Vajilla modelo Real Madrid.

 

Cada uno es muy libre de desgarrarse la camisa cuando le venga en gana, pero la Duodécima no es un triunfo desgarrador. Es una victoria absoluta, aplanadora, bien masticada. En las finales contra el Atlético existía el miedo a la burla y al ‘sorpasso’. En las finales anteriores se sentía el miedo de no volver pronto, que en la Séptima fue el terror a no volver nunca. En Cardiff no hubo temores confesados o inconfesables. La inquietud de muchos aficionados era un nerviosismo de carácter supersticioso, en ningún caso real. Los jugadores ni siquiera se tomaron el esfuerzo de disimular. La conquista fue razonada y el marcador descriptivo. La desolación de la Juventus tampoco fue desgarradora. Si acaso un par de lágrimas que se resistieron a salir, y no por perder lo que se pudo ganar, sino por el camino en balde, por la ilusión gastada, por la ‘porca miseria’.

Cada uno es muy libre de remojarse en las fuentes que le plazca, hace buena noche, pero la Duodécima es una Copa para el baño con espuma y las velas aromáticas. La victoria confirma el dominio de un equipo que no ha ganado por tener mejores espíritus, sino mejores futbolistas. Esta vez, la historia no tiene nada que ver, ni el escudo, ni la leyenda. Sólo el fútbol. Esto no es un asalto a un castillo, es la consolidación de la Pax Romana.

Cada uno es muy libre de invocar a la gloria o de agotar los adjetivos de las grandes ocasiones, pero la final no fue eso. La Juventus igualó el pronóstico y nos llevó al descanso con algunas dudas. Esa fue su medalla. Sin embargo, la incertidumbre que todavía cala en los seguidores más veteranos no alcanza a los futbolistas de un equipo que se sabe superior, capaz de recuperar cada metro perdido y cada gol en contra. No fue épico, porque la épica mete la supervivencia en la ecuación y aquí no vimos peligrar el cuello. El Madrid nunca se planteó mancharse las manos de sangre, sólo de grasa.

Cada uno es muy libre de fundirse el claxon o el hígado, pero unos y otros deberían pensar que el año que viene puede repetirse la fiesta, y que cada vez cuesta más recuperarse de las celebraciones sin límite. Cuiden sus cuerpos, porque el equipo tiene recorrido para estirar su gloria tres años más, y no debe ser casualidad que el doblete de Cristiano fuera culminado por el tanto de Asensio. Cuidemos a Zidane porque la huella que se le discute en el campo no se le puede negar en el vestuario. Aun antes que los equipos, ganan los grupos.

Cada uno es muy libre de beberse la fiesta como prefiera, pero yo recomiendo saborear la noche. Respirar tranquilo, abrazarse fuerte, follar lento y dosificarse, porque vendrán más.