Henri Pelissier confesó a Albert Londres cómo era el dopaje en los años 20.

 

Los ciclistas se siguen dopando porque no creen que estén haciendo nada malo. Estoy convencido de que por su mente no pasa el hecho de estar jugando sucio, o delinquiendo, o poniendo en riesgo su deporte. Es más, apuesto a que ni siquiera piensan que se estén dopando. Para ellos, doping, esa palabra, es una simpleza, una antigualla a la que recurren los periodistas inquisitoriales, los científicos de bata blanca y los burócratas de la WADA. Los que no saben nada. Los que no se han montado jamás una bicicleta, los que no han mirado su rostro en un espejo y, después de tres semanas, han pasado la mano por el perfil de su calavera.