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El Tour del ausente presente

Que viene, que viene.

Dense prisa, porque el año que viene correrá Tom Dumoulin. Ese debería ser el consejo para todos los candidatos al Tour que está a punto de comenzar. Caballeros, en la próxima edición todos ustedes bajarán un puesto. La proyección, creo que poco discutible, compromete especialmente a los favoritos de primer rango, Chris Froome y Nairo Quintana. Pero tampoco resulta estimulante para la segunda línea de aspirantes, al podio o a la gloria, de Porte a Contador.

No se vayan todavía: último round bajo la lluvia

Froome, maltrecho. Cómo estarán los demás.

Solemos considerar, no sin cierta crueldad, que una de las condiciones fundamentales de los campeones es que no se caen. Y no es cierto. Lo que distingue la baraka de un campeón frente a la famélica fortuna de otros ciclistas es que cuando se caen no se hacen daño, o no demasiado. Todo campeón de largo recorrido tiene un padrino en los barrios altos.

Repasen conmigo, si piensan que exagero. Tom Dumoulin se cayó y se rompió la muñeca; Pierre Rolland se cayó cuando marchaba en la fuga y el aturdimiento le duró varios minutos (perdió siete en meta); Dani Navarro se cayó en el grupo de cabeza y de sus múltiples heridas físicas y morales todavía no teníamos noticia al cierre de esta edición (obsérvese el humor negro).

Froome gana a los suspiros

Froome y Porte. Tras ellos, nada. O poco.

 

De lo decepcionante hemos pasado a lo descorazonador. Ocurre en cada gran carrera. Llega un momento, localizado en alguna parte de la tercera semana, en el que ya no caben los reproches. Cómo criticar a un corredor que cruza la línea meta sin resuello, cómo culparlo de no haber atacado antes y de quedarse después. No es posible. El ciclismo es un deporte táctico mientras existen fuerzas para sujetar la tiza. A continuación se convierte en una prueba de supervivencia. Cada ciclista contra sí mismo.

Los dos únicos combatientes que todavía conservan un punto de lucidez son Froome y Richie Porte. Sólo ellos son capaces de perseguir otros objetivos además del oxígeno. Si el australiano no hubiera perdido 1:45 en la segunda etapa ahora se encontraría por debajo de los tres minutos de diferencia con respecto al líder, y tendríamos emoción. De suspiros semejantes se construyen las terceras semanas: si Contador estuviera en carrera, si Poels fuera libre, si Indurain estuviera en activo…

Froome ya tiene rival (para el futuro): Tom Dumoulin

Tom Dumoulin, cuando un tipo lo tiene todo.

Tom Dumoulin, cuando un tipo lo tiene todo.

 

De haberse dado por buenos los resultados de la etapa del Ventoux (accidente incluido), ahora estaríamos cantando la proeza de Chris Froome, capaz de remontar a todos sus adversarios después de su heroica (e ilegal) carrera a pie por la montaña. No sucedió tal cosa y en estos momentos nos limitamos a consignar aburridamente los resultados de la contrarreloj, que deja al líder muy cerca de su tercera victoria en el Tour, aunque sin el menor atisbo de hazaña.

Sin rivales para el presente, el principal enemigo de Froome es quien ganó la crono, Tom Dumoulin, un muchacho que ya tendría una Vuelta a España en caso de habitar en un equipo a la altura de su talento. Lo que queda confirmado es que Dumoulin lo tiene todo, añadan una educación exquisita. Cada vez que le acercaron un micrófono, y le acercaron varios racimos, dedicó la mayor parte de su discurso a solidarizarse con las víctimas del atentado de Niza: “Hoy no puedo estar feliz”. Por si fuera poco, estoy por asegurar, sin consultar ninguna opinión femenina, que el chico es desagradablemente guapo.

El Tour no hizo justicia con Froome; se reinventó el ciclismo

Froome corre, el Tour huye.

 

¿Quién tiene la culpa de lo ocurrido a Porte y Froome? ¿La tiene el motorista que se detuvo de pronto? Diría que no. Lo más seguro es que frenara para no atropellar a un espectador, o para no rematarlo, una vez atropellado. ¿La tiene entonces el desdichado espectador? Es muy probable que fuera uno de esos imbéciles en triquini que se abalanzan sobre los ciclistas, pero tampoco se puede descartar la distracción de un aficionado razonable, o simplemente un accidente de los que ocurren cuando se hacen coincidir multitudes, vehículos de motor y pasiones encendidas.

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