Edward Hopper.

Edward Hopper y sus pinturas inquietantes.

 

Para Álvaro, Leire & el pequeño Ignacio,

 con aprecio.

 

 “No confíes tu secreto ni al más íntimo amigo;

no podrías pedirle discreción si tú mismo no la has tenido”.

Ludwig van Beethoven.

 

Por Diego Alonso

Apenas había dormido bien desde la mañana en que se lo habían comunicado, como mes y medio o dos meses atrás. Cada noche, a la hora de acostarse, cuando sentía el jadeo entrecortado de ella crujiendo bajo las sábanas, se sumía en una vigilia de ojos abiertos y boca reseca que lo mantenía sobre el edredón sin conciliar el sueño, como un sonámbulo, hasta las primeras luces del amanecer. El corazón le golpeaba con fuerza y de las sienes le brotaban pequeñas gotas de sudor. Los tres dedos de whisky nunca resultaban suficientes. Y no podía echar mano de los tranquilizantes, pues, cada vez que la idea se le pasaba por la cabeza, una trémula voz interior, pequeña y débil como el timbre de una campanilla, le susurraba al oído que aquello era demasiado peligroso.

Se preguntó si albergaba alguna sospecha. No lo parecía, desde luego, pues seguía comportándose igual que siempre. El mismo tono de voz, la misma mirada cariñosa, las mismas caricias.  Sin embargo, él sí se notaba a sí mismo diferente, cambiado. Ahora se precipitaba mucho al tomar las decisiones, se irritaba con frecuencia, perdía el control de los nervios. Ella permanecía inalterable, monolítica, impasible. ¿Intuiría algo?