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Supercopa: el equipo real y el miembro fantasma

Así se presiona. Lo demás, viene solo o casi.

El síndrome del miembro fantasma es la percepción de que un miembro amputado todavía forma parte del cuerpo y continúa trabajando a su servicio. Al Barcelona le ocurre lo mismo con Neymar. El equipo lo busca en cada jugada y al no encontrarlo, se deprime. La situación se repite una y otra vez, ilusión y frustración, prácticamente en cada maniobra de ataque. El Barça hace esfuerzos ímprobos por mover el miembro amputado, pero nada se mueve porque nada hay.

Concierto de blues

Barça y Real Madrid (o viceversa), durante un momento del partido.

 

Debes estar viejo, no tiene sentido enfadarse por una cosa así. Qué digo enfadarse, enfurecerse. Al fin y al cabo, los colores se distinguían si fruncías el ceño y prestabas algo de atención. Aunque pertenezcan a la misma familia en grado directo de parentesco, no es lo mismo el azul marino que el azul turquesa, ni siquiera admitiendo que el turquesa puede tornar en azul marinado por causa de la transpiración. Ese minúsculo detalle no justifica los espumarajos ni las imprecaciones. Además, hay que vender camisetas y los chinos se movilizarán en masa para comprar esta equipación (segunda, tercera o cuarta), con la ventaja de que si está agotada la del Real Madrid se llevarán la del Barcelona, tampoco hay que ser escrupuloso. No puedes permitir que una cuestión meramente cromática te arruine un partido que esperabas con ilusión. Es de todo punto absurdo que sólo hicieras un par de anotaciones con la excusa de que las tarjetas amarillas eran lo único que se distinguía.

Postales desde Honolulu

Recuerdos de Honolulu, donde quiera que esté.

El Real Madrid prosigue la luna de miel. Da igual si sus noches son en Cardiff o Skopje. Cualquier lugar parece Honolulu, suponiendo que allí se sirvan los mejores atardeceres y los más sobresalientes cócteles con sombrilla, que está por ver. El Real Madrid es feliz y hay que pensar que algunos madridistas lo desconocen, no hay más que observar cómo se inquietaron por unos partiditos de pretemporada, exhibiciones para turistas. La felicidad es esto y la desdicha lo otro. No hace falta tocar madera ni gastarse 180 millones de euros. El equipo lo tiene todo, empezando por un entrenador que es el zapato de Cenicienta. El resto fluye.

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