Crónicas Mundanas

Relatos de deporte, cine, política y de lo que sea menester

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Isco merece más

Los niños al poder.

Los niños al poder.

 

Isco no defiende, Isco conduce en exceso, Isco no es regular. Los detractores de Isco, a los que ahora se les podrá observar silbando por el paseo marítimo, no tienen mal gusto. Lo que les falta es paciencia. Consideran que Isco no merece el margen de distracción que se permiten otras estrellas del equipo. Y aunque los críticos esgrimen argumentos futbolísticos, en el fondo subyace un menosprecio al jugador español, al que se le buscan con más ahínco los defectos. Que si chupa, que si es lento, que si tal. El último y más irritante son las ambiciones económicas: no tenga usted duda de que Isco querrá mejorar su contrato en la próxima renovación y no se imagina cuánto pide. ¡Intolerable! Tengo entendido que Casillas tenía el mismo vicio…

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Once líneas de distancia

Bares, qué lugares.

Bares, qué lugares.

 

Donde dije caos ahora digo armonía. Hay que ser muy entusiasta o muy tertuliano para participar de ese teatro cada tres o siete días. Mi experiencia es que con los años cambia la mirada y no porque se vea mejor, sino porque se mira de reojo. Ni tan dramático ni tan feliz. En cierta ocasión (en tantas), un tipo abordó a una mujer a la que encontró sola en la barra de un bar: “¿Qué tomas?”. Ella respondió: “Distancia”.

Lo llamamos partido y despista: deberíamos denominarlo fracción. Así nos cuidaríamos de teorizar sobre el cero y el infinito. El Real Madrid no cambia de miércoles a sábado. Es el mismo niño prodigio ante estímulos diferentes. Antes de seguir exprimiendo cada nota en el cuaderno deberíamos optar por el mismo combinado que la guapa del bar: distancia.

Haiku entre leones

El león de la Metro antes de interpretar uno de sus temas principales.

El león de la Metro antes de interpretar uno de sus temas principales.

 

Es igual que en el tenis. O muy parecido. Al Real Madrid se le gana por dos puntos de diferencia o no se le gana. Digamos que nunca se queda a un gol de la proeza, lo marca. Y no fallo en el cálculo. La proeza, en este caso, era empatar contra Las Palmas; la victoria era un milagro.

Ya lo hemos comentado otras veces: en ese último arreón está la definición de un carácter. El tamaño del desafío gradúa el interés. El campeón no se dormirá contra los monstruos pero bostezará con los demás. Sucede igual con esos enormes felinos que entre la ingesta de un antílope y la deglución de un búfalo acuático dejan que las moscas se posen en su hocico. Ellos también hubieran empatado en los últimos minutos. Estoy por asegurarlo, aunque no pienso preguntárselo.

Cars and girls

Sophia Loren y su amiga Mercedes.

Sophia Loren y su amiga Mercedes.

 

Salir con una mujer guapa o altamente atractiva exige ciertas aceptaciones y quien no esté dispuesto a asumirlas debería rebajar sus aspiraciones estéticas o conformarse con el calendario Pirelli. Tengo por seguro que con los hombres guapos o altamente atractivos ocurre lo mismo, pero en este caso hablo de oídas. Si arranco de modo tan machista y superficial (todos sabemos que la belleza reside en el interior y que debemos ser calificados por nuestros valores y no por nuestro género) es para establecer una analogía, que ya estoy intuyendo fallida, entre una relación personal y una vinculación deportiva.

Me dejaré de preámbulos. Quienes son del Real Madrid no pueden quejarse de que el equipo tome las curvas demasiado rápido. Hay quienes desearían travesías más tranquilas y para ellos están pensados los barcos de Costa Cruceros. Pero pretender que un equipo diseñado como un bólido se comporte como un coche familiar es una contradicción insalvable. El Real Madrid nunca probaría el acelerador si no fuera por situaciones como la vivida en Villarreal: 2-0 y baño con espuma. Es entonces, y sólo entonces, cuando el equipo puede exprimir la potencia del motor, la ligereza de la estructura y la aerodinámica de los alerones.

Lo que pretendo señalar es que no caben reproches. Si el Madrid tuviera un carácter más tranquilo vestiría de gris. De la misma manera, a quien moleste el garbo de las guapas y la proliferación a su alrededor de aves falconiformes, debe optar de inmediato por la reconfortante belleza interior. Otra cuestión es si deberían jugar de inicio Isco y Morata, pero ese es un debate absolutamente menor.

Comanchería: lejano y olvidado Oeste

Gran película, aunque no exactamente un thriller.

Gran película, aunque no exactamente un thriller, si Le Figaro me lo permite.

 

El Oeste o lo que queda. Comanches o los que quedan. Vaqueros con vacas y forajidos con hipoteca. Y, por supuesto, un sheriff con su ayudante. Comanchería es western, road movie y retrato de la América pobre y decadente que se quedó por el camino. Amargura, ironía y un mínimo punto de optimismo, concretamente un punto final. Dentro de ese estuche cabe una persecución que agita, una amistad que conmueve y un peculiar sentido de la familia que no considera el vínculo de sangre como un concepto metafórico. Cabe mucho, como se ve. Añadamos la fabulosa interpretación de Jeff Bridges (nominado a mejor actor de reparto), de obligado disfrute en versión original, y el glorioso descubrimiento de Chris Pine adulto y con bigote, por no mencionar a su psicótico hermano Ben Foster. No parece que haya grandes concentraciones de esperanza en el aire de Nuevo México, pero bajo la tierra todavía se puede encontrar algo de petróleo.

Hell or High Water (expresión que podríamos traducir como “pase lo que pase”,  “caiga quien caiga” o “contra viento y marea”) fue titulada en España como Comanchería, en libérrima interpretación del nombre original que recibió numerosas críticas. Sin embargo, el filólogo de la productora acertó de pleno. En el título está casi todo y en la película se descubre el resto. Comanchería no es sólo el territorio que ocuparon los comanches, extendido desde Nuevo México al norte y al este. Comanche significa “enemigo de todos” y es un indio (Gil Birmingham, de origen comanche) quien pone el contrapunto perfecto para el delicioso sarcasmo del sheriff Bridges.

Es justo que la Comanchería de David Mckenzie esté incluida entre las nueve candidatas a mejor película del año. Días después de ser vista todavía hay desierto bajo los zapatos de los espectadores y nube gris sobre sus cabezas. También un mínimo punto de optimismo.

Moonlight, cartas marcadas

Aclamación general. Las razones son otra cosa.

Aclamación general. Las razones son otra cuestión.

 

Me siento algo raro, la verdad. La razón es que no me ha gustado la aclamada Moonlight, candidata a ocho Oscar, entre ellos el de Mejor Película. No me atrae este relato, o no lo suficiente, o no todo el tiempo. Tampoco me atrapa el ritmo. Se me hace larga. Me interesa más la presentación que el desarrollo. En mi opinión, el interés y la magia decaen cumplido el primer tercio, precisamente cuando desaparece el personaje interpretado por Mahershala Ali, bien conocido y admirado por los seguidores de House of Cards. No me quito de la cabeza que la historia estaba en ese acto inicial y quiero pensar que el director Clint Eastwood coincidiría conmigo: de la relación del tipo duro con el niño roto se desprende un intenso aroma a Gran Torino. Abandonada esa posibilidad, o tomado otro camino, mucho de lo que se muestra ya nos lo enseñó Brokeback Mountain.

Tengo la impresión de que Moonlight juega con algunas cartas marcadas. Intentaré explicarme. Al tratar en mayor o menor medida el acoso infantil, el mundo de las drogas y la homosexualidad perseguida, la película parte con varias medallas aun antes de empezar la carrera. Quien no valore la película corre el riesgo de ser confundido con alguien que no considera relevantes el acoso infantil o la homosexualidad perseguida. Algo similar sucedió con Brokeback Mountain. Si añadimos el componente racial, una producción negra con reparto negro, podemos comprender mejor el elogio unánime del Hollywood racista que niega serlo. Tengo la impresión de que Fences y Figuras Ocultas están en situación parecida: un año después, y como respuesta a las denuncias por discriminación racial, el establishment incluye tres películas negras entre las triunfadoras de la temporada. Me parece una lástima, aunque tal vez sea una esperanza.

Cuatro minutos cuatro

Modesta idea para alargar los partidos.

Modesta idea para alargar los partidos.

 

El Valencia ganó el partido en ocho minutos, el mismo tiempo que empleó el Real Madrid en perderlo. Ya estoy mintiendo. El Valencia ganó el partido en cuatro minutos, cuatro, el mismo tiempo que empleó el Real Madrid en perderlo. Fue en el tramo del 4’ al 8’ cuando se decidió el combate. Los cientos de puñetazos que se repartieron después provocaron magulladuras, ahogos y calambres, pero alteraron mínimamente el marcador. No fue, por tanto, un mal inicio lo que condenó al equipo de Zidane. Fue un huracán repentino, la violenta corriente que se forma entre dos puertas abiertas. No le encuentro más sentido. Tampoco lo tuvo el gol de Zaza, consecuencia, asómbrense, de un mal control. Recibió en el área, se le fue la pelota, y antes de que le llamáramos “paquete”, se giró para chutar a la escuadra de nuestra boca.

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Fences: Denzel vs Washington

Denzel contra Viola. Campeón y spárring.

Denzel contra Viola. Campeón y spárring.

 

No miente el cartel de Fences: presenta la película como un combate de boxeo, Denzel contra Viola. El duelo interpretativo es el reclamo principal y desde ese punto de vista no defrauda, muy al contrario. Hasta diría que el visionado se puede canjear por créditos en la Escuela de Cristina Rota. Sin embargo, cuando coinciden en escena tan grandes actores siempre se corre el mismo riesgo: que la trama esté al servicio de los intérpretes y no al revés. Tal cosa genera una espesura dramática que se resulta gloriosa por momentos y pesadísima el resto del tiempo, y no es poco el tiempo del que hablo (139 minutos).

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Los finales con beso

Cary Grant y Grace Kelly. Ciglogénesis de belleza.

Cary Grant y Grace Kelly. Ciglogénesis de belleza.

 

No deja de sorprender la inclinación histórica del Real Madrid hacia los finales felices, en las grandes o en las pequeñas producciones. Siempre se inventa una historia y la termina con beso. Pienso en los goles sobre la bocina, en la colección de Champions y en los gloriosos regresos. Bale, sin ir más lejos. Volvió después de 88 días lesionado y el destino, o quien quiera que mande, no se conformó con un plácido retorno. Además, le concedió un gol.

En ocasiones, tengo la sensación de que la energía que genera el Real Madrid para cumplir sus propósitos es tan poderosa que arrastra a sus adversarios, que terminan por nadar a favor de la corriente y en dirección a la catarata. Es un hecho que las inercias destructivas nos atrapan con la misma facilidad que las otras, y no tenemos más que pensar en Trump, en el Brexit o en Eurovisión.

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Historia de Sergio León

Piña del Real Madrid después de uno de los goles, el que gusten.

Piña del Real Madrid después de uno de los goles, el que gusten.

 

Cada partido señala a un protagonista que suele jugar en el equipo ganador. Es lo frecuente y así se podría describir lo ocurrido en Pamplona, del ingenio de Benzema al talento de Isco, adornado el texto con las fotos de alguno de los goleadores, o quizá con la piña del equipo, y es curioso esto de la piña, porque nunca he sabido si la piña es piñonera o de la marca Del Monte, tan apretada me resulta una como otra.

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