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Siempre nos quedará Londres.

 

El siguiente texto, ya lo advierto, sólo será de utilidad para quien tenga niños, especialmente si no han cumplido los diez años (los niños) y para quien, al mismo tiempo, se encuentre planeando un viaje que, sin destino decidido, todavía podría ser a Londres. Asumo, por tanto, que el público objetivo es tan limitado que si esto fuera un teatro podría bastarme con una silla. Pese a todo, continuo.

Además, nunca se sabe por dónde pasean los editores aburridos, aquellos que te podrían encargar un serial, una colección de relatos muy bien pagados que me pondrían a la altura del Turista Accidental pero con familia numerosa. Ya está bien de que los consejos viajeros los ofrezcan atractivos mochileros del Lonely Planet sin más responsabilidad que cortarse las uñas de los pies. Urgen guías que señalen en rojo las calles peatonales, la ubicación de los mimos y la situación exacta de los cuartos de baño en cada calle. Allá voy, pues.