Tour: cuando el amarillo no es gafe.

Tour: cuando el amarillo no es gafe.

 

No hay color. O sólo hay uno: amarillo. Pocos Tours tan plácidos para un vencedor como el tercero que ganará Froome. Sin ataques y sin amenazas, salvo que quien tira los dados me quiera llevar la contraria en los dos próximos días. Y sin Contador, al que se echa de menos. Nadie podrá negarle estos últimos años su papel de fiel oposición, su obstinada resistencia. Esa baza la ganó gratis Froome cuando quien tira los dados decidió tirar también a Alberto.

Que el líder se impusiera a Tom Dumoulin en la cronoescalada tiene algo de simbólico: hay relevo, aunque todavía falta un verano, dos a lo sumo. A Indurain le cuesta admitir el parecido del holandés con su yo ciclista, pero la evidencia no se puede negar: planta de galán, estupendo contrarrelojista, notable escalador y corazón de tres semanas. Sólo queda hacer inventario del mobiliario de su cabeza.

El futuro nos distrae del presente y evita nuevos lamentos. No crean que el recorrido de esta edición estaba pensado para Froome. Si algo caracteriza a los campeones es que hacen suyos los trazados que parecían para otros, igual que los golfistas ilustres firman los campos donde retoza la ancianidad pudiente.

Cierto es que en el pasado las cronoescaladas eran jornadas de vértigo. La primera se disputó en 1958 en el Mont Ventoux, con victoria de Charly Gaul sobre Bahamontes por 31 segundos. Años después se suspendieron para no perjudicar a Anquetil y tiempo más tarde, tras haberse recuperado, se volvieron a suspender para no favorecer a Merckx.

Dieciocho cronoescaladas desde el Ventoux hasta ahora (sobre un total de 207 cronos) son escaso consuelo para los que miramos de reojo a esta diabólica especialidad inaugurada en 1934 (¡90 kilómetros!) y que glorifica el esfuerzo sociópata. Mejor la compañía, incluso la multitudinaria. Con organización, naturalmente.