Crónicas Mundanas

Relatos de deporte, cine, política y de lo que sea menester

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El Madrid, contra el espejo y contra las matemáticas

Narciso, gran jugador.

Narciso, gran jugador.

 

Son matemáticas, o lo más parecido que se me ocurre. Cualquier entrenador que incluya a tres delanteros de vocación y talento absolutamente ofensivos, compromete su esquema. El único modo de equilibrar un planteamiento semejante es con tres centrocampistas puros y competentes, tres tipos adiestrados en el corte y en la confección. La otra opción es convencer a los famosos delanteros para que se impliquen en tareas defensivas, cosa que sólo harán en partidos especiales, contra rivales de tronío o después de rachas penosas. Nada estimula tanto a un futbolista como la venganza.

Como sus señorías saben poco de historia, el Athletic no proporcionó la inspiración suficiente. El resultado es que los delanteros no bajaron, más preocupados en sus números que en leer el partido, ya saben que los jóvenes cada vez leen menos, o nada. En el mediocampo, entretanto, Kroos era el único experto en el puesto, más por origen que por crianza; es de conocimiento público que el alemán comenzó como mediapunta. A su lado se encontraban futbolistas que se han reciclado peor, como Kovacic e Isco. No tengo duda de que le pusieron la mejor voluntad y, en bastantes ocasiones, notable acierto. Sin embargo, ninguno tiene interiorizadas las exigencias del puesto, la ocupación del campo o el sentido del ritmo.

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Polonia en el Bernabéu

Josefa Cotillo Martínez, polaca de Lavapiés.

Josefa Cotillo Martínez, polaca de Lavapiés.

 

Polonia, para aquellos que sabemos poco de Polonia, es un país maltratado por la historia, ubicado en el peor lugar durante los peores momentos, renacido con la lucha que abanderó Walesa y que promocionó durante el Mundial 82 una pancarta que rezaba (nunca mejor dicho) “Solidarnosc”. Polonia, para quienes sabemos poco, es una evocación eminentemente positiva (la zurda de Boniek y el cine de Polanski), aunque la única polaca que hemos conocido (“La Polaca”) fuera una bailaora nacida en Lavapiés.

Que los ultras del Legia se cuenten entre los más violentos de Europa llama mucho la atención a quienes sabemos poco de Polonia. Tal vez pensábamos, sin meditarlo mucho, que por allí los jóvenes andarían tocando el violín y que podríamos recibir al Legia y a sus aficionados con los brazos abiertos, simpáticos violinistas rubios con novias bailaoras de flamenco. Pues no. Los hinchas del Legia muerden y, como sucede con los perros, no conviene preguntarles por qué lo hacen. Lo único cierto es que el equipo de fútbol lleva en el pecho una gran letra L porque todavía está en prácticas.

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Destino, el jugador número 12

Un célebre madridista festeja el gol de Morata.

Un célebre madridista festeja el gol de Morata.

 

No se conoce club en el mundo al que le sobren más minutos de partido. No hay otro capaz de convertir en común lo extraordinario. Nadie está precedido por una fama tan merecida y no hay estadio donde se genere semejante excitación en los últimos momentos. Los rivales, por bien que lo hagan, conocen su destino trágico. Lo sabía Rui Patricio cuando Cristiano se abrió de jarras antes de golpear el balón, minuto 88. Será gol. Lo sabía todo el Sporting en el último arreón del Real Madrid, minuto 94. Será gol. Y también lo fue.

El fenómeno debería ser estudiado por un competente equipo de parasicólogos y mentalistas. También sería interesante incluir a un sacerdote vaticano en el grupo de expertos porque en esta historia hay mucho de fe que mueve montañas. Es tanta la energía que flota sobre el césped, y tan espesa, que se podría capturar con una polaroid. Lo difícil sería reconocer luego a tantos fantasmas.

El drama sobrevendrá la noche en que el Madrid no consiga remontar, pero ese momento no parece cercano. Quizá ocurra cuando todos los cronistas del mundo se pongan de acuerdo para escribir durante el partido lo que no sucede, pero sucederá. Cuando todos den por hecho la victoria del equipo que pierde, negando lo que ven sus ojos y escupiendo a la cara del destino. Tal vez, en ese caso, el Madrid sólo consiga empatar.

Tierno verano de lujurias y Anoetas…

Asensio pellizca la pelota en el segundo gol del Real Madrid.

Asensio pellizca la pelota en el segundo gol del Real Madrid.

 

La Real Sociedad es el adversario al que querría enfrentarse el Real Madrid en todos los partidos de la temporada y San Sebastián la ciudad donde le gustaría hacerlo: rival amable, escasamente fogoso, defensa laxa y marco incomparable. Hablamos de un equipo, la Real, que está por ver ante sus iguales o parecidos, pero que fue insignificante para un aspirante al título, a cualquier título.

Lo mejor que se puede decir del Real Madrid es que no hubo quien echara de menos a los ilustres ausentes (Cristiano, Benzema, Modric). Los meritorios hicieron méritos para dejar de serlo: Morata completó un partido espléndido (mordiente en ataque y defensa) y Marco Asensio no se quedó atrás, golazo incluido. El primer impulso es rendirse a sus pies y el siguiente temer por su vida (léase titularidad). Sin embargo, las especies protegidas a las que Zidane ampara acaban por prosperar y encontrar sitio. No hay mejor ejemplo que Casemiro. Ningún otro entrenador se hubiera sentido autorizado a convertirlo en eje, en detrimento de inversiones estratégicas como James. Claro que ningún otro entrenador se llamaba Zidane.

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Viva el fútbol, aunque mate

Ante la tesitura de empezar por el campeón o por el derrotado, y con los penaltis todavía humeantes, dudo más bien poco: la desgracia que persigue al Atlético es más relevante, como fenómeno de la naturaleza, que la undécima Copa de Europa del Real Madrid. El destino (o quien sea) ha querido que el Atlético sufriera en sus tres finales la aniquilación que más duele hasta alcanzar, al tercer intento, la última frontera del quinto penalti. No la imaginen, porque no cabe mayor tortura.

Mientras el campeón se baña en gloria y honores, me siento en la obligación de no perder de vista al Atleti. Ya no hay duda de que su problema tiene que ver con la suerte. Igualado el hándicap del gol inicial, del talento, del presupuesto y de la inercia de la historia, el Atlético se la jugó en la ruleta rusa de los penaltis y volvió a perder. Alguien no quiere que gane. Y será mejor resolver ese asunto antes de volver a la carga.

Entre las curiosidades de la final quedará que los dos mejores porteros del campeonato, a los que sólo se pudo batir con remates a quemarropa durante el tiempo reglamentario, no pararon ningún lanzamiento en la tanda decisiva. Oblak, concretamente, lo intuyó todo al revés. Para él quedará un desconsuelo especial, el mismo que arderá dentro de Juanfran, que estrelló su tiro al poste y todavía a estas horas pide perdón.

Que Cristiano, desconocido durante todo el partido, consiguiera el gol que vale la Copa también debe significar algo, aunque en estos momentos no consigo adivinarlo. Lo que tengo por seguro es que con los rezos de Keylor habría que editar un catecismo.

Si conseguimos abstraernos de los penaltis (sé que es mucho abstraerse), podemos concluir que partíamos de una premisa falsa: el Real Madrid tiene mejores futbolistas y el Atlético, mejor equipo. La simplificación, como tantas veces, es errónea. El Madrid no cuenta con un equipo peor que el Atlético. Quizá sea más perezoso o más inconstante (tal vez sude menos), pero en ningún caso es inferior. Aceptado eso, las opciones del Atlético se reducían dramáticamente. De todas las posibilidades que ofrecía la final, sólo había una que le favorecía: marcar primero. Como en Lisboa. En ese supuesto, el Atlético podría explotar sus virtudes defensivas y su contragolpe genético, exactamente como en Lisboa, aunque sin los achaques de entonces. Bien, pues marcó el Madrid antes.

Desde ese momento, la final se convirtió en un Everest para el Atlético. Se repuso y dominó el juego, pero le costó muchísimo imaginar el gol del empate. Sin la supremacía aérea de otro tiempo (inferioridad, actualmente), el equipo necesitaba una ayudita del destino. Y la recibió. El golpe de suerte lo recibió Fernando Torres en el tobillo. Sin embargo, cuando más felices se las prometía el Atlético, Griezmann falló el penalti.

Fue volver a bajar, para volver a subir y para precipitarse de nuevo. Carrasco (excelente) empató la contienda y el Madrid, superada la conmoción, resurgió otra vez. Fue así durante 90 minutos y durante la media hora de prórroga. Altibajos en los que siempre emergió el trabajo de Casemiro y Gabi, colosales ambos.

No hay mucho más que decir. Las palabras sobran cuando de lo que se trata es de festejar o de olvidar. Viva el fútbol. Aunque mate.

Barça, un campeón sin intriga

Una de las cosas que distinguen la edad adulta de la juventud es que, con los años, te conformas con la emoción. Llevado al fútbol (y al amor) sería como darse por satisfecho con un balonazo al poste. Hubiera sido mejor el gol, teóricamente, pero el estallido en el palo da para consolarse durante una vida entera. Estarán de acuerdo conmigo todos los veteranos que todavía salen los jueves por la noche.

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El Real Madrid resistirá hasta el final (como suele)

Debe ser imposible abstraerse de lo que sucede fuera cuando lo de fuera importa. Doy por hecho que los jugadores del Real Madrid escucharon voces durante su partido, voces que se sumaron a las que escuchaba el Valencia y, por supuesto, a las que escuchaba el público. Voces inconexas, en su mayor parte, como las que emite un dial enloquecido. Unas voces hablaban de lo que pasaba en el Camp Nou y otras de los problemas del Atlético, sin que faltaran las que daban noticia del pánico en Getafe o San Sebastián, incluso de la retirada de Valerón; en los corazones grandes caben muchos amores.

Antes se llamaba tarde de transistores y nos entendíamos todos. Ahora son tardes de auriculares o de vibraciones íntimas, depende de dónde se guarde usted el móvil. En esas condiciones se hacía difícil jugar al fútbol y hay que felicitar a los que lo consiguieron. Si Cristiano volvió a brillar en una tarde tan peculiar es porque él está habituado a las voces interiores, esas que le piden más y más, las mismas que le informan de los goles de Luis Suárez, probablemente con una electrocución íntima.

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Bale salva otro escollo

Después de acumular ocasiones durante los primeros minutos del partido, el Real Madrid sintió que la victoria era cuestión de tiempo. Transcurridos 80 minutos, el Real Madrid comprendió que el triunfo era cuestión de gol. Lo celebró Bale, pero lo cierto es que lo marcó Isaac Newton.

Ganar donde no lo consiguió el Barcelona y hacerlo emparedado entre una semifinal de Champions es una conquista de indudable mérito, pero la sensación es que el Real Madrid tardó demasiado en firmar lo que estaba escrito. La disculpa está servida y toca admitirla: cinco jugadores nuevos con respecto al último partido en Manchester, incluido Borja Mayoral, todavía de Erasmus.

Añadan la montaña rusa emocional que traslada a los madridistas de la Liga a Europa, con la misma presión pero con diferentes atmósferas. Únicamente el tiempo de San Sebastián es más cambiante: sólo faltó la espuma activa para jugar dentro de un lavado automático. Chorros desincrustadores, agua vaporizada, ozono abrillantador y sol para secar la colada.

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City-Madrid: no pasó nada, fantasmas al margen

Si esto fuera simplemente el combate de dos equipos en dos asaltos, el Real Madrid saldría ganador. Por fútbol colectivo y por talento individual. El empate en Manchester no debería resultar un problema en el Bernabéu en condiciones normales de temperatura y humedad. En el cálculo no incluyo el regreso de Cristiano o la recuperación de Benzema. Ambos ayudarían en la tarea, no hay duda, pero no son indispensables para que salgan las cuentas.

Sin embargo, esto no es sólo un combate entre dos equipos de fútbol. Hay algo que sobrevuela la eliminatoria, algo que no tiene relación con el juego, ni con el talento, ni con el pesaje objetivo de los contendientes. Ese algo es Pellegrini.

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Zidane y la revolución proletaria

Zidane, el jugador más aristocrático que vieron los siglos, podría hacer historia como entrenador por haber promovido la revolución proletaria en el Real Madrid. Ya nadie pone en duda la titularidad de Casemiro, ni siquiera en Colombia. Bien, pues ya va siendo hora de que Lucas Vázquez merezca la misma confianza. Es una evidencia que el equipo mejora con él sobre el campo. Marcelino puede dar fe. Ahora sólo queda convencer a Bale o hacerle socio de Augusta.

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