Contra la inmortalidad, un poco de laurel.

Contra la inmortalidad, un poco de laurel.

Tenía que suceda y lo mejor, si eres madridista, es que ocurra contra el Villarreal, en un partido que no pone en peligro ni el liderato, ni la moral, ni el campeonato. La suerte termina por equilibrarse (creo), incluso en el caso del Real Madrid (juraría), y conviene llegar limpio de favores a la próxima primavera. No hay nada dramático en el empate, por lo tanto. Apuntes para el siguiente entrenamiento.

En caso de que seas del Villarreal tienes razones para sentirte satisfecho. El equipo sabe hacer lo más difícil: jugar al fútbol. Cuando no tuvo el balón se movió pulcramente ordenado, pero pareció lejísimos del gol. Cuando se hizo con la pelota se agigantó hasta el punto de subirse a las barbas del Madrid. Sólo le falta continuidad y, probablemente, confianza.

El primer gol visitante fue un amable obsequio de los centrales de blanco, que en en tiempos de plomo y Mikasa hubieran sido ajusticiados al amanecer. Varane perdió el balón cuando intentaba hacer una ruleta y Ramos lo palmeó luego sobre la línea del área.

Algún día deberíamos hablar más prolijamente del impulso que lleva a ciertos futbolistas, generalmente defensas, a golpear la pelota con la mano. Es algo superior a sus fuerzas y parte del deseo irrefrenable, diría que infantil, de tocar todos los balones que pasan cerca. Piensen en los niños que meten los dedos en el enchufe, que se cuelgan de los cordones de las cortinas o que rascan las paredes con mugre. Necesitan tocar, abarcar, dominar. Sergio Ramos tiene ese mismo arrebato. Su fortuna es que las trastadas en área propia las compensa en área ajena con goles como el que valió el empate: cabezazo poderoso descolgado desde el cielo.

El resto fue el rito de la remontada pero sin el gol salvador. Más que una decepción, una buena enseñanza. Ni siquiera el Madrid puede todos los días.