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Gloria (o un jersey) a los fugados que nunca ganan

Fugados, los últimos románticos.

 

Se impone un maillot que identifique al ciclista con más kilómetros en fuga. Podría ser un jersey marrón, por razones obvias, o un maillot de color verde esperanza (la regularidad debería ser naranja, como los periódicos financieros). Quien lo vistiera sería uno de los favoritos de la afición, como lo fue en tiempos el portador del maillot negro (la maglia nera), que identificaba en el Giro al último clasificado (1946- 51).

Si el ciclismo tuviera corazón y la UCI sentimientos, el italiano Benedetti sería reconocido como el líder de los lobos solitarios, con más de mil kilómetros en fuga desde que empezó la temporada (Noruega, Dauphiné, Lieja, Trentino, Adriático…). Él fue uno de los escapados, o sería más correcto llamarlos “escapistas”. Lo cierto es que todos tenían experiencia en la excavación de túneles, en la falsificación de documentos y en narcotizar pastores alemanes: además de Benedetti, allí estaban Howes (sublevado habitual), Roy (gregario del extinto Pinot) y Elminger, un suizo que hace dos años fue atrapado en el último kilómetro.

Que alguien pida perdón a Hinault (Cavendish, por ejemplo)

Hinault, cuando era dueño del ciclismo.

Hinault, cuando mandaba más que Springsteen. Qué tiempos.

 

Bernard Hinault, el afable anfitrión del podio, ya ha cumplido los 61 años. En líneas generales mantiene un buen aspecto, envidiable según con quién le comparemos, pero ya no es lo que era. De un tiempo a esta parte le hemos descubierto una esclava en una muñeca y una peligrosa tendencia a subirse los pantalones más allá de lo razonable.

Ese inexorable acercamiento a la senectud duele especialmente a quienes recordamos al Hinault ciclista, un corredor imponente que inspiraba, casi en la misma medida, miedo y admiración. Hinault era un grandísimo corredor que se acompañaba de una mirada de taladro. Un tipo guapo y de mal humor que igual que rindió enemigos pudo rendir princesas. Sus apodos definen al personaje: Tejón, Caimán y Le Patron. Hinault mandaba y mordía, autorizaba ataques, imponía jornadas de calma y nombraba herederos.

De García Márquez a Cavendish

Voeckler y Fonseca, camino de Macondo.

Voeckler y Fonseca, camino de Macondo.

 

No se cayó Contador, al menos no hay constancia. Tal y como transcurrían los acontecimientos, debemos celebrarlo como un triunfo. Más ánimos y mejores costras. Al rayo de optimismo se podría sumar un rayo del sol, el que se anuncia camino de Limoges. Es posible que el Tour haya dejado de mordernos la pernera. No lo diremos muy alto, no obstante.

Si nos centramos en lo ocurrido, habrá que señalar que la tercera etapa fue una jornada extraña y sólo cabe agradecerlo. La historia da para un relato de García Márquez: un ciclista de nombre Armindo Fonseca quiso que le atrapara el pelotón y sólo fue atrapado cuando no lo quiso, a ocho kilómetros de meta. Así sucedió sin que añadamos una coma. El francés Fonseca (hijo de un emigrante portugués) se fugó con el banderazo y no tardó en comprender lo absurdo (y lo cansado) de su aventura. Cuando levantó el pie descubrió que sus perseguidores habían hecho eso mismo mucho antes. El gran grupo estaba de paseo y la diferencia no se reducía por mucho que el escapado diera las buenas tardes a los aficionados en la cuneta.

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