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Arthur Kinnaird, un héroe (barbudo) de otra época

Por Tomás García de la Plaza

Andaba Karl Marx elaborando alguna fundamentación teórica en su mansión de Wilmington Square sin reparar en que al otro lado del Támesis, en Kennington, se iba a celebrar la primera final de la Football Association Challenge Cup, la legendaria Copa de Inglaterra, un torneo que nacía de forma muy modesta, sin grandes pretensiones y sin que nadie pudiera imaginar que siglo y medio después se convertiría en la competición futbolística más querida y famosa del mundo, en el lugar sagrado donde se preservan los valores más preciados y el espíritu verdadero del fútbol.

Corría un dieciséis de marzo de 1872, un día espléndido de sol, un inesperado adelanto de la primavera, una jornada que, según los cronistas de la época, resultó demasiado calurosa para la práctica de un deporte de invierno. Entonces, el fútbol, y el rugby, eran deportes que tan sólo se practicaban en la estación invernal,  dejando el calendario veraniego prácticamente en exclusiva para el críquet, el deporte nacional. O la caza. Del zorro.

El fútbol era todavía minoritario y los británicos, además del críquet,  sentían predilección por otras actividades menos burdas y asilvestradas, ya fuese el tiro, las distintas modalidades de billar o la hípica. Además, la organización del torneo, que contó con la participación de quince equipos, fue un auténtico desastre. Varios conjuntos se retiraron sin haber jugado ningún partido y combinados como el escocés Queen’s Park, sólo pudieron seguir adelante en la competición gracias a las donaciones de sus simpatizantes.

Así que el novedoso acontecimiento tan sólo congregó a unos 2.000 espectadores, que pagaron un chelín por la entrada en el Kennington Oval londinense. Entre el público se encontraba casi toda la plantilla del periódico Sportman, el gran impulsor del torneo, y la directiva en pleno de la Football Association, la Federación inglesa de fútbol, fundada nueve años atrás, en 1863, en la planta superior de la Freemason´s Tavern, una céntrica taberna pública en el corazón de Great Queen Street. Pero entre todos sobresalía la abundante y larga barba de Arthur Fiztgerald Kinnaird, más tarde barón Kinnaird de Inchture y leyenda del fútbol británico. Era un corpulento escocés que, con apenas veintidós años, acababa de acceder a un cargo de asesor en la Federación, un lugar en el que iba a permanecer cincuenta y cuatro años, treinta y tres de ellos como presidente.

Kinnard, historia del fútbol.

Lord Kinnaird, pionero del fútbol británico.

Kinnaird sentía una gran pasión por el fútbol y vivía aquel nuevo deporte con enorme intensidad, aunque todavía no compaginaba los despachos con el campo de juego ni se imaginaba que llegaría a ser uno de los grandes pioneros de la historia del balompié. El primer futbolista que alcanzaría la categoría de superestrella.

El barbudo espectador no perdía detalle de la primera gran final entre los legendarios Wanderers, y los oficiales del ejercito del Royal Engineers. Conocía personalmente al árbitro, Alfred Stair, y a casi todos los jugadores. A los del Wanderers, que alinearon a Bowen, Thompson, Welch, Charles Alcock (periodista del Sportsman ,  inventor  del torneo y, para muchos, del deporte moderno) Betts, Bonsor, Hooman, Lubbock, Vidal y Wollaston. Y a los del Royal Engineers, que dispusieron sobre el Oval a Maridin, Merriman, Addison, Cresswell, Mitchell, Renny-Tailyour, Rich, Goodwyn, Muirhead, Cotter y Bogle. Era un pequeño mundo de ilustres amateurs que compartían la pasión por el juego y que jamás pensaron que se pudiera cobrar por ello.

En aquellos tiempos, las reglas todavía eran muy básicas y el fútbol continuaba pareciéndose mucho al rugby. No en vano, la Football Asociation, el embrión de la Federación inglesa de fútbol, fue una escisión creada entre todos los partidarios de que el juego se desarrollase sin que intervinieran las manos.

En lugar de larguero, una cinta o soga unía los dos postes. Los equipos cambiaban de campo cada vez que se marcaba un gol. No existían los dorsales, y ni las áreas  ni el círculo central tenían delimitaciones visibles. Apenas se cabeceaba el balón. Los saques de banda se realizaban con una sola mano y los ejecutaba el equipo que había enviado fuera el balón. No había dorsales con números en la espalda de los jugadores y tampoco estaban permitidas las sustituciones, algo que resultó decisivo para determinar el primer ganador de la Copa inglesa, ya que Edmund Cresswell, del Royal Engineers, se rompió la clavícula a los diez minutos de juego y los Wanderers jugaron con un futbolista más durante casi todo el encuentro.

El único gol de la final, el primero de la historia de la FA Cup, lo marcó para los Wanderers Morton Peto Betts, miembro del comité de la Federación que aprobó el nacimiento del torneo, con un tiro muy ajustado que, de acuerdo con los testimonios de la época, entró con fuerza por arriba,  rozando la cinta.

El ganador recibiría la primera Copa de Inglaterra, el legendario The Little Tin Idol, el pequeño ídolo de hojalata. Un modesto trofeo de plata de no más de 25 centímetros de altura creado por la firma Martín, Hall & Co. y que costó unas 20 libras.  Pero el trofeo no se entregó, como se esperaba, al término del partido. La Copa estuvo en poder del entonces presidente de la Federación, Ebezener Cobb Morley, al menos cuatro semanas, hasta que en la cena anual de los Wanderers, celebrada en el restaurante Pall Mall de Charing Cross, hizo entrega por fin de la ansiada copa. El pequeño ídolo de latón resistió veinticuatro ediciones, hasta el 11 de septiembre de 1895, cuando fue robada de las oficinas del Aston Villa, su último ganador. Nunca más volvió a aparecer.

Ese mismo verano, Arthur Kinnaird entró a formar parte de la plantilla de los Wanderers, los primeros campeones de la competición. No tardó en hacerse notar. Sólo tuvieron que disputarse un par de encuentros para que todos reconocieran que había llegado un futbolista distinto, alguien por encima del resto. Charles Alcock, desde su tribuna en el Sportman, afirmaba que el barbudo y atlético futbolista era, con diferencia, el mejor jugador de la época. Luchaba por el balón en cualquier parte del campo, era fuerte, rápido y valiente , y no perdía ni un segundo la vista de la pelota. Un excelente capitán.

El equipo campeón de la FA Cup no jugó la ronda preliminar y accedió directamente a la final por primera y única vez en la historia del torneo. Así que el veintinueve de marzo de 1873 , los Wanderers, con Kinnaird a la cabeza, saltaron a la pradera del estadio de Lillie Bridge para enfrentarse a la Universidad de Oxford, que había superado las eliminatorias previas con gran brillantez. La organización decidió celebrar la gran final en Lillie Bridge por encontrarse en la ribera del Támesis y así poder disfrutar también de la regata entre las universidades de Oxford y Cambridge, que se celebraba el mismo día.

Se esperaba mucho de Kinnaird y el barbudo escocés no defraudó. El diario Sporting Life, que realizó una magnífica cobertura del evento, señalo a Kinnaird como el principal artífice de la victoria de los Wanderers, que se alzaron con su segundo triunfo consecutivo.

Kinnaird, señalaron los cronistas, era un atleta portentoso, con un coraje extraordinario y una calidad extrema. El primer gol de los Wanderers lo marcó Wollaston, y el segundo, Kinnaird, cerrando así una maravillosa exhibición.

La Universidad de Oxford no tuvo su día; además de perder la final de la FA Cup, tampoco pudo superar a Cambridge en la clásica prueba de remo sobre el Támesis.

Kinnaird acababa de jugar la primera de las nueve finales que disputó y conquistaba el primero de los cinco títulos que consiguió, tres con los Wanderers y dos con los Old Etonians. Un privilegio que sólo dos jugadores más han conseguido en la historia de la FA Cup; Charles Wollaston, del Wanderers y James Forrest, con el Blackburn Rovers.

Sólo había un jugador que podía hacerle sombra en aquella época y era íntimo amigo suyo y compañero en los dos clubes en los que jugó. Kinnaird era para Escocia lo que William Kenyon-Slaney para Inglaterra. Capitán del ejercito y diputado en el Parlamento británico, Kenyon-Slaney logró el primer gol de la historia del fútbol internacional entre selecciones nacionales; marcó a los diez minutos de juego del partido que Escocia e Inglaterra disputaron 1873 en el Kennington Oval, el primer partido oficial entre combinados de distintos países.

Tanta amistad les unía que, Lady Alma Kinnaird, esposa del gran futbolista escocés, presionó a Kenyon-Slaney para que convenciera a su marido de que abandonase la práctica del fútbol. No puede continuar así, le dijo Lady Alma, esto va a acabar con una pierna rota, remachó. Puede ser, contestó Kenyon-Slaney, pero apuesto a que no será la suya.

Después de asombrar a todos con su espectacular forma de entender el fútbol y ocupar diferentes cargos en la Federación, alcanzó la presidencia en 1888 siendo ya un honorable miembro de la sociedad británica. Lord Kinnaird, presidente del YMCA de Escocia, alto comisionado de la iglesia escocesa y uno de los fundadores de la Escuela Politécnica de Londres, murió en 1923 al frente del fútbol británico, justo cuatro meses antes de la primera final en Wembley, el escenario mítico del torneo, una pieza insustituible de la historia de la FA Cup que Kinnaird, nunca llegó a conocer.

 

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1 comentario

  1. amrs21

    Las copas copas de otros tiempos tenían una extraña propensión a sufrir robos.
    Es una historia maravillosa y curiosa a la vez, porque remarca hasta qué punto esto era un juego y se convirtió en un asunto capital para la Humanidad. Es extraordinario lo que hace la pasión.
    Paradójicamente, entonces el hecho de asistir a un partido de fútbol era algo excepcional; hoy en día, entre dos enlaces uno puede seguir toda la intriga del ascenso a la élite de la liga exótica que elija.
    Magnífico, muchas gracias.

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