En opinión de la autora, James está así de enfadado.

Por Lila Castro

Un buen día de abril, James Rodríguez de levantó, se dirigió al baño, se afeitó, se miró al espejo y preguntó: ¿Me estás mirando?, ¿Me estás hablando a mí? Y no encontró respuesta. Entonces, insistió con vehemencia: ¿A quién demonios le estás hablando? Miró para todos los lados. Y dijo: “Bien, yo soy el único que está aquí ahora mismo. ¿A quién coño piensas que estás hablando?”. Y ante tanta insistencia, el del espejo, finalmente, le respondió: “Sí, es contigo, ¿ya estuvo bueno, eh?”.

James no es el mejor jugador del mundo (podría ser uno de ellos), pero convendrán que es una estrella. Nadie puede negar el alcance de esa zurda prodigiosa, su calidad técnica, su polivalencia, la precisión de sus pases, la visión que tiene del juego, que se ofrece, que se asocia, que llega al área; un mediocampista que acostumbra a hacer igual número de goles que asistencias, lo que no es usual en su rol, y entre esos goles algunos decisivos y de gran factura, cómo no recordar el del empate en el reciente Clásico.