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Despedidas

Niño indio en busca de rostro pálido.

Niño indio en busca de rostro pálido.

 

Por Irene García (@IreneGarciaRM)

Hemos superado el coitus interrumptus al que nos somete el parón de Selecciones con una bofetada de gusto tal como aquella que le diste a tu ex cuando al final descubriste que sí, era precisamente lo que parecía. Bendito sea el golpe al estado catatónico en el que nos sumerge la falta del campeonato patrio, que, además, vuelve llamando a las puertas de un romanticismo que firmaría el mismísimo Espronceda con el que será el último derbi madrileño en el Vicente Calderón. Vuelve aquél de fachada quijotesca al once de Zidane, ese de cuyo nombre no quieren acordarse los atléticos, y podremos comprobar si cualquier pasado sin Sergio Ramos fue mejor, o peor. Espero al aprendiz de Galeano jaleando y agitando los brazos al borde del disloque, mientras al paciente francés no se le mueve un pelo de su vie en roseCreo en el querer del Madrid por ser generoso con el momento, con la atmósfera y con Sabina, entregándose a la causa con una victoria, porque, aunque pierda, el Atleti siempre gana.

A Benzema le esperamos en el muelle de San Blas, que para algo lo emotivo de la cita, dudando de si llegará un poco o a medias para darle la oportunidad a Lucas Vázquez. Al madridismo le gusta la opción del gallego en el once titular junto a una pareja a la que, al contrario que a nosotros, la convocatoria internacional no les ha dejado con las ganas. Al Atlético, el Manzanares le seguirá devolviendo un reflejo con cara de Tuco: “El mundo se divide en dos categorías, Tuco, los que tienen el revólver cargado y los que cavan. Tú cavas”. Griezmann bailará con la más fea, Gabi rendirá homenaje a su dorsal con el enfrentamiento número 14 en su carrera frente al Real Madrid, y Oblak tratará de olvidar el escondite inglés al que jugó en la final de Milán para amargarle a Cristiano las mejores semanas de su vida. En esas estamos, a la espera de la épica, el mosaico pertinente y los clarines y timbales de un estadio clamando venganza con el arco entre los dientes para recibir al líder de la Liga. Y es que ya se sabe, que, aunque el Madrid gane, siempre pierde.

Viva el fútbol, aunque mate

Ante la tesitura de empezar por el campeón o por el derrotado, y con los penaltis todavía humeantes, dudo más bien poco: la desgracia que persigue al Atlético es más relevante, como fenómeno de la naturaleza, que la undécima Copa de Europa del Real Madrid. El destino (o quien sea) ha querido que el Atlético sufriera en sus tres finales la aniquilación que más duele hasta alcanzar, al tercer intento, la última frontera del quinto penalti. No la imaginen, porque no cabe mayor tortura.

Mientras el campeón se baña en gloria y honores, me siento en la obligación de no perder de vista al Atleti. Ya no hay duda de que su problema tiene que ver con la suerte. Igualado el hándicap del gol inicial, del talento, del presupuesto y de la inercia de la historia, el Atlético se la jugó en la ruleta rusa de los penaltis y volvió a perder. Alguien no quiere que gane. Y será mejor resolver ese asunto antes de volver a la carga.

Entre las curiosidades de la final quedará que los dos mejores porteros del campeonato, a los que sólo se pudo batir con remates a quemarropa durante el tiempo reglamentario, no pararon ningún lanzamiento en la tanda decisiva. Oblak, concretamente, lo intuyó todo al revés. Para él quedará un desconsuelo especial, el mismo que arderá dentro de Juanfran, que estrelló su tiro al poste y todavía a estas horas pide perdón.

Que Cristiano, desconocido durante todo el partido, consiguiera el gol que vale la Copa también debe significar algo, aunque en estos momentos no consigo adivinarlo. Lo que tengo por seguro es que con los rezos de Keylor habría que editar un catecismo.

Si conseguimos abstraernos de los penaltis (sé que es mucho abstraerse), podemos concluir que partíamos de una premisa falsa: el Real Madrid tiene mejores futbolistas y el Atlético, mejor equipo. La simplificación, como tantas veces, es errónea. El Madrid no cuenta con un equipo peor que el Atlético. Quizá sea más perezoso o más inconstante (tal vez sude menos), pero en ningún caso es inferior. Aceptado eso, las opciones del Atlético se reducían dramáticamente. De todas las posibilidades que ofrecía la final, sólo había una que le favorecía: marcar primero. Como en Lisboa. En ese supuesto, el Atlético podría explotar sus virtudes defensivas y su contragolpe genético, exactamente como en Lisboa, aunque sin los achaques de entonces. Bien, pues marcó el Madrid antes.

Desde ese momento, la final se convirtió en un Everest para el Atlético. Se repuso y dominó el juego, pero le costó muchísimo imaginar el gol del empate. Sin la supremacía aérea de otro tiempo (inferioridad, actualmente), el equipo necesitaba una ayudita del destino. Y la recibió. El golpe de suerte lo recibió Fernando Torres en el tobillo. Sin embargo, cuando más felices se las prometía el Atlético, Griezmann falló el penalti.

Fue volver a bajar, para volver a subir y para precipitarse de nuevo. Carrasco (excelente) empató la contienda y el Madrid, superada la conmoción, resurgió otra vez. Fue así durante 90 minutos y durante la media hora de prórroga. Altibajos en los que siempre emergió el trabajo de Casemiro y Gabi, colosales ambos.

No hay mucho más que decir. Las palabras sobran cuando de lo que se trata es de festejar o de olvidar. Viva el fútbol. Aunque mate.

Periscope (fabulado) de Simeone antes de la batalla

 

Es fácil imaginar a Simeone, fina aleación de Bilardo y Luis Aragonés, en las horas previas al partido: su mirada, los paseos nerviosos alrededor del hotel, los ánimos personalizados al encuentro nada fortuito con cada jugador, no importa dónde, en el hall, en el ascensor o en un pasillo: “Antuán, vos te lo comés, ese Alaba es un queso”; “Saulito, aprovechá, porque esos pibes se piensan que eres Beckenbauer, no les quités la razón”; “Godín, tú ya lo sabés, al polaquito ni las buenas tardes”.

Parecido será lo del Mono Burgos, aunque de menos palabras y más cachetadas: en el pecho, en la espalda, en el hombro o, llegado el caso, en los genitales, para recordar a los muchachos que los tienen y habrá enemigos que se los querrán tocar esta noche. Y no se quedará atrás el Profe Ortega, corrigiendo a cada futbolista la postura al caminar o al comer, sugiriendo estiramientos, recomendando siestas, ahorren energía, ustedes corren más, han trabajado mejor y los tienen más grandes (los tendones, se entiende).

La charla final los congregará a todos en una sala de reuniones, con el Cholo de conferenciante, los gestos más altos que la voz: “Yo les invito a que salgan y los miren. A los alemanes, digo. Están cagados. Miren al recepcionista, al chico de las maletas o al camarero que les ha servido el arroz. Les sonríen porque están cagados y tienen bronca. No se explican cómo les podemos sacar ventaja si sólo tenemos dos rubios y son de peluquería…”.

“Dicen que nos hacemos futbolistas para jugar estos partidos, pero yo digo que la concha de su madre: nos hacemos futbolistas para ganarlos… Ellos juegan en casa y empujarán. Nada nuevo. Ustedes saben lo que tienen hacer y saben que funciona. Y no se olviden de la gente que está ahí fuera, de los nuestros. Ellos tiene una venganza pendiente y nos han pasado el encargo… Adelante, pibes y cómanse el mundo”.

Así lo imagino yo, llegados estos partidos a vida o muerte. Un discurso conmovedor, una arenga como la de Pacino en Un día cualquiera, un torrente de emociones, una actuación en carne viva. Eso imagino yo, pero podría estar equivocado. Del Bosque, antes de la final del Mundial, sólo quiso recalcar a sus jugadores (y cito de memoria) que no defendían el honor de un país, que simplemente eran futbolistas y que tuvieran presente que había muchos niños mirando. Más palmadas que frases. Quizá las cosas sean de ese modo. Los protagonistas siempre repiten que en partidos semejantes no hace falta decir nada. Cada uno es como es. Yo, si estuviera por allí, me limitaría a decirlo a todo.

Sorteo Champions: el Real Madrid y los vengadores

bombo

El fútbol, ciencia inexacta y caprichosa, suele favorecer el ajuste de cuentas y hasta diría que le gusta ajustarlas. Sobran los ejemplos. El avión del United se estrelló en 1958 y el club, reconstruido por Matt Busby y liderado en el campo por Bobby Charlton (dos supervivientes), ganó la Copa de Europa diez años después. Algo similar ocurrió con la selección de Zambia. En el accidente aéreo de 1993 murió un equipo prometedor que estaba a punto de clasificarse para el Mundial de Estados Unidos. Diecinueve años después, y muy cerca de donde se estrelló el avión, Zambia se proclamó campeona de la Copa de África.

Hay más casos, cientos. La selección de Brasil se repuso de la crueldad del Maracanazo (1950) ganando cinco títulos mundiales; para ello sólo tuvo que cambiar el color de la camiseta (del blanco al amarillo) y dejar que el fútbol hiciera el reajuste correspondiente. El Depor, el ejemplo más cercano, debió esperar cuatro años para ganar la Liga y cicatrizar el penalti de Djukic (1994).

Si cuento todo esto es porque tengo la esperanza de que el sorteo de hoy nos sirva alguna gloriosa revancha. Para el Atlético, uno de los equipos que todavía espera que el fútbol pague sus deudas, se juntan en el bombo los dos rivales que corregirían su historia: Real Madrid y Bayern. Contra ellos fue vencido en la Copa de Europa, minutos 93’ y 120’. Ganar el título doblegando sucesivamente a ambos sería una restitución con intereses millonarios, la reescritura de su historia. Aunque tampoco conviene abusar.

Para el Madrid no hay revanchas. Al contrario, le amenazan los vengadores. Pellegrini, despreciado por Florentino, entrena al City; en el Bayern (léase Guardiola) todavía el escuece el 0-4 de hace dos años. Y qué decir del Atlético. La única duda es si el fútbol, esa ciencia caprichosa e inexacta, habrá elegido esta primavera apara ajustar cuentas o para seguir honrando al Madrid, el equipo que no se ha cambiado nunca la camiseta blanca.

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