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Bale salva otro escollo

Después de acumular ocasiones durante los primeros minutos del partido, el Real Madrid sintió que la victoria era cuestión de tiempo. Transcurridos 80 minutos, el Real Madrid comprendió que el triunfo era cuestión de gol. Lo celebró Bale, pero lo cierto es que lo marcó Isaac Newton.

Ganar donde no lo consiguió el Barcelona y hacerlo emparedado entre una semifinal de Champions es una conquista de indudable mérito, pero la sensación es que el Real Madrid tardó demasiado en firmar lo que estaba escrito. La disculpa está servida y toca admitirla: cinco jugadores nuevos con respecto al último partido en Manchester, incluido Borja Mayoral, todavía de Erasmus.

Añadan la montaña rusa emocional que traslada a los madridistas de la Liga a Europa, con la misma presión pero con diferentes atmósferas. Únicamente el tiempo de San Sebastián es más cambiante: sólo faltó la espuma activa para jugar dentro de un lavado automático. Chorros desincrustadores, agua vaporizada, ozono abrillantador y sol para secar la colada.

El Real Madrid pasó un buen rato en el campo del Getafe

No diré que fue un paseo militar porque fue una excursión al campo. Recordó a los partidos que se disputan en los niveles más modestos del fútbol aficionado en la sobremesa de los sábados. Partidos de veteranos, de empresas, de treintañeros castigados y cuarentones irreductibles. Quien los ha disfrutado, o todavía los disfruta, sabe de lo que hablo. Cada equipo juega su propio encuentro con independencia del rival. Sin más estrategia que alcanzar la portería contraria y evitar el corte de digestión. Sin marcajes, sin tensiones excesivas y con novias de primer semestre en las gradas. Si alguien se pone violento no falta quien le recuerda el objetivo fundamental de la reunión: “Oye, tranquilo, que aquí hemos venido a jugar al fútbol”.

El Getafe se tomó la visita del Real Madrid como uno de esos partidos sabatinos donde lo prioritario es ganarse la ducha caliente y las cañitas de después. Ajeno a la tragedia que le ronda, el equipo renunció a las argucias tácticas, incluso a la pasión, y decidió jugar a la pelota, como si el resultado fuera lo de menos. Ignoro la influencia de Esnáider en este acto de pacifismo, pero lo cierto es que nunca se le vio muy alterado: o está resignado o se hizo budista.

Como tantas veces, el ambiente no enardeció el desempeño local. Si el campo no estaba lleno es porque no todos los madrileños saben llegar a Getafe. No diré que desconozcan su ubicación en el mapa; quien más quien menos ha visto los carteles indicadores en la M-40. El problema es que hay madrileños que temen ser devorados en caso de tomar el desvío. Devorados por dragones o por carreteras en bucle, absorbidos por una circunvalación eterna que los haría coincidir en un polígono industrial con los barcos y aviones perdidos en el Triángulo de las Bermudas.

Ni qué decir tiene que el Madrid lo pasó mucho mejor que el Getafe: tuvo tiempo para pensar y campo para correr. Generó un sinfín de ocasiones y marcó cinco goles porque no debía marcar más. James jugó en la posición teórica del bueno del recreo y en su particular exhibición se vio secundado por Isco.

Del Getafe sólo se puede destacar a Sarabia, un futbolista por encima del entorno. Su gol no rescató a su equipo, pero probablemente le rescate a él. Algo es mejor que nada.

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