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El Tour del ausente presente

Que viene, que viene.

Dense prisa, porque el año que viene correrá Tom Dumoulin. Ese debería ser el consejo para todos los candidatos al Tour que está a punto de comenzar. Caballeros, en la próxima edición todos ustedes bajarán un puesto. La proyección, creo que poco discutible, compromete especialmente a los favoritos de primer rango, Chris Froome y Nairo Quintana. Pero tampoco resulta estimulante para la segunda línea de aspirantes, al podio o a la gloria, de Porte a Contador.

El perseguidor

Tintín Froome. Ojo con él.

Tintín Froome. Ojo con él.

 

Nos inclinamos poco ante Froome. O no tanto como merece. Quizá le hagamos de menos por su estilo algo desmadejado, o por su origen exótico (ya nos pasó con Lemond) o tal vez porque tiene una cara demasiado amable, de Tintín metido a ciclista. No sé qué más queremos que haga si ya va camino de los cinco Tours. Tal vez necesitemos que también gane esta Vuelta. Somos bestias insaciables.

Quintana, Contador y Cyrano

Justicia divina. Contador, en el podio.

Justicia divina. Contador, en el podio.

La escena cumbre del Cyrano y sus múltiples versiones es aquella en la que el desdichado narigudo le susurra a un muchacho sin luces cómo seducir a la bella Roxane, amor inconfesable del caballero de Bergerac. Supongo que ya les tengo a mi rueda. Contador tuvo la inspiración y alimentó el deseo, pero terminó por susurrar al oído de Nairo cómo ganar la Vuelta a España. Se lo explicó durante más de cien kilómetros y el colombiano lo entendió a la perfección, porque tiene muchas luces y todas están encendidas. Cuentan que, finalizada la etapa, Contador salió al encuentro de Nairo para estrecharle la mano con la misma generosidad y elegancia de Cyrano.

De lo inolvidable a lo histórico

Froome-Nairo. Duelo al sol.

Froome-Nairo. Duelo al sol.

 

Cuando Simon Yates atacó al grupo de favoritos a falta de 39 kilómetros para la meta, en plena subida al Marie-Blanque, se despertó la expectativa de una etapa histórica. La expectativa se mantuvo hasta el último instante, después de que Quintana y Froome, ambos colosales, tomaran el relevo del audaz Yates. No hizo falta más. Basta lo dicho para que podamos considerar lo ocurrido como inolvidable, que es la primera categoría de lo histórico.

Es cierto. No sucedió nada relevante si lo medimos con un reloj. Quintana y Froome llegaron juntos a la meta y Yates apenas les recortó un minuto. Sin embargo, el resultado es una minucia, casi una vulgaridad, en comparación con la promesa permanente de un momento único. Durante mucho tiempo asistimos a una sucesión de hechos extraordinarios sin tiempo para cerrar la boca. Primero, el desafío de un joven ciclista al orden natural de las cosas. Para atacar desde tan lejos, y para sostener la apuesta, hay que tener un punto de locura y muchas arrobas de talento. También es necesario contar con un director con el mismo punto de chifladura y con un ingenio similar (Neal Stephens Fan Club).

El puño de Froome

Chris Froome.

Froome eligió esta foto y la colgó en Twitter. La del puño.

 

No es relevante que Froome le ganara la etapa y la bonificación a Nairo Quintana, qué son cuatro segundos, una pérdida insignificante con tanto por disputar. Lo importante es cómo lo celebró, la rabia con que lo hizo, el braceo en el aire y el puño derecho en alto. Ese gesto, casi una haka neozelandesa, tiene más valor que el tiempo y araña más que el cronómetro. Es probable que Nairo, que llegó justo detrás, se pregunte todavía qué es lo que ha perdido para que su enemigo crea haber ganado tanto: sigue líder, con casi un minuto de ventaja, y su equipo exhibe la fortaleza que desea cualquier aspirante. Sin embargo, hay algo preocupante, y no me pregunten qué es porque no consigo distinguirlo dentro del puño de Froome.

Horas después, el vencedor en Peña Cabarga compartía en las redes sociales la imagen de su triunfo, una fotografía espectacular, casi un logo, pero mostrada como si fuera la prueba definitiva de una victoria fabulosa conseguida en una cumbre mítica. Y es hermosa la subida, digna de acampar en la cumbre, no pretendo decir lo contrario, pero convendrán conmigo que carece de suficientes kilómetros y de la necesaria leyenda, por mucho que a Froomie le traiga buenos recuerdos.

Hay algo que Froome vio o sintió y que a nosotros se nos escapa, algo que podría ubicarse en sus piernas, en ese invisible que los ciclistas llaman «sensaciones», aunque más seguramente sea algo que le evitaba y que ya tiene en su mano, en su puño concretamente.

 

 

Nairo, el bulldog

Atención: Nairo muerde.

Atención: Nairo muerde.

 

Sucedió durante una charla que pretendía ser deportiva. Preguntado sin más preámbulo por su raza, Nairo Quintana miró a su interlocutor, forzó una media sonrisa y respondió: “Bulldog”. Es obvio que Nairo consideró inapropiada la pregunta, pero hasta ahí llegó su enfado, ni un comentario más, prosigamos la conversación.

En ese primer y único encuentro con Nairo me sorprendió su aplomo. Lo imaginaba tímido, e incluso huidizo, pero lo encontré prudente y sereno, con un fino sentido del humor que no practica ante extraños, como si fuera consciente de su responsabilidad “institucional”: líder de uno de los mejores y más caros equipos del pelotón internacional, además  de embajador plenipotenciario de Colombia.

La Vuelta a España es el Tour de Francia que no salió

Valientes a relevos.

Valientes a relevos.

La Vuelta es como nos hubiera gustado el Tour: Nairo de líder, Froome en versión mortal y Contador en la batalla. Por no mencionar a Valverde o Chaves y sin despreciar a Simon Yates. Desde hace algún tiempo las emociones se retrasan hasta el mes de agosto. Es cierto que no son los mismos castillos y es verdad que el maillot de líder se confunde, de manera irritante, con el rojo de otros equipos (Katusha, Cofidis, Lotto Soudal…), pero el nivel competitivo está lejos de desmerecer. Cumplida la octava etapa, el libro de ruta es un menú ante el que cuesta no relamerse: Naranco, Lagos, Peña Cabarga, Aubisque, Formigal… Montañas y campeones, el paraíso del aficionado.

La escalada a La Camperona no defraudó, aunque algunos recelemos de la proliferación de puertos con rampas circenses. Personalmente creo que la Vuelta ya ha demostrado su capacidad de inventiva sin necesidad de que invente permanentemente. Hay otras fórmulas que me atrevo a proponer. Sería una novedad que cada etapa recibiera el nombre de un gran campeón, ya sea porque allí hizo historia el ciclista en cuestión (Hinault-Serranillos), o porque determinado corredor ha sido el inspirador del recorrido, como sucedió con Purito en la etapa de Andorra de la pasada edición. En caso de que prospere la idea sólo reclamaré un viaje en el coche de la dirección con medio cuerpo asomado por el techo del Skoda, quizá gritando Gerónimo. No es mucho pedir.

Froome y los cinco Tours: la leyenda está más cerca

Froome, camino de la leyenda.

 

La pregunta es inevitable: ¿Podrá Froome ganar cinco Tours? O planteado de otro modo más imponente: ¿Podrá equipararse a Anquetil, Merckx, Hinault e Indurain? Es evidente que le falta el encanto de los anteriores (la clase, el rugido), pero cuesta decir que no lo conseguirá. Cumplidos los 31, su pretensión es disputar la carrera cinco o seis años más, lo que le ofrece suficiente margen de error para igualar el récord y tal vez para superarlo.

Sin embargo, Froome afronta ciertas amenazas, aunque sean leves en estos momentos. La primera podría gestarse en el interior de su propia escudería (Sky es más que un equipo). La continuidad de los éxitos del actual campeón dependerá de las prisas que tenga Sir David Brailsford (mánager y gurú) a la hora de preparar el relevo. Es muy posible que ya tenga elegido al sucesor: Adam Yates (23 años), cuarto clasificado en la edición que acaba de terminar y mejor joven de la carrera, un inglés de pura cepa y no un asimilado de la metrópoli.

No se vayan todavía: último round bajo la lluvia

Froome, maltrecho. Cómo estarán los demás.

Solemos considerar, no sin cierta crueldad, que una de las condiciones fundamentales de los campeones es que no se caen. Y no es cierto. Lo que distingue la baraka de un campeón frente a la famélica fortuna de otros ciclistas es que cuando se caen no se hacen daño, o no demasiado. Todo campeón de largo recorrido tiene un padrino en los barrios altos.

Repasen conmigo, si piensan que exagero. Tom Dumoulin se cayó y se rompió la muñeca; Pierre Rolland se cayó cuando marchaba en la fuga y el aturdimiento le duró varios minutos (perdió siete en meta); Dani Navarro se cayó en el grupo de cabeza y de sus múltiples heridas físicas y morales todavía no teníamos noticia al cierre de esta edición (obsérvese el humor negro).

Froome gana a los suspiros

Froome y Porte. Tras ellos, nada. O poco.

 

De lo decepcionante hemos pasado a lo descorazonador. Ocurre en cada gran carrera. Llega un momento, localizado en alguna parte de la tercera semana, en el que ya no caben los reproches. Cómo criticar a un corredor que cruza la línea meta sin resuello, cómo culparlo de no haber atacado antes y de quedarse después. No es posible. El ciclismo es un deporte táctico mientras existen fuerzas para sujetar la tiza. A continuación se convierte en una prueba de supervivencia. Cada ciclista contra sí mismo.

Los dos únicos combatientes que todavía conservan un punto de lucidez son Froome y Richie Porte. Sólo ellos son capaces de perseguir otros objetivos además del oxígeno. Si el australiano no hubiera perdido 1:45 en la segunda etapa ahora se encontraría por debajo de los tres minutos de diferencia con respecto al líder, y tendríamos emoción. De suspiros semejantes se construyen las terceras semanas: si Contador estuviera en carrera, si Poels fuera libre, si Indurain estuviera en activo…

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