Crónicas Mundanas

Relatos de deporte, cine, política y de lo que sea menester

Etiqueta: Casemiro

Un partido para degustar

Asensio, en un momento del partido contra el Valencia.

El partido del Bernabéu compensa por cien malos partidos. Qué divertido si te abstraes de tus colores. Y qué divertido si no consigues abstraerte. El buen fútbol no es aquel que minimiza los errores defensivos, como todavía predican algunos puristas de triste semblante, sino el que hace prevalecer las maniobras ofensivas. La delicia del fútbol es el intercambio de golpes, la ambición compartida, la ausencia de miedo. De todo hubo. Y por si lo anterior no fuera suficiente, un futbolista sobrevoló la gran noche formando un vendaval de helicóptero: Marco Asensio. Los dos goles que marcó son una anécdota en comparación con su influencia en el juego y su liderazgo sobre el equipo. En un verano ha pasado de promesa a estrella mundial. Es normal que Bale se sienta algo aturdido. Han pasado cuatro años y sigue intentando arrancar su moto.

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Silbando al trabajar

Cerezas y tal.

Con intensidad se puede sorprender al Real Madrid. Andone lo demostró al inicio del partido, dos ocasiones. El rumano es un futbolista que conmueve por su hiperactividad. Si fuera soldado tendría el pecho lleno de medallas, condecoraciones por haber tomado una colina protegida por un nido de ametralladoras, cada fin de semana una colina distinta. Hay tipos así: les pides que muerdan y se lo toman al pie de la letra. El problema, siempre existe uno, es que la intensidad es una aceleración que no se sostiene largo rato. El tiempo que al Depor le duró el rugido, el partido tuvo cierta intriga, tampoco excesiva. A los veinte minutos se terminó. La película de suspense dio paso al documental sobre leones.

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Postales desde Honolulu

Recuerdos de Honolulu, donde quiera que esté.

El Real Madrid prosigue la luna de miel. Da igual si sus noches son en Cardiff o Skopje. Cualquier lugar parece Honolulu, suponiendo que allí se sirvan los mejores atardeceres y los más sobresalientes cócteles con sombrilla, que está por ver. El Real Madrid es feliz y hay que pensar que algunos madridistas lo desconocen, no hay más que observar cómo se inquietaron por unos partiditos de pretemporada, exhibiciones para turistas. La felicidad es esto y la desdicha lo otro. No hace falta tocar madera ni gastarse 180 millones de euros. El equipo lo tiene todo, empezando por un entrenador que es el zapato de Cenicienta. El resto fluye.

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Messi, principio y final

El Clásico, durante la segunda parte. O la primera.

El Clásico, durante la segunda parte. O la primera.

 

Primera explicación: Messi. Y la segunda y la tercera. Ser un futbolista extraordinario no significa hacer cosas extraordinarias, cualquiera las hace en según qué momentos. Ser extraordinario es imponer una voluntad sobre once en el campo y ochenta mil en la grada: ganar porque se quiso ganar. Se lo vi a Ronaldo (Nazario) en bastantes ocasiones y se lo hemos visto a Messi en número indeterminado. El valor aumenta si tenemos en cuenta el escenario y se multiplica si recordamos la endeblez del Barça en los primeros minutos, los del penalti a Cristiano. Respecto a esta jugada diré que hay patadas que duelen, pero no derriban, y fue la escenificación de la caída lo que hizo perder crédito a la víctima.

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El Granada puso el jarrón

El Madrid tenía flores y el Granada puso el jarrón.

El Madrid tenía flores y el Granada puso el jarrón.

 

Sol en el Bernabéu, sábado en el mundo y sensación general de día de fiesta. Así es completamente imposible vencer al Real Madrid, o llevarle la contraria. Para soñar con algo semejante (y digo soñar) se necesita una noche tormentosa o neblinosa, profundamente desapacible, que sirva como camuflaje para el asaltante. A continuación, conviene parecer débil sin serlo demasiado, con el objetivo de alcanzar los últimos minutos a la mínima distancia de un gol para el que no tenga respuesta Sergio Ramos o su espíritu. Disimular flojera, en definitiva. Asumo que el plan es incierto y gaseoso, pero cualquier otro está condenado al fracaso.

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Tierno verano de lujurias y Anoetas…

Asensio pellizca la pelota en el segundo gol del Real Madrid.

Asensio pellizca la pelota en el segundo gol del Real Madrid.

 

La Real Sociedad es el adversario al que querría enfrentarse el Real Madrid en todos los partidos de la temporada y San Sebastián la ciudad donde le gustaría hacerlo: rival amable, escasamente fogoso, defensa laxa y marco incomparable. Hablamos de un equipo, la Real, que está por ver ante sus iguales o parecidos, pero que fue insignificante para un aspirante al título, a cualquier título.

Lo mejor que se puede decir del Real Madrid es que no hubo quien echara de menos a los ilustres ausentes (Cristiano, Benzema, Modric). Los meritorios hicieron méritos para dejar de serlo: Morata completó un partido espléndido (mordiente en ataque y defensa) y Marco Asensio no se quedó atrás, golazo incluido. El primer impulso es rendirse a sus pies y el siguiente temer por su vida (léase titularidad). Sin embargo, las especies protegidas a las que Zidane ampara acaban por prosperar y encontrar sitio. No hay mejor ejemplo que Casemiro. Ningún otro entrenador se hubiera sentido autorizado a convertirlo en eje, en detrimento de inversiones estratégicas como James. Claro que ningún otro entrenador se llamaba Zidane.

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Viva el fútbol, aunque mate

Ante la tesitura de empezar por el campeón o por el derrotado, y con los penaltis todavía humeantes, dudo más bien poco: la desgracia que persigue al Atlético es más relevante, como fenómeno de la naturaleza, que la undécima Copa de Europa del Real Madrid. El destino (o quien sea) ha querido que el Atlético sufriera en sus tres finales la aniquilación que más duele hasta alcanzar, al tercer intento, la última frontera del quinto penalti. No la imaginen, porque no cabe mayor tortura.

Mientras el campeón se baña en gloria y honores, me siento en la obligación de no perder de vista al Atleti. Ya no hay duda de que su problema tiene que ver con la suerte. Igualado el hándicap del gol inicial, del talento, del presupuesto y de la inercia de la historia, el Atlético se la jugó en la ruleta rusa de los penaltis y volvió a perder. Alguien no quiere que gane. Y será mejor resolver ese asunto antes de volver a la carga.

Entre las curiosidades de la final quedará que los dos mejores porteros del campeonato, a los que sólo se pudo batir con remates a quemarropa durante el tiempo reglamentario, no pararon ningún lanzamiento en la tanda decisiva. Oblak, concretamente, lo intuyó todo al revés. Para él quedará un desconsuelo especial, el mismo que arderá dentro de Juanfran, que estrelló su tiro al poste y todavía a estas horas pide perdón.

Que Cristiano, desconocido durante todo el partido, consiguiera el gol que vale la Copa también debe significar algo, aunque en estos momentos no consigo adivinarlo. Lo que tengo por seguro es que con los rezos de Keylor habría que editar un catecismo.

Si conseguimos abstraernos de los penaltis (sé que es mucho abstraerse), podemos concluir que partíamos de una premisa falsa: el Real Madrid tiene mejores futbolistas y el Atlético, mejor equipo. La simplificación, como tantas veces, es errónea. El Madrid no cuenta con un equipo peor que el Atlético. Quizá sea más perezoso o más inconstante (tal vez sude menos), pero en ningún caso es inferior. Aceptado eso, las opciones del Atlético se reducían dramáticamente. De todas las posibilidades que ofrecía la final, sólo había una que le favorecía: marcar primero. Como en Lisboa. En ese supuesto, el Atlético podría explotar sus virtudes defensivas y su contragolpe genético, exactamente como en Lisboa, aunque sin los achaques de entonces. Bien, pues marcó el Madrid antes.

Desde ese momento, la final se convirtió en un Everest para el Atlético. Se repuso y dominó el juego, pero le costó muchísimo imaginar el gol del empate. Sin la supremacía aérea de otro tiempo (inferioridad, actualmente), el equipo necesitaba una ayudita del destino. Y la recibió. El golpe de suerte lo recibió Fernando Torres en el tobillo. Sin embargo, cuando más felices se las prometía el Atlético, Griezmann falló el penalti.

Fue volver a bajar, para volver a subir y para precipitarse de nuevo. Carrasco (excelente) empató la contienda y el Madrid, superada la conmoción, resurgió otra vez. Fue así durante 90 minutos y durante la media hora de prórroga. Altibajos en los que siempre emergió el trabajo de Casemiro y Gabi, colosales ambos.

No hay mucho más que decir. Las palabras sobran cuando de lo que se trata es de festejar o de olvidar. Viva el fútbol. Aunque mate.

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