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Mbappé o el riesgo de perderle el respeto al dinero

El problema de reírse de Franklin es que Franklin se ría de ti.

Mbappé es un delantero especial que recuerda en ciertas cosas al Ronaldo brasileño, al de sus primeros años. Esto no se discute. Lo que se puede cuestionar, y creo que resulta hasta saludable, es la conveniencia de pagar 180 millones de euros por un chico de 18 años que tiene tantas posibilidades de convertirse en estrella como de quedarse ‘solamente’ en un buen futbolista. Hay algo obsceno en esa cantidad de dinero, tanto desde el punto de vista deportivo como desde una perspectiva social, incluso económica.

#LaDiferenciaPelayo: Marco Asensio saluda al mundo


Marco Asensio. Lo escribo disfrutando del tacto de las teclas, como se pelan las gambas de Huelva o como se retiran los envoltorios que esconden tesoros, y no me adentraré en otras comparaciones porque este es un relato Sub-21. Marco Asensio. No hacían falta dotes adivinatorias para señalarlo como una de las estrellas del campeonato. En sus últimas intervenciones con el Real Madrid, las que van del gol al Bayern al final de la temporada, había generado un asombro sin disidencias. No eran los goles, sino el modo de conducir el balón, ese aire que comparten los superdotados y que es muy diferente del huracán que envuelve a los jugadores en racha.

«You talkin’ to me?» James como De Niro en Taxi Driver

En opinión de la autora, James está así de enfadado.

Por Lila Castro

Un buen día de abril, James Rodríguez de levantó, se dirigió al baño, se afeitó, se miró al espejo y preguntó: ¿Me estás mirando?, ¿Me estás hablando a mí? Y no encontró respuesta. Entonces, insistió con vehemencia: ¿A quién demonios le estás hablando? Miró para todos los lados. Y dijo: “Bien, yo soy el único que está aquí ahora mismo. ¿A quién coño piensas que estás hablando?”. Y ante tanta insistencia, el del espejo, finalmente, le respondió: “Sí, es contigo, ¿ya estuvo bueno, eh?”.

James no es el mejor jugador del mundo (podría ser uno de ellos), pero convendrán que es una estrella. Nadie puede negar el alcance de esa zurda prodigiosa, su calidad técnica, su polivalencia, la precisión de sus pases, la visión que tiene del juego, que se ofrece, que se asocia, que llega al área; un mediocampista que acostumbra a hacer igual número de goles que asistencias, lo que no es usual en su rol, y entre esos goles algunos decisivos y de gran factura, cómo no recordar el del empate en el reciente Clásico.

#LaDiferenciaPelayo Plan B: del Real Madrid a la Selección

Marco Asensio. El jugador que hace girar los focos para que le miren a él.

Marco Asensio. El jugador que hace girar los focos para que le miren a él. Foto: SeFutbol.

 

Ya lo ven. En lugar de tener la cabeza centrada en lo que viene, me ha dado por trasladar el debate madridista, BBC o Plan B, a la Selección española. Habrá quien se vea en la obligación de recordarme que el Mundial es el próximo año y que no es momento para entretenerse en estas cuestiones. Sin embargo, según se cumplen años, uno adquiere hábitos peculiares, como observar por encima de la melé, comer brécol o enamorarse (también) de Meryl Streep.

No es año de Mundial, ciertamente, pero lo que nos ocurra en el verano ruso de 2018 dependerá en gran medida de cómo evolucione el brote revolucionario que el pasado miércoles se declaró en Riazor. Aquel fogonazo que todavía nos deslumbra reunió a Isco, Asensio, Lucas, Kovacic y James, en lo que fue un estallido de fútbol dinámico, una versión eléctrica del tiqui-taca acústico.

Partido con niña

Todas las bufandas existen. Pregunten y verán.

Todas las bufandas existen. Pregunten y verán.

 

Primer partido de fútbol para una niña de seis años. Primera visita al estadio Bernabéu y aproximación a pie. Las pulsaciones de la pequeña son las de Indurain en reposo. Las de su padre se disparan. La irreverencia inicial es leve: se come el bocadillo antes de llegar al campo. Acto seguido, sobreviene la que será la gran sorpresa de la noche: la fila de autobuses. Nada superará esa visión. Autobuses y autobuses y, entre ellos, asómbrense, un minubús. Ni el gentío ni la visión del césped reflectante igualarán ese impacto brutal. Tampoco los goles.

Instalados en la grada, se suceden las preguntas impertinentes.

—¿Va a salir Torres?

—No, cariño, es del Atleti.

—¿Los de rosa son del Madrid?

—No, de la Cultural Leonesa.

Fallar a pulso

El Sporting, en un momento del partido de ayer.

El Sporting, en un momento del partido.

 

En estos días de condolencias habría que dejar alguna para Duje Cop, que mandó al limbo un penalti en el Bernabéu. Hubiera significado el empate del Sporting y no es aventurado pensar que con esa misma igualada se habría llegado al final del partido, el Madrid ya andaba fatigado y la lluvia era una cortina demasiada espesa. Para mayor escarnio quedará que Duje Cop se tomó las pulsaciones antes del lanzamiento, como si tal cosa sirviera para algo. De tenerlas disparadas, dudo que el árbitro le hubiera aceptado un receso o una tila. De tener la tensión baja tampoco creo que hubiera estado en condiciones de encargar un café solo con tres de azúcar y dos onzas de chocolate al 70%. El caso es que el balón salió de allí volando como una paloma perseguida por un niño o por un cardiólogo.

El terrible momento.

El terrible momento.

Imagino a Duje Cop abatido en el vestuario y supongo a sus compañeros en procesión de funeral: estas cosas pasan, los falla quien los tira, no había quien la pegara con tanta lluvia. Un consuelo protocolario que alguno completará con una carantoña o una palmetada, pero sin recrearse, porque no sería la primera vez que, en circunstancias similares, el cachete deriva en puñetazo, serás cabrón, y el puñetazo en pelea tumultuaria, y es que nadie se mide las pulsaciones cuando debería.

Todos somos, en el mejor de los casos, Duje Cop. Lo sabríamos si hubiéramos sido capaces de saltar todas las vallas hasta llegar al penalti del Bernabéu, el mundo entero mirando, y nosotros calados hasta los huesos, tratando de buscar un asidero racional y, al no encontrarlo, palpándonos la yugular, no para medir las pulsaciones, sino para comprobar que todavía estamos vivos.

El Real Madrid se quedó sin voz en un estadio vacío

La caballería polaca contra los Panzer nazis. Mito o no tanto.

La caballería polaca contra los Panzer nazis. Mito o no tanto.

El Real Madrid hubiera agradecido, en ciertos momentos, que el partido sin voz fuera también un partido sin imagen. El corte, de poder elegir, habría durado cuarenta minutos, los que van del gol del belga Vadis Odjidja-Ofoe (bonito nombre, aunque poco pegadizo) hasta el que consiguió el francés Moulin, dos chutazos para enmarcar. En ese tramo, el equipo de Zidane se dejó avasallar por un rival sin público y sin aspiraciones clasificatorias. Nada edificante, como pueden imaginar.

Cierto es que el empate de Kovacic alivió la situación y que un disparo de Lucas Vázquez al travesaño, casi en el último suspiro, pudo haber dado otra voltereta al resultado. Pero no se puede vivir colgado de los milagros. Especialmente cuando se tiene un equipo pensado para evitar sustos y, mayormente, si ganas 0-2 a los 34 minutos.

La final que podría ser (resoplen)

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Recién comenzado el partido (y digo recién), el desarrollo del juego se ajusta milimétricamente al plan de cada entrenador. En el caso de Simeone, los últimos entrenamientos han servido para repasar los apuntes del curso, de los últimos cinco. La transcripción no es literal, sólo espiritual: “Esperamos a que vengan. La presión la marca Gabi, pero sin volvernos locos, ya saben, no jodan. Y cuando ellos tomen aire, les volvemos a apretar el cuello. Robamos, salimos volando y regresamos con la misma velocidad. Que se desarmen ellos, que piensen ellos; nosotros ya lo tenemos todo pensado. Y cojones, claro”.

Zidane, algo huidizo en los últimos días, ha esperado hasta la víspera para comunicar a los futbolistas su idea. La reproducción es leal, pero no fiel: “Se esperan que dominemos y que tomemos la responsabilidad del juego. Si lo hiciéramos el Atlético se sentiría muy cómodo, agazapado a la contra. Bien, pues les cambiaremos el paso. Les entregaremos el balón. Que lo jueguen, que pasen, que se preocupen ellos de nuestro contraataque. Les recordaremos que nosotros vamos ganando; diez a cero si hablamos de Copas de Europa. Y pelotas, claro”.

Al cumplirse los primeros treinta segundos, el balón sólo ha avanzado medio metro, impulsado con cierta desgana por Griezmann a la orden del pitido inicial. Transcurrido un minuto, el reluciente Adidas Finale Milano sigue exactamente en el mismo sitio. El Real Madrid bascula en su campo y el Atlético aguarda en el suyo, atentísimo a los ajustes.

Al cuarto de hora estamos en condiciones de sacar las primeras conclusiones: el juego no es lucido (no es), pero la limpieza es digna de mención. Ni faltas, ni protestas. La pulcritud, aunque encomiable, no tranquiliza al árbitro. Tampoco el público parece muy relajado, especialmente el sector madridista mayor de cuarenta años (los otros todavía mensajean a través del móvil: «partidaz0», «espectáculo», emoticonos…). Entre los hinchas atléticos, calma general. Las decisiones del Cholo se cuestionan poco o se justifican fervorosamente: no es mal resultado, se la va a jugar en los últimos cinco minutos y, además, así nos aseguramos que el árbitro no nos va a perjudicar; está bien pensado.

Una parte de la grada, por pura broma, comienza a soplar en dirección al balón, incluso los que ya han soplado mucho. A falta de otro entretenimiento, le contesta la parte contraria. Qué tontería, dicen los escépticos. Qué barbaridad, suspiran los expertos eólicos. Sin embargo, diez minutos después el balón se inclina dos grados y se acomoda en la estrella de su mejilla derecha.

El hecho es tan sobresaliente que se repite en los videomarcadores. Observado el prodigio, la reacción de la gente es la esperada: sopla más fuerte. Al poco, el contagio es colectivo. Sopla el árbitro, por hacer algo, soplan los entrenadores por no ser menos y soplan los futbolistas; los del Atlético sin descuidar las marcas.

Hasta que ocurre lo inesperado. De repente, en mitad de la tempestad de bufidos, sopla el viento y marca gol. No diré en qué portería. Y no es por falta de voluntad. Es porque no soy adivino.

Liga devaluada (con perdón)

Seamos honestos, el título de Liga está devaluado. Lo está cuando lo ganan Barcelona o Real Madrid, lo que viene a ser casi siempre, y las excepciones, tres en este siglo, sirven para confirmar la regla. Para comprobar que el título está devaluado (sobrevalorado, si lo prefieren) es suficiente con observar la celebración, cada vez más impostada, de las respectivas aficiones, dócilmente coreografiadas por los clubes. Nada extraño, por otra parte. Cualquier cosa que se gane 32 o 24 veces deja de ser, forzosamente, extraordinaria.

Barça, un campeón sin intriga

Una de las cosas que distinguen la edad adulta de la juventud es que, con los años, te conformas con la emoción. Llevado al fútbol (y al amor) sería como darse por satisfecho con un balonazo al poste. Hubiera sido mejor el gol, teóricamente, pero el estallido en el palo da para consolarse durante una vida entera. Estarán de acuerdo conmigo todos los veteranos que todavía salen los jueves por la noche.

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