Crónicas Mundanas

Relatos de deporte, cine, política y de lo que sea menester

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Coentrao, ese hombre

Jerry Lewis, homenajeado en el José Alvalade.

Jerry Lewis, homenajeado en el José Alvalade.

 

Como de cada partido hay que destacar el hecho más prodigioso (o el más aproximado), esta crónica tiene la obligación de comenzar por Fabio Coentrao. Guille Uzquiano, fino analista y compañero en Movistar +, escribió en Twitter que “es uno de los jugadores más misteriosos del Real Madrid en los últimos veinte años”. Estando de acuerdo con el misterio, disiento del arco temporal. No creo que haya habido nunca un futbolista más inexplicable, porque de haber existido habría alguna reseña en los libros de historia. En ningún lugar se da noticia de un jugador con semejante habilidad para desaparecer, o para romper cosas, o para jugar finales y hacerlo razonablemente bien. En el caso de Coentrao, nada encaja con lo anterior. Ni siquiera nuestra desafección. Para mi sorpresa, cada vez tengo en mayor estima a este tipo indescifrable capaz de cometer un penalti con el brazo que reclama la mano de un rival. Esa acción no es una torpeza, sino un gag de Jerry Lewis. Al mismo tiempo, será el estímulo que encontrará para cerrarnos la boca en la próxima final. Así es la vida, mis jóvenes amigos. Con los años te gusta más lo que no terminas de entender.

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Polonia en el Bernabéu

Josefa Cotillo Martínez, polaca de Lavapiés.

Josefa Cotillo Martínez, polaca de Lavapiés.

 

Polonia, para aquellos que sabemos poco de Polonia, es un país maltratado por la historia, ubicado en el peor lugar durante los peores momentos, renacido con la lucha que abanderó Walesa y que promocionó durante el Mundial 82 una pancarta que rezaba (nunca mejor dicho) “Solidarnosc”. Polonia, para quienes sabemos poco, es una evocación eminentemente positiva (la zurda de Boniek y el cine de Polanski), aunque la única polaca que hemos conocido (“La Polaca”) fuera una bailaora nacida en Lavapiés.

Que los ultras del Legia se cuenten entre los más violentos de Europa llama mucho la atención a quienes sabemos poco de Polonia. Tal vez pensábamos, sin meditarlo mucho, que por allí los jóvenes andarían tocando el violín y que podríamos recibir al Legia y a sus aficionados con los brazos abiertos, simpáticos violinistas rubios con novias bailaoras de flamenco. Pues no. Los hinchas del Legia muerden y, como sucede con los perros, no conviene preguntarles por qué lo hacen. Lo único cierto es que el equipo de fútbol lleva en el pecho una gran letra L porque todavía está en prácticas.

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Juanfran no es el único que sufre (reflexiones post-Champions)

Johnny Metgod o los tiempos en los que estaba todo claro.

Johnny Metgod (primero por la izquierda, de pie) o los tiempos en los que estaba todo claro.

Cada vez que alguien me pregunta en las redes sociales de qué equipo soy intento escurrir el bulto. Agradezco el interés, pero no lo considero un asunto relevante. Si lo dijera, y peor aún si lo pregonara, condicionaría la visión de quienes leen lo que escribo y sospecho que ya no me libraría de su prejuicio. Todo va razonablemente bien mientras haya lectores que duden de mi filiación y no falten los que me acusen de ser lo que nunca he sido.

Esta primera reflexión se conecta con otra que me tiene medio inquieto desde la final de la Champions. Aunque para proseguir la explicación debo descubrirme y admitir que soy madridista. Lo soy del mismo modo que me considero católico, sin poder de elección y con sentido crítico, pero sin pretensión de borrarme.

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La final que podría ser (resoplen)

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Recién comenzado el partido (y digo recién), el desarrollo del juego se ajusta milimétricamente al plan de cada entrenador. En el caso de Simeone, los últimos entrenamientos han servido para repasar los apuntes del curso, de los últimos cinco. La transcripción no es literal, sólo espiritual: “Esperamos a que vengan. La presión la marca Gabi, pero sin volvernos locos, ya saben, no jodan. Y cuando ellos tomen aire, les volvemos a apretar el cuello. Robamos, salimos volando y regresamos con la misma velocidad. Que se desarmen ellos, que piensen ellos; nosotros ya lo tenemos todo pensado. Y cojones, claro”.

Zidane, algo huidizo en los últimos días, ha esperado hasta la víspera para comunicar a los futbolistas su idea. La reproducción es leal, pero no fiel: “Se esperan que dominemos y que tomemos la responsabilidad del juego. Si lo hiciéramos el Atlético se sentiría muy cómodo, agazapado a la contra. Bien, pues les cambiaremos el paso. Les entregaremos el balón. Que lo jueguen, que pasen, que se preocupen ellos de nuestro contraataque. Les recordaremos que nosotros vamos ganando; diez a cero si hablamos de Copas de Europa. Y pelotas, claro”.

Al cumplirse los primeros treinta segundos, el balón sólo ha avanzado medio metro, impulsado con cierta desgana por Griezmann a la orden del pitido inicial. Transcurrido un minuto, el reluciente Adidas Finale Milano sigue exactamente en el mismo sitio. El Real Madrid bascula en su campo y el Atlético aguarda en el suyo, atentísimo a los ajustes.

Al cuarto de hora estamos en condiciones de sacar las primeras conclusiones: el juego no es lucido (no es), pero la limpieza es digna de mención. Ni faltas, ni protestas. La pulcritud, aunque encomiable, no tranquiliza al árbitro. Tampoco el público parece muy relajado, especialmente el sector madridista mayor de cuarenta años (los otros todavía mensajean a través del móvil: “partidaz0”, “espectáculo”, emoticonos…). Entre los hinchas atléticos, calma general. Las decisiones del Cholo se cuestionan poco o se justifican fervorosamente: no es mal resultado, se la va a jugar en los últimos cinco minutos y, además, así nos aseguramos que el árbitro no nos va a perjudicar; está bien pensado.

Una parte de la grada, por pura broma, comienza a soplar en dirección al balón, incluso los que ya han soplado mucho. A falta de otro entretenimiento, le contesta la parte contraria. Qué tontería, dicen los escépticos. Qué barbaridad, suspiran los expertos eólicos. Sin embargo, diez minutos después el balón se inclina dos grados y se acomoda en la estrella de su mejilla derecha.

El hecho es tan sobresaliente que se repite en los videomarcadores. Observado el prodigio, la reacción de la gente es la esperada: sopla más fuerte. Al poco, el contagio es colectivo. Sopla el árbitro, por hacer algo, soplan los entrenadores por no ser menos y soplan los futbolistas; los del Atlético sin descuidar las marcas.

Hasta que ocurre lo inesperado. De repente, en mitad de la tempestad de bufidos, sopla el viento y marca gol. No diré en qué portería. Y no es por falta de voluntad. Es porque no soy adivino.

Liga devaluada (con perdón)

Seamos honestos, el título de Liga está devaluado. Lo está cuando lo ganan Barcelona o Real Madrid, lo que viene a ser casi siempre, y las excepciones, tres en este siglo, sirven para confirmar la regla. Para comprobar que el título está devaluado (sobrevalorado, si lo prefieren) es suficiente con observar la celebración, cada vez más impostada, de las respectivas aficiones, dócilmente coreografiadas por los clubes. Nada extraño, por otra parte. Cualquier cosa que se gane 32 o 24 veces deja de ser, forzosamente, extraordinaria.

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Guardiola, éxito o fracaso

La pasada semana, después de la eliminación del Bayern ante el Atlético, Santiago Segurola publicó en Marca un interesante artículo que titulaba: “Guardiola y las antípodas del fracaso”. El título ya resulta bastante descriptivo y la argumentación, del máximo interés (quiero insistir), sigue la misma línea, impecable en el desarrollo y discutible en el juicio final. Como mi osadía sólo es comparable a mi ignorancia, me permití el lujo de disentir y así lo hice público en Twitter, por hablar de algo. Ni qué decir tiene que me encontré con adhesiones inquebrantables y con críticas clorhídricas, casi en la misma medida. También hubo quien me pidió (uno, creo) un razonamiento más extenso que la simple disensión y aquí voy a exponerlo.

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El Real Madrid se cita en Milán con un rival de verdad

Los tópicos sobre los clubes de fútbol deberían ser mentira, pero son verdad. En cada club hay una esencia que permanece, independiente de los años y de las generaciones, al margen, incluso, de la tesorería. Desde hace más de medio siglo, la esencia del Real Madrid es la Copa de Europa. Puede ganarla en las condiciones más adversas, cuando no se le espera o cuando se esperaba a otros. Sólo así se puede explicar que vaya a pelear por su undécimo título en una temporada que nació triste y torcida. Poco ha importado. Ni cambiar de entrenador media docena de veces hubiera sido relevante. Casi nada afecta al Madrid cuando disputa su torneo, el único por el que merece la pena trepar por la Cibeles.

Al City es obvio que el dinero le ha sentado mal. El club ha perdido el contacto con la tierra y el equipo lo acusa dramáticamente, hasta el punto de que a los jugadores les costaría distinguir el escudo de la marca comercial. No hay pizca de pasión en el City, ni siquiera afloró en los últimos minutos del partido más importante de su historia, como si les divirtiera más mirar la final que se avecina que jugarla.

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Periscope (fabulado) de Simeone antes de la batalla

 

Es fácil imaginar a Simeone, fina aleación de Bilardo y Luis Aragonés, en las horas previas al partido: su mirada, los paseos nerviosos alrededor del hotel, los ánimos personalizados al encuentro nada fortuito con cada jugador, no importa dónde, en el hall, en el ascensor o en un pasillo: “Antuán, vos te lo comés, ese Alaba es un queso”; “Saulito, aprovechá, porque esos pibes se piensan que eres Beckenbauer, no les quités la razón”; “Godín, tú ya lo sabés, al polaquito ni las buenas tardes”.

Parecido será lo del Mono Burgos, aunque de menos palabras y más cachetadas: en el pecho, en la espalda, en el hombro o, llegado el caso, en los genitales, para recordar a los muchachos que los tienen y habrá enemigos que se los querrán tocar esta noche. Y no se quedará atrás el Profe Ortega, corrigiendo a cada futbolista la postura al caminar o al comer, sugiriendo estiramientos, recomendando siestas, ahorren energía, ustedes corren más, han trabajado mejor y los tienen más grandes (los tendones, se entiende).

La charla final los congregará a todos en una sala de reuniones, con el Cholo de conferenciante, los gestos más altos que la voz: “Yo les invito a que salgan y los miren. A los alemanes, digo. Están cagados. Miren al recepcionista, al chico de las maletas o al camarero que les ha servido el arroz. Les sonríen porque están cagados y tienen bronca. No se explican cómo les podemos sacar ventaja si sólo tenemos dos rubios y son de peluquería…”.

“Dicen que nos hacemos futbolistas para jugar estos partidos, pero yo digo que la concha de su madre: nos hacemos futbolistas para ganarlos… Ellos juegan en casa y empujarán. Nada nuevo. Ustedes saben lo que tienen hacer y saben que funciona. Y no se olviden de la gente que está ahí fuera, de los nuestros. Ellos tiene una venganza pendiente y nos han pasado el encargo… Adelante, pibes y cómanse el mundo”.

Así lo imagino yo, llegados estos partidos a vida o muerte. Un discurso conmovedor, una arenga como la de Pacino en Un día cualquiera, un torrente de emociones, una actuación en carne viva. Eso imagino yo, pero podría estar equivocado. Del Bosque, antes de la final del Mundial, sólo quiso recalcar a sus jugadores (y cito de memoria) que no defendían el honor de un país, que simplemente eran futbolistas y que tuvieran presente que había muchos niños mirando. Más palmadas que frases. Quizá las cosas sean de ese modo. Los protagonistas siempre repiten que en partidos semejantes no hace falta decir nada. Cada uno es como es. Yo, si estuviera por allí, me limitaría a decirlo a todo.

Bale salva otro escollo

Después de acumular ocasiones durante los primeros minutos del partido, el Real Madrid sintió que la victoria era cuestión de tiempo. Transcurridos 80 minutos, el Real Madrid comprendió que el triunfo era cuestión de gol. Lo celebró Bale, pero lo cierto es que lo marcó Isaac Newton.

Ganar donde no lo consiguió el Barcelona y hacerlo emparedado entre una semifinal de Champions es una conquista de indudable mérito, pero la sensación es que el Real Madrid tardó demasiado en firmar lo que estaba escrito. La disculpa está servida y toca admitirla: cinco jugadores nuevos con respecto al último partido en Manchester, incluido Borja Mayoral, todavía de Erasmus.

Añadan la montaña rusa emocional que traslada a los madridistas de la Liga a Europa, con la misma presión pero con diferentes atmósferas. Únicamente el tiempo de San Sebastián es más cambiante: sólo faltó la espuma activa para jugar dentro de un lavado automático. Chorros desincrustadores, agua vaporizada, ozono abrillantador y sol para secar la colada.

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Sorteo Champions: el Real Madrid y los vengadores

bombo

El fútbol, ciencia inexacta y caprichosa, suele favorecer el ajuste de cuentas y hasta diría que le gusta ajustarlas. Sobran los ejemplos. El avión del United se estrelló en 1958 y el club, reconstruido por Matt Busby y liderado en el campo por Bobby Charlton (dos supervivientes), ganó la Copa de Europa diez años después. Algo similar ocurrió con la selección de Zambia. En el accidente aéreo de 1993 murió un equipo prometedor que estaba a punto de clasificarse para el Mundial de Estados Unidos. Diecinueve años después, y muy cerca de donde se estrelló el avión, Zambia se proclamó campeona de la Copa de África.

Hay más casos, cientos. La selección de Brasil se repuso de la crueldad del Maracanazo (1950) ganando cinco títulos mundiales; para ello sólo tuvo que cambiar el color de la camiseta (del blanco al amarillo) y dejar que el fútbol hiciera el reajuste correspondiente. El Depor, el ejemplo más cercano, debió esperar cuatro años para ganar la Liga y cicatrizar el penalti de Djukic (1994).

Si cuento todo esto es porque tengo la esperanza de que el sorteo de hoy nos sirva alguna gloriosa revancha. Para el Atlético, uno de los equipos que todavía espera que el fútbol pague sus deudas, se juntan en el bombo los dos rivales que corregirían su historia: Real Madrid y Bayern. Contra ellos fue vencido en la Copa de Europa, minutos 93’ y 120’. Ganar el título doblegando sucesivamente a ambos sería una restitución con intereses millonarios, la reescritura de su historia. Aunque tampoco conviene abusar.

Para el Madrid no hay revanchas. Al contrario, le amenazan los vengadores. Pellegrini, despreciado por Florentino, entrena al City; en el Bayern (léase Guardiola) todavía el escuece el 0-4 de hace dos años. Y qué decir del Atlético. La única duda es si el fútbol, esa ciencia caprichosa e inexacta, habrá elegido esta primavera apara ajustar cuentas o para seguir honrando al Madrid, el equipo que no se ha cambiado nunca la camiseta blanca.

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