Mala noche, mal final. Foto: UEFA.

Hay algo peor que llegar al final sin fuerzas: llegar sin suerte. Ahora, con la mínima perspectiva de los cinco minutos transcurridos, estoy por asegurar que jugamos el partido decisivo sin una pizca de fortuna en los depósitos. La habíamos agotado toda por el camino. España había alcanzado el último round con un imponente despliegue de pegada y joyería, pero también con un considerable viento a favor; hagan memoria y comprobarán que cada gol de Saúl corrigió un mal rumbo. Hoy, sin embargo, no se movió una hoja. Lo hubiéramos necesitado para igualar el marcador y prolongar el sueño. Una brisa, un soplido, el aire que corrige la dirección de los balones que se marchan fuera.

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