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El Belén viviente de Buitrago del Lozoya o la vida entonces

Parecen congelados y, en ocasiones, lo están.

Belén viviente de Buitrago del Lozoya: parecen congelados y, en ocasiones, lo están.

 

Admirables los pueblos de España que conservan sus tradiciones o cuidan las recién inventadas. Admirables sus gentes, capaces de unirse en torno a una actividad común en los tiempos que corren. Admirables y admirables. Si no quieren seguir leyendo, quédense con lo anterior y tengan una Feliz Navidad.

En caso de proseguir han de saber que hasta la celebración más entrañable es susceptible de convertirse en una pesadilla. Pongámonos en el lugar de un visitante que parte de Madrid hacia Buitrago del Lozoya, hermosa localidad en el extremo Norte de la Comunidad, dotada con una soberbia muralla árabe y donde residió, nada menos, que el peluquero de Picasso, don Eugenio, al que el artista, en un acto de sincera generosidad (recuerden que era calvo), donó sesenta obras que se exhiben en un museo dedicado a tal fin. Si no desean seguir leyendo, quédense con lo anterior, que ya no es poco, y tengan un próspero Año Nuevo.

Si su idea es avanzar, volvamos al visitante que ha partido desde Madrid atraído por la fama del Belén viviente de Buitrago del Lozoya. Transcurridos 75 kilómetros, el turista encontrará en la dificultad de estacionamiento un inconveniente mínimo que no disminuirá sus ganas de disfrutar de la fiesta. Si tantas personas desafían al frío y se lanzan al aparcamiento ilegal es porque el asunto merece la pena, incluso la multa.

Un chocolate abrasador y unos churros calientes les harán entrar en calor, al tiempo que envolverán a los niños de una película protectora de cacao y azúcar, pues, aunque olvidé señalarlo, ya habrán dado por hecho que a estas veladas se acude con niños, mejor cuanto más pequeños, pues nada tiene verdadera emoción si no existe el riesgo de perder la vida propia o ajena.

Pertrechados con una chocolatada que a cada uno le sentará de una manera (a mí, mal), lo siguiente es hacer una kilométrica cola por la que desfilan todos los poseedores de un preciado tiquet gratuito. En no menos de veinte minutos, quizá media hora, los agraciados ya estarán concentrados en una plaza en absoluta oscuridad, a la espera de que el maestro de ceremonias o señor del micrófono reparta instrucciones que se demoran más de lo razonable, si tenemos en cuenta la gélida temperatura, la turba inquieta y que muchos padres cargan a los niños sobre los hombros con la desagradable sensación de portar tres arrobas de trigo.

No habrá de pasar otra media hora antes de que el locutor pida calma y en menos de cuarenta minutos heladores estarán escuchando una grabación teatralizada sobre los requerimientos de Herodes (muy bien traído), la Anunciación y el nacimiento del Mesías.

Lo que toca a continuación es desplazarse penosamente por un camino serpenteante que, tras librar un fatídico embudo, nos llevará a los miles de visitantes en lenta procesión junto al río Lozoya, hermanado con los afluentes siberianos del Volga. Es conocido que en los pueblos tienen un gran sentido del humor, como bien documentó en su día el gran antropólogo Miguel Gila.

Después de otra media hora entre las brumas ribereñas, accederán por fin al escenario donde se representa el Belén viviente o mannequin challenge de temática pastoril. La alegría de entrar en Galilea sólo se verá mitigada si sufren una repentina indisposición estomacal, de mayor relevancia si llevan adherido a un infante de dos años, al que no se puede dejar a cargo del herrero o de la lavandera, ya que los belenes vivientes son en realidad belenes respirantes y sólo eso, respirar, se permite a los actores. Ni qué decir tiene que no hay servicios en los alrededores, tal y como le informarán amablemente los policías municipales y los miembros de emergencias. En situación parecida es mucho mejor sufrir un infarto que un retortijón.

Simulación psicodélica.

Simulación psicodélica o no tanto.

Ya estarán pensando que en Cataluña el caso habría tenido fácil solución: hubiera bastado con subirse a un risco y adoptar la posición de caganer con niño. Sin embargo, el Belén castellano es más recio y escasamente libertino. De modo que sólo queda devolver a la criatura a un familiar cercano y escapar corriendo por oscuras callejuelas para acomodarse, por fin, en una esquina, protegido por la noche negra pero expuesto a mil peligros entre los que destacaremos el espadazo de centurión o el garrotazo de vecino.

Será en ese preciso instante, humillado y al relente, cuando el visitante adquirirá plena conciencia de la incomodidad de nacer en un pesebre hace dos mil años. En esos pensamientos, y en otros más profundos, se entretendrá el aliviado turista cuando regrese al portal guiado por una estrella. Belén viviente, lo llaman. Y es la pura verdad.

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3 Comentarios

  1. Tomás Luís de Victoria

    <i<Soberbio. Nunca nadie había condensado la vida de Jesús en tan corto lapso de tiempo, desde su nacimiento en Belén a la travesía por el desierto, pasando por el calvario, para finalizar ascendiendo a los cielos después de una larga agonía. Juanma : el Belén viviente eras tú.

  2. Damián Ros

    Desternillante.

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