Crónicas Mundanas

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Comanchería: lejano y olvidado Oeste

Gran película, aunque no exactamente un thriller.

Gran película, aunque no exactamente un thriller, si Le Figaro me lo permite.

 

El Oeste o lo que queda. Comanches o los que quedan. Vaqueros con vacas y forajidos con hipoteca. Y, por supuesto, un sheriff con su ayudante. Comanchería es western, road movie y retrato de la América pobre y decadente que se quedó por el camino. Amargura, ironía y un mínimo punto de optimismo, concretamente un punto final. Dentro de ese estuche cabe una persecución que agita, una amistad que conmueve y un peculiar sentido de la familia que no considera el vínculo de sangre como un concepto metafórico. Cabe mucho, como se ve. Añadamos la fabulosa interpretación de Jeff Bridges (nominado a mejor actor de reparto), de obligado disfrute en versión original, y el glorioso descubrimiento de Chris Pine adulto y con bigote, por no mencionar a su psicótico hermano Ben Foster. No parece que haya grandes concentraciones de esperanza en el aire de Nuevo México, pero bajo la tierra todavía se puede encontrar algo de petróleo.

Hell or High Water (expresión que podríamos traducir como “pase lo que pase”,  “caiga quien caiga” o “contra viento y marea”) fue titulada en España como Comanchería, en libérrima interpretación del nombre original que recibió numerosas críticas. Sin embargo, el filólogo de la productora acertó de pleno. En el título está casi todo y en la película se descubre el resto. Comanchería no es sólo el territorio que ocuparon los comanches, extendido desde Nuevo México al norte y al este. Comanche significa “enemigo de todos” y es un indio (Gil Birmingham, de origen comanche) quien pone el contrapunto perfecto para el delicioso sarcasmo del sheriff Bridges.

Es justo que la Comanchería de David Mckenzie esté incluida entre las nueve candidatas a mejor película del año. Días después de ser vista todavía hay desierto bajo los zapatos de los espectadores y nube gris sobre sus cabezas. También un mínimo punto de optimismo.

‘El ídolo’: la historia de Armstrong sin la mitad de Armstrong

Armstrong-Foster: las apariencias engañan.

Armstrong-Foster: las apariencias engañan.

 

Entiendo que llevar la vida de Lance Armstrong al cine planteó un primer problema de condensación porque en su biografía caben varias películas, del viejo Estrenos TV al clásico cine negro. El primer relato nos presentaría a un humilde muchacho de Austin que se convierte en campeón del mundo; este film, de bajo presupuesto, sería un buen entretenimiento para la sobremesa de alguna cadena generalista. La siguiente historia, de mayor calado, es la de un superviviente del cáncer; un drama intenso para cualquier noche en La 2. La última es la de un tramposo global sometido a una humillación global: un esqueleto de película grande en las manos de un director grande.

No hay nada que añadir a la biografía de Armstrong, salvo encontrar el enfoque oportuno para empezar a contar. Sorprende que alguien tan dotado como Stephen Frears (Las amistades peligrosas, Alta Fidelidad, La Reina) se haya quedado en la espuma de una tragedia tan extraordinaria, probablemente por querer contarlo todo. Ese afán por no dejarse nada, hace que El Ídolo (The Program) pase por la vida de Armstrong demasiado rápido y de puntillas, mostrando blancos y negros, pero sin pararse en las sombras. Y las sombras son esenciales.

Conceder como un mérito singular el parecido de Ben Foster con Lance Armstrong me parece un argumento demasiado endeble para salvar la película. Es cierto que, en determinados planos, especialmente los que muestran al actor convertido en ciclista, la similitud es asombrosa, pero también es verdad que, en el resto de secuencias, Ben Foster es un personaje insignificante en presencia y carisma en comparación con Armstrong. Y esto es relevante.

Foster, en la piel (amarilla) de Armstrong.

No se confundan: no es Lance Armstrong, es Ben Foster.

No es posible dibujar a Armstrong sin destacar su enorme capacidad de seducción, su habilidad para generar adhesiones y, en último caso, hasta el momento mismo de su confesión, dudas benévolas. Esa mirada de malvado empático no la tiene Ben Foster, demasiado básico en sus registros. Hablo de la mirada del Tom Ripley de Patricia Highsmith, la mirada que sí fue capaz de transmitir Matt Damon, curiosamente el primer actor elegido para meterse en la piel de Armstrong cuando todavía se le tenía por héroe. Hablo de la mirada de Cary Grant en Sospecha, de los ojos de Ryan Gosling en Drive.

Ahí estaba la película. Antes que enumerar las fechorías de Armstrong, o tan importante como eso, era ubicarse en las sombras de un deportista detestable que tiene muchísimo de mentira, pero algo de verdad. No estaba dopado cuando ganó el Mundial de 1993 con 22 años, no es una falacia que superara un cáncer y se subiera después a una bicicleta y tampoco fue despreciable la actividad benéfica de Livestrong. El poliedro se completa con un regreso al Tour, cuatro años después de su retirada, que es el retorno del asesino al lugar del crimen. Personalmente creo que volvió en busca de alguna extraña redención, porque volvió para perder y estoy por asegurar que lo hizo conscientemente.

La confesión final ante Oprah Winfrey es el último acto de la obra, el momento cumbre. Quienes escupen sobre la tumba de Armstrong aseguran que fue una confesión forzada a cambio de alguna ventaja procesal. Yo, en cambio, percibí algo de dignidad en ese momento, en esa voluntaria crucifixión vía satélite.

No encuentro a ese Armstrong en la película de Stephen Frears. El director acierta, y no es poco, en el rodaje de las carreras, en lo que suponía una asignatura pendiente para el cine. Acierta en la elección del fascinante Jesse Plemons (Fargo 2) como encarnación de Floyd Landis y acierta al escoger a Guillaume Canet (excelente caracterización) y Chris O’Dowd para interpretar a Michel Ferrari y al periodista David Walsh. Y poco más, incluidas algunas groserías: el Bruyneel de la ficción se ha comido al Bruyneel real y Contador se nos aparece como una mezcla de Rubén Cortada y Rodolfo Valentino.

Dicho todo lo cual, la película debería ser de obligada proyección para los corredores/directores que participarán a partir del sábado en el Tour de Francia. No sobran los cuentos morales en colectivos de moral olvidadiza. Nada más que añadir, salvo un grito interior sin necesidad de exclamaciones: Viva el ciclismo.

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