Por Diego Alonso

A Hans Christian Andersen, inspiración lejana de esta historia.

Reencontré la caja de música bajo el montón de archivadores y papeles de la habitación, cubierta aún por el velo de polvo gris con el que se mezclaba el suave color de su porcelana. Hacía muchos años que la había dejado ahí, junto a la estantería, y en todo ese tiempo no me había preocupado por ella en absoluto, relegándola a un injusto olvido, tras tantos y tantos días obsequiándome con el armónico baile de sus figuritas y el candor agradable de sus notas. Probé a abrirla y descubrí, no sin cierta satisfacción, que todavía funcionaba. Sonreí mientras la cerraba. Al abrirla de nuevo reparé en las figuras: sumergidas en su propio y romántico vals, un joven soldado, de uniforme rojo, charreteras de bronce, cabello rubio y dos puntitos claros por pupilas en mitad de un rostro ligeramente azulado abrazaba por el talle a una joven que no parecía tener más de dieciséis o diecisiete años, con un vestido blanco de novia sobre el que se cruzaba, en la espalda, un lacito rosa. El cabello castaño le caía en bucles por la nuca y su cara, al igual que la del soldado, rezumaba alegría; un par de ojos negros y muy brillantes relucían por encima de la línea rosa tendida bajo la nariz que era su boca. En fin: una melancólica estampa de cualquier pareja de baile del siglo XIX.