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El Tour del ausente presente

Que viene, que viene.

Dense prisa, porque el año que viene correrá Tom Dumoulin. Ese debería ser el consejo para todos los candidatos al Tour que está a punto de comenzar. Caballeros, en la próxima edición todos ustedes bajarán un puesto. La proyección, creo que poco discutible, compromete especialmente a los favoritos de primer rango, Chris Froome y Nairo Quintana. Pero tampoco resulta estimulante para la segunda línea de aspirantes, al podio o a la gloria, de Porte a Contador.

Amarillo reventón

Tour: cuando el amarillo no es gafe.

Tour: cuando el amarillo no es gafe.

 

No hay color. O sólo hay uno: amarillo. Pocos Tours tan plácidos para un vencedor como el tercero que ganará Froome. Sin ataques y sin amenazas, salvo que quien tira los dados me quiera llevar la contraria en los dos próximos días. Y sin Contador, al que se echa de menos. Nadie podrá negarle estos últimos años su papel de fiel oposición, su obstinada resistencia. Esa baza la ganó gratis Froome cuando quien tira los dados decidió tirar también a Alberto.

Que el líder se impusiera a Tom Dumoulin en la cronoescalada tiene algo de simbólico: hay relevo, aunque todavía falta un verano, dos a lo sumo. A Indurain le cuesta admitir el parecido del holandés con su yo ciclista, pero la evidencia no se puede negar: planta de galán, estupendo contrarrelojista, notable escalador y corazón de tres semanas. Sólo queda hacer inventario del mobiliario de su cabeza.

El futuro nos distrae del presente y evita nuevos lamentos. No crean que el recorrido de esta edición estaba pensado para Froome. Si algo caracteriza a los campeones es que hacen suyos los trazados que parecían para otros, igual que los golfistas ilustres firman los campos donde retoza la ancianidad pudiente.

Cierto es que en el pasado las cronoescaladas eran jornadas de vértigo. La primera se disputó en 1958 en el Mont Ventoux, con victoria de Charly Gaul sobre Bahamontes por 31 segundos. Años después se suspendieron para no perjudicar a Anquetil y tiempo más tarde, tras haberse recuperado, se volvieron a suspender para no favorecer a Merckx.

Dieciocho cronoescaladas desde el Ventoux hasta ahora (sobre un total de 207 cronos) son escaso consuelo para los que miramos de reojo a esta diabólica especialidad inaugurada en 1934 (¡90 kilómetros!) y que glorifica el esfuerzo sociópata. Mejor la compañía, incluso la multitudinaria. Con organización, naturalmente.

 

Tour de Francia: lo que no se ve por televisión

Majka, de paso por mi curva.

Majka, de paso por mi curva.

La perspectiva lo es todo. Analizar una etapa del Tour que ha sido vista por televisión propicia una crítica de laboratorio, formulada con los datos al completo, pero carente de calor. O de frío. O de humedad. Es difícil mojarse cuando no te moja la lluvia. Resulta del máximo interés cambiar el paso de vez en cuando y escalar (reptar) por las rampas que subirán luego los ciclistas. Lo siguiente es hacerse un lugar entre el público y esperar a que lleguen los corredores. Si no lo han probado se lo recomiendo vivamente.

Horas antes de la aparición de la caravana, los puertos se liberan de coches y se pueblan de un amplio espectro de ciclistas aficionados, del semiprofesional al globero avanzado. Como las cunetas ya están repletas de gente, la experiencia lo incluye todo, a excepción, en mi caso, de las piernas adecuadas. Mi segundo error fue vestirme con un maillot retro de campeón de Bélgica (precioso, lanoso y antitranspirante). No hagan semejante cosa (en verano) salvo que quieran ser jaleados en francés y en flamenco.

La curva en la que me aposenté era un muestrario de los diversos tipos humanos (también marcianos) que se pueden encontrar en una montaña del Tour. Había un grupo de neozelandesas disfrazadas de avispa (seguidoras de George Bennett), un cuarteto de culés, un terceto de japoneses, una estadounidense henchida de éxtasis patriótico y una amable familia de Ávila que me prestó un imperdible. Así es. Concentrado en cuanto me rodeaba no me percaté de que mi coulotte se había rajado desde el muslo a la cintura. A continuación, y animado por el patriarca abulense, solicité a las neozelandesas que me hicieran un remiendo con la cinta americana que habían empleado para colgar una pancarta en apoyo de Bennett. Se han rodado películas para adultos con menos argumento.

Japón, en mi curva.

Japón, en mi curva.

A diferencia de otros tramos, equipados con holandeses de última generación y televisiones de plasma, en mi curva sólo había noticias dispersas de lo que sucedía en la carrera. Una fuga por delante. Retirada de Contador. Sky a los mandos. En eso comenzó a llover y alguien pronunció la frase fatídica: es una nube pasajera.

Observar como toda aquella gente se refugió donde pudo sin una mala cara describe mejor que cualquier otra explicación lo que significa el ciclismo. El esfuerzo del corredor sólo es comparable al del aficionado que emplea un sinfín de horas de viaje y de espera para asistir al paso siempre fugaz de los corredores. Sería demasiada generosidad si no fuera porque se disfruta todo: el preparativo, el desplazamiento, el bocadillo y hasta el chaparrón.

A la mayoría de aquellos aficionados les trajo sin cuidado el ganador de la etapa, o no les importó en exceso. La suya no es una pasión por las clasificaciones, sino por la esencia del deporte. Yo, más prosaico, me metí en un bar atiborrado de ciclistas prosaicos a ver el final de la carrera. La concurrencia rompió a aplaudir cuando Tom Dumoulin cruzó la línea de meta y repitió ovación cuando lo hicieron los favoritos. Debo decir que resultó emocionante.

Mientras bajaba hacia Ordino pensé en Froome, más terrenal que otros años, e inmediatamente eché en falta a Contador. Hasta que, en mitad del diluvio, me sorprendió un nuevo accidente textil. La otra pernera del coulottte también se rajó y me vi en pleno descenso cubierto por un leve taparrabos de mala lycra, sin imperdibles ni neozelandesas. De pronto lo entendí todo: el Tour te deja hecho jirones, pero por televisión no se ve.   

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