Crónicas Mundanas

Relatos de deporte, cine, política y de lo que sea menester

Mes: mayo 2016 (Página 2 de 2)

El Real Madrid resistirá hasta el final (como suele)

Debe ser imposible abstraerse de lo que sucede fuera cuando lo de fuera importa. Doy por hecho que los jugadores del Real Madrid escucharon voces durante su partido, voces que se sumaron a las que escuchaba el Valencia y, por supuesto, a las que escuchaba el público. Voces inconexas, en su mayor parte, como las que emite un dial enloquecido. Unas voces hablaban de lo que pasaba en el Camp Nou y otras de los problemas del Atlético, sin que faltaran las que daban noticia del pánico en Getafe o San Sebastián, incluso de la retirada de Valerón; en los corazones grandes caben muchos amores.

Antes se llamaba tarde de transistores y nos entendíamos todos. Ahora son tardes de auriculares o de vibraciones íntimas, depende de dónde se guarde usted el móvil. En esas condiciones se hacía difícil jugar al fútbol y hay que felicitar a los que lo consiguieron. Si Cristiano volvió a brillar en una tarde tan peculiar es porque él está habituado a las voces interiores, esas que le piden más y más, las mismas que le informan de los goles de Luis Suárez, probablemente con una electrocución íntima.

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22-11-63: lo que le debe una serie a un buen libro

James Franco, protagonista de 22-11-63.

James Franco, encargado de salvar a Kennedy. Mal asunto.

 

Cada vez que me gusta una novela imagino, mientras leo, le versión cinematográfica. De manera que, al mismo tiempo (y por el mismo precio), soy lector, protagonista y director de cásting. Así que cuando se anuncia la película o la serie acudo raudo a comprobar si el director me ha hecho algo de caso. Sobra decir que jamás atienden mis sugerencias; bastante tienen con podar el libro para que la producción no dure 16 horas.

No me desanimo. Las adaptaciones de aquello que me gustó me interesan aunque sean pésimas o simplemente estén por debajo de mis expectativas. Me sucede con “22-11-63”. La novela de Stephen King aúna dos asuntos que me resultan especialmente fascinantes: el asesinato de Kennedy y los viajes en el tiempo. Cuando supe que la serie estaba disponible, me lancé a ella vorazmente y en ella sigo a la espera del siguiente capítulo.

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Un ¿tributo? a Kobe Bryant

Kobe Bryant, número registrado.

Kobe, la marca del zorro. O de la mamba.

 

Por Carlos López Vivas

Con los ídolos ocurre algo extraño: los que tenías a los diez años son los que te marcan. Luego por tu vida pasan grandes jugadores –o músicos, artistas o escritores– pero ya no es lo mismo…

Con doce años quedarse a ver “Cerca de las Estrellas” era jugar a ser mayor. Lo mismo que luego a los catorce levantarse para ver el porno codificado del Plus. De esa forma descubrimos todos la NBA a finales de los ochenta. Y las vaginas sin vello púbico a principios de los noventa, intuidas entre rayas en blanco y negro. Sí, sin vello púbico, para desgracia de Esteso, no como las del Interviú que ya le hojeabas –con y sin “h”– a tu padre, que él compraba sólo por los artículos de opinión.

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El Real Madrid se cita en Milán con un rival de verdad

Los tópicos sobre los clubes de fútbol deberían ser mentira, pero son verdad. En cada club hay una esencia que permanece, independiente de los años y de las generaciones, al margen, incluso, de la tesorería. Desde hace más de medio siglo, la esencia del Real Madrid es la Copa de Europa. Puede ganarla en las condiciones más adversas, cuando no se le espera o cuando se esperaba a otros. Sólo así se puede explicar que vaya a pelear por su undécimo título en una temporada que nació triste y torcida. Poco ha importado. Ni cambiar de entrenador media docena de veces hubiera sido relevante. Casi nada afecta al Madrid cuando disputa su torneo, el único por el que merece la pena trepar por la Cibeles.

Al City es obvio que el dinero le ha sentado mal. El club ha perdido el contacto con la tierra y el equipo lo acusa dramáticamente, hasta el punto de que a los jugadores les costaría distinguir el escudo de la marca comercial. No hay pizca de pasión en el City, ni siquiera afloró en los últimos minutos del partido más importante de su historia, como si les divirtiera más mirar la final que se avecina que jugarla.

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Periscope (fabulado) de Simeone antes de la batalla

 

Es fácil imaginar a Simeone, fina aleación de Bilardo y Luis Aragonés, en las horas previas al partido: su mirada, los paseos nerviosos alrededor del hotel, los ánimos personalizados al encuentro nada fortuito con cada jugador, no importa dónde, en el hall, en el ascensor o en un pasillo: “Antuán, vos te lo comés, ese Alaba es un queso”; “Saulito, aprovechá, porque esos pibes se piensan que eres Beckenbauer, no les quités la razón”; “Godín, tú ya lo sabés, al polaquito ni las buenas tardes”.

Parecido será lo del Mono Burgos, aunque de menos palabras y más cachetadas: en el pecho, en la espalda, en el hombro o, llegado el caso, en los genitales, para recordar a los muchachos que los tienen y habrá enemigos que se los querrán tocar esta noche. Y no se quedará atrás el Profe Ortega, corrigiendo a cada futbolista la postura al caminar o al comer, sugiriendo estiramientos, recomendando siestas, ahorren energía, ustedes corren más, han trabajado mejor y los tienen más grandes (los tendones, se entiende).

La charla final los congregará a todos en una sala de reuniones, con el Cholo de conferenciante, los gestos más altos que la voz: “Yo les invito a que salgan y los miren. A los alemanes, digo. Están cagados. Miren al recepcionista, al chico de las maletas o al camarero que les ha servido el arroz. Les sonríen porque están cagados y tienen bronca. No se explican cómo les podemos sacar ventaja si sólo tenemos dos rubios y son de peluquería…”.

“Dicen que nos hacemos futbolistas para jugar estos partidos, pero yo digo que la concha de su madre: nos hacemos futbolistas para ganarlos… Ellos juegan en casa y empujarán. Nada nuevo. Ustedes saben lo que tienen hacer y saben que funciona. Y no se olviden de la gente que está ahí fuera, de los nuestros. Ellos tiene una venganza pendiente y nos han pasado el encargo… Adelante, pibes y cómanse el mundo”.

Así lo imagino yo, llegados estos partidos a vida o muerte. Un discurso conmovedor, una arenga como la de Pacino en Un día cualquiera, un torrente de emociones, una actuación en carne viva. Eso imagino yo, pero podría estar equivocado. Del Bosque, antes de la final del Mundial, sólo quiso recalcar a sus jugadores (y cito de memoria) que no defendían el honor de un país, que simplemente eran futbolistas y que tuvieran presente que había muchos niños mirando. Más palmadas que frases. Quizá las cosas sean de ese modo. Los protagonistas siempre repiten que en partidos semejantes no hace falta decir nada. Cada uno es como es. Yo, si estuviera por allí, me limitaría a decirlo a todo.

Arthur Kinnaird, un héroe (barbudo) de otra época

Por Tomás García de la Plaza

Andaba Karl Marx elaborando alguna fundamentación teórica en su mansión de Wilmington Square sin reparar en que al otro lado del Támesis, en Kennington, se iba a celebrar la primera final de la Football Association Challenge Cup, la legendaria Copa de Inglaterra, un torneo que nacía de forma muy modesta, sin grandes pretensiones y sin que nadie pudiera imaginar que siglo y medio después se convertiría en la competición futbolística más querida y famosa del mundo, en el lugar sagrado donde se preservan los valores más preciados y el espíritu verdadero del fútbol.

Corría un dieciséis de marzo de 1872, un día espléndido de sol, un inesperado adelanto de la primavera, una jornada que, según los cronistas de la época, resultó demasiado calurosa para la práctica de un deporte de invierno. Entonces, el fútbol, y el rugby, eran deportes que tan sólo se practicaban en la estación invernal,  dejando el calendario veraniego prácticamente en exclusiva para el críquet, el deporte nacional. O la caza. Del zorro.

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