Crónicas Mundanas

Relatos de deporte, cine, política y de lo que sea menester

Categoría: Invitados (Página 2 de 2)

Arthur Kinnaird, un héroe (barbudo) de otra época

Por Tomás García de la Plaza

Andaba Karl Marx elaborando alguna fundamentación teórica en su mansión de Wilmington Square sin reparar en que al otro lado del Támesis, en Kennington, se iba a celebrar la primera final de la Football Association Challenge Cup, la legendaria Copa de Inglaterra, un torneo que nacía de forma muy modesta, sin grandes pretensiones y sin que nadie pudiera imaginar que siglo y medio después se convertiría en la competición futbolística más querida y famosa del mundo, en el lugar sagrado donde se preservan los valores más preciados y el espíritu verdadero del fútbol.

Corría un dieciséis de marzo de 1872, un día espléndido de sol, un inesperado adelanto de la primavera, una jornada que, según los cronistas de la época, resultó demasiado calurosa para la práctica de un deporte de invierno. Entonces, el fútbol, y el rugby, eran deportes que tan sólo se practicaban en la estación invernal,  dejando el calendario veraniego prácticamente en exclusiva para el críquet, el deporte nacional. O la caza. Del zorro.

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Historia de un fracaso literario

Por Somos

Cuando Juanma me pidió un texto para la sección de invitados, no supe decirle que no (mecachís en la mar). Unos momentos después me dije… ¿Y ahora de qué leches escribo? ¿Fútbol, política, cine, religión o quizá le planto un par de recetas de cocina y me quedo tan ancho? Estaba más en blanco que los escaños de Rajoy cada vez que abre un juzgado.

Recurrí a la insistencia, después a la perseverancia y más tarde a la obstinación, pero todo es inútil cuando las ideas no surgen. Ni musas ni leches, que eso debe quedar para plumas enormes y no plumillas aficionados. A mi imaginación no la venían a visitar ni las compañías telefónicas, total para qué, ya estaba la pobre en una magnífica tarifa plana.

Así que puse la tele. Doce canales después, seguía en la más absoluta negación del escritor. Si no hubiese sido porque se me cayó el mando a distancia presento mi dimisión por email. Pero como el pobre quedó hecho cisco, enseñando las pilas como los accidentados los huesos y las actrices porno el tesoro, pase a darme cuenta de que ahora lo que se lleva son las deconstrucciones, y que si eso se puede hacer con una tortilla y ser candidato a estrella michelín, también sería posible hacerlo con la confección de una historia. Si salía bien, estupendo y si no, batido de letras al canto.

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Sobran piedras para hacer el muro

Por Macacha Marín

Aunque todo depende de nuestra vara de medir: ¿Alguien me puede negar que jamás le persiguen sensaciones incómodas? ¿Alguien no ha querido atracar un banco? ¿Alguien no vive con el peso del beso que no ha dado? ¿Nadie se ha imaginado prostituyéndose? ¿Diciéndole a su jefe que se calle la “puta boca”? ¿Creándose una falsa identidad y largándose sin más? ¿Alguien vive sin ninguna paranoia?

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La caja de música

 Por Diego Alonso

A Hans Christian Andersen, inspiración lejana de esta historia.

Reencontré la caja de música bajo el montón de archivadores y papeles de la habitación, cubierta aún por el velo de polvo gris con el que se mezclaba el suave color de su porcelana. Hacía muchos años que la había dejado ahí, junto a la estantería, y en todo ese tiempo no me había preocupado por ella en absoluto, relegándola a un injusto olvido, tras tantos y tantos días obsequiándome con el armónico baile de sus figuritas y el candor agradable de sus notas. Probé a abrirla y descubrí, no sin cierta satisfacción, que todavía funcionaba. Sonreí mientras la cerraba. Al abrirla de nuevo reparé en las figuras: sumergidas en su propio y romántico vals, un joven soldado, de uniforme rojo, charreteras de bronce, cabello rubio y dos puntitos claros por pupilas en mitad de un rostro ligeramente azulado abrazaba por el talle a una joven que no parecía tener más de dieciséis o diecisiete años, con un vestido blanco de novia sobre el que se cruzaba, en la espalda, un lacito rosa. El cabello castaño le caía en bucles por la nuca y su cara, al igual que la del soldado, rezumaba alegría; un par de ojos negros y muy brillantes relucían por encima de la línea rosa tendida bajo la nariz que era su boca. En fin: una melancólica estampa de cualquier pareja de baile del siglo XIX.

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La espera

Por Tomás Luis de Victoria

El tipo de pronto comenzó a correr y nadie se lo esperaba. No era de correr, independientemente de la situación en la que estuviese y había estado en muchas difíciles. Cuando la situación se complicaba, solía plantarse y solucionarlo todo cara a cara, como un hombre. Y parecía viéndolo de lejos que así iba a ser una vez más cuando, de pronto y sin darse cuenta, se vio rodeado de dos tipos bastante más fuertes que él, mas otro que se acercaba, pero en vez de entregarse, viendo el lugar donde estaba, en vez de alejar de sí el problema, comenzó a correr.

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