El vídeo arbitraje es una gran chapuza: al peligro natural inherente a cualquier árbitro, se suma el peligro acumulado de media docena. No hay manera de resolver la subjetividad, si es lo que se pretendía. Tampoco hay forma de agilizar el proceso. Todo se llena de una confusión casi cómica cuando el árbitro recibe el chivatazo por el auricular y corre a consultar el monitor instalado en la banda. Así terminó el partido entre el Real Madrid y el América, sin que supiéramos si el gol de Cristiano era legal, ilegal o telegénico. Finalmente, después de mucho sonrojo, subió al marcador.

Anécdotas al margen, el Real Madrid venció al América porque no cabía otra posibilidad. Apenas encontró trampas por el camino. Observó, eso sí, que necesitaría correr más de lo previsto. No tardó en advertir que se enfrentaba a un equipo orgulloso, rápido en el contragolpe, bien dotado físicamente (entiéndanme) y mortalmente expuesto en la salida del balón. Doblegar esa resistencia sería una cuestión de tiempo. Concretamente, 46 minutos, gol de Benzema.