwood (trumpfílico) o Jacques Anquetil (polígamo). Cuentan que Cary Grant era un tacaño patológico, que Bogart escupía al hablar y que Cervantes pudo entregarse en cuerpo y alma (sobre todo en cuerpo) a sus captores en Argel. Por no mencionar a Maradona.

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El Belén viviente de Buitrago del Lozoya o la vida entonces

Parecen congelados y, en ocasiones, lo están.

Belén viviente de Buitrago del Lozoya: parecen congelados y, en ocasiones, lo están.

 

Admirables los pueblos de España que conservan sus tradiciones o cuidan las recién inventadas. Admirables sus gentes, capaces de unirse en torno a una actividad común en los tiempos que corren. Admirables y admirables. Si no quieren seguir leyendo, quédense con lo anterior y tengan una Feliz Navidad.

En caso de proseguir han de saber que hasta la celebración más entrañable es susceptible de convertirse en una pesadilla. Pongámonos en el lugar de un visitante que parte de Madrid hacia Buitrago del Lozoya, hermosa localidad en el extremo Norte de la Comunidad, dotada con una soberbia muralla árabe y donde residió, nada menos, que el peluquero de Picasso, don Eugenio, al que el artista, en un acto de sincera generosidad (recuerden que era calvo), donó sesenta obras que se exhiben en un museo dedicado a tal fin. Si no desean seguir leyendo, quédense con lo anterior, que ya no es poco, y tengan un próspero Año Nuevo.

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El Bar Norte

El Norte y el gato. Sin nosotros.

El Norte y el gato. Sin nosotros.

 

El Bar Norte lo tenía todo: una máquina de marcianitos y un rincón patrocinado por Schweppes, algo así como un reservado que era cedido amablemente a quien entraba en predispuesta compañía. El Bar Norte disponía de un baño turco donde se meaba como mirando al océano y, en ocasiones, sobre el océano mismo. El Bar Norte tenía capacidad para un fin de semana entero y una juventud a trozos. Allí aprendí todo lo que sé sobre submarinos y batiscafos, sobre penúltimos y últimos que serán los primeros. Siempre pensé que había demasiados espejos hasta que entendí que eran retrovisores. El Bar Norte tenía, entre sus infinitas ventajas, una fundamental: podía regresar a mi casa rodando y juraría que más de una noche hice diana.

En el Bar Norte me rompieron la nariz y el corazón, pero en cada caso volví con los remiendos correspondientes. Entre sus cuatro paredes (no más) me bebí mi primera cerveza y buena parte de las siguientes. Compartir el mini era una forma de hermandad y un desafío permanente a las enfermedades contagiosas. Aún recuerdo la galantería con la que el grupo recibía a las novias debutantes, los guiños y el parapeto, el uno para todos y el todos para una. Jugábamos en casa y dormíamos fuera.

El Bar Norte existe todavía y es un crimen contra la nostalgia que no hayamos organizado una colecta para reflotarlo o para abrirlo en fiestas. No sólo nos hemos abandonado a nosotros mismos. Hemos desatendido a la chica de Schweppes y a todos los jóvenes que se habrán bebido caliente su primera cerveza. Porque si algo se servía en El Norte más ordenadamente que los minis eran los relevos generacionales.

Cada vez que paso por allí, y no paso demasiado, imagino cuánto daría por entrar y por que al encender las luces se iluminara todo tal y como era, Antonio detrás de la barra, los amigos en la misma esquina y el océano entero para mear.

Los hijos de puta

El gran dictador. Chaplin, en plena mofa.

Nada soporta peor el dictador que la mofa. Chaplin lo sabía.

 

El hijo de puta es un imbécil que va armado. El hijo de puta con todas las letras (descartamos “hijoputas” e “hideputas”, como bien me sugieren los filólogos Elena Pérez y Fernando Carreño) se distingue de otros indeseables porque actúa desde una posición de poder. Si no la tuviera sería un cretino, relativamente inofensivo aunque indudablemente molesto.

El hijo de puta se cree un hombre de estado aunque sea jefe de almacén en una fábrica de palés. La responsabilidad es habitualmente su justificación moral. El hijo de puta está absolutamente convencido de que si no fuera por él todo se iría a tomar por saco; en primer lugar, tu empleo. Es muy posible que el hijo de puta, en la intimidad del hogar, presuma de su inestimable contribución a la economía del país y es fácil que su perorata siempre termine así: “…para que luego digan que soy un hijo de puta”.

Buen consejo.

Buen consejo.

En algún infausto momento de la humanidad, se instauró la creencia de que alguien tiene que hacer de malo (o serlo) para que funcionen las cosas. Quienes piensan de ese modo asumen que las personas tienen una tendencia natural a la holganza y la molicie, y que necesitan mano dura para ser de provecho a la sociedad, a la empresa o al almacén de palés.

El primero que promocionó a un hijo de puta debió ser un matarife al que no le gustaba mancharse de sangre. O un patricio romano que deseaba reducir plantilla de esclavos. Ante la dificultad de encontrar a un ejecutor con principios (contradicción insoportable), recurrió al hijo de puta, tipo de simples convicciones al que, llegado el momento (y siempre llega), se le puede cargar el muerto: “Se pasó de hijo de puta”.

Desde entonces, y por épocas, el hijo de puta ha ganado cierto prestigio. Se llega a decir, en tono elogioso, que fulano es un hijo de puta, guau, e incluso hay quienes presumen de tener como amigo a uno de la especie. La disculpa social es diversa (no es mi jefe, no es para tanto, te ríes), pero el argumento empresarial siempre es el mismo. Para no caer en el ‘buenismo’ consentidor nos entregamos al ‘malismo’ sin fronteras. Para qué explorar posturas intermedias.

Malditos Bastardos, película documental.

Malditos Bastardos, película documental.

Hay quien asegura que el hijo de puta vivió una infancia desdichada y quien afirma que lo cosieron a collejas en los recreos. Hay quienes consideran que el rechazo es la primera causa de la enfermedad. Como en todo, habrá categorías, tipologías y niveles. El más bajo nos sitúa ante el hijo de puta que es un ogro ante el subordinado y un gatito ante el jefe, o ante la esposa, o ante el menor atisbo de violencia física.

La última reflexión es la más desesperanzadora. El hijo de puta nunca admitirá que lo fue, lo que nos dejará sin compensación a los que nos conformábamos con eso. Enfrentado a la venganza de sus víctimas, el hijo de puta dirá que todo lo hizo por responsabilidad y sentido del deber. Porque alguien tiene que ser un hijo de puta.

Londres para niños con padres

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Siempre nos quedará Londres.

 

El siguiente texto, ya lo advierto, sólo será de utilidad para quien tenga niños, especialmente si no han cumplido los diez años (los niños) y para quien, al mismo tiempo, se encuentre planeando un viaje que, sin destino decidido, todavía podría ser a Londres. Asumo, por tanto, que el público objetivo es tan limitado que si esto fuera un teatro podría bastarme con una silla. Pese a todo, continuo.

Además, nunca se sabe por dónde pasean los editores aburridos, aquellos que te podrían encargar un serial, una colección de relatos muy bien pagados que me pondrían a la altura del Turista Accidental pero con familia numerosa. Ya está bien de que los consejos viajeros los ofrezcan atractivos mochileros del Lonely Planet sin más responsabilidad que cortarse las uñas de los pies. Urgen guías que señalen en rojo las calles peatonales, la ubicación de los mimos y la situación exacta de los cuartos de baño en cada calle. Allá voy, pues.

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El grupo

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Si nunca has sido despedido de un trabajo es probable que pienses que no te echarán salvo que cometas un error mayúsculo o hagas una deposición en la mesa del jefe (la lotería y la defecación en altura son ensoñaciones recurrentes y complementarias entre los trabajadores hastiados). La experiencia nos demuestra (íntimamente) que no son necesarios ni los errores ni las deposiciones. La jerarquía del recreo se invierte, demasiadas veces, en el mundo de los adultos. Algunos lo aprovechan para ajustar cuentas o para curarse complejos a garrotazos.

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Sobre cómo reírse pese a todo

Gene Kelly, optimista patológico.

Gene Kelly, optimista patológico. Incluso bajo la lluvia.

Mi cara no tiene un gesto intermedio entre la seriedad y la sonrisa. Lo que supone en problema. Muchas veces me preguntan si estoy enfadado o preocupado y se me hace raro explicar que mi cara no tiene un gesto intermedio entre la seriedad y la sonrisa. Podría practicar la media sonrisa, pero sería un gesto forzado. Si nadie me mira y nada me hace reír, yo estoy eminentemente serio. Y así me descubro cuando me sorprendo en algún espejo, sin tiempo de forzar una media sonrisa.

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