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Cristiano, la roja y la paranoia

Tarjeta roja. Bang. Hágase a un lado que me enfocan a mí.

 

Pensaba comenzar escribiendo que todo transcurría con placidez hasta que el árbitro expulsó a Iago Aspas, pero es mentira. Una población considerable de espectadores, debo suponer que madridistas, se sentían ofendidos por la ferocidad del Celta, como si lo educado hubiera sido una moderada apatía, presión mínima y renuncia a disputar los balones divididos. En vez de valorar la capacidad del Real Madrid para sobreponerse al fervor de su adversario (con cierta facilidad, además), ese número indeterminado de seguidores se concentró en el sospechoso interés del Celta por ganar el partido.

Desnudos en Balaídos

Una pintada en una pared de Vigo. Así jugó el Celta.

Una pintada en una pared de Vigo. Así jugó el Celta.

 

El análisis estará equivocado si decimos que el Real Madrid se quedó a un gol de las semifinales. Le faltó mucho más que eso. En primer lugar, le faltó el fútbol necesario para generar el número oportuno de ocasiones de gol. Al mismo tiempo, careció del fuego y del carácter que exigía la remontada y la pasión del Celta. Por último, y metido en los últimos minutos, no tuvo siquiera el coraje de convertir el fracaso en algo heroico. No hubo agonía suficiente, ni camisetas desgarradas. El Madrid salió de Balaídos con el mismo peinado y la misma cautela con la que entró, como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si la vuelta fuera la ida y remangarse estuviera mal visto.

No es el Apocalipsis; son baches

Zidane o Gary Cooper.

Zidane o Gary Cooper.

 

Imagino a muchos madridistas ateridos de frío y no hay más razones que las meteorológicas. El Real Madrid sigue siendo el mismo equipo de hace una semana, el mismo que mereció puntuar en Sevilla (probablemente ganar) y el mismo que mantiene intacta su candidatura para los grandes torneos en disputa, Liga y Champions. El mismo de la cuarentena sin derrotas. Comprendo que este juego despierta emociones extremas, y entiendo que lo contrario de la alegría ha de ser la pena y la frustración. Sin embargo, no veo razones para profundizar en el chasco. Es más, recomendaría no hacerlo.

En mi opinión, lo peor de perder en Sevilla fueron las críticas a Keylor y el inmediato suspiro por De Gea; el reproche a Benzema por la pérdida de un balón como tantos después de un partido formidable, el avieso cuestionamiento de Zidane. El ventajismo, en definitiva. Ese impulso autodestructivo es una amenaza más seria que los rivales que surgirán por el camino.

El encanto de la juventud

Juventud, divino tesoro.

Morata, el último grito.

El Real Madrid debería celebrar antes que el juego, incluso que las victorias, el ambiente de felicidad que rodea al equipo. Por lo que se ve, no es necesario fichar a una superestrella cada verano. La pacífica sensatez de Zidane también genera ilusión. Su apuesta por los jóvenes conecta con la grada y sirve para purificar el aire, para limpiarlo de divinidad. La entusiasta reacción de los aficionados no es nueva. Es curioso cómo prevalecen los valores que algunos se empeñan en negar. Siempre existió debilidad por los chavales, mejor si son canteranos y preferiblemente si se trata de españoles, pero sin excluir a los que, como Casemiro, representaban las divisas del club, el coraje y la humildad.

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