Crónicas Mundanas

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Etiqueta: oscar 2017

Comanchería: lejano y olvidado Oeste

Gran película, aunque no exactamente un thriller.

Gran película, aunque no exactamente un thriller, si Le Figaro me lo permite.

 

El Oeste o lo que queda. Comanches o los que quedan. Vaqueros con vacas y forajidos con hipoteca. Y, por supuesto, un sheriff con su ayudante. Comanchería es western, road movie y retrato de la América pobre y decadente que se quedó por el camino. Amargura, ironía y un mínimo punto de optimismo, concretamente un punto final. Dentro de ese estuche cabe una persecución que agita, una amistad que conmueve y un peculiar sentido de la familia que no considera el vínculo de sangre como un concepto metafórico. Cabe mucho, como se ve. Añadamos la fabulosa interpretación de Jeff Bridges (nominado a mejor actor de reparto), de obligado disfrute en versión original, y el glorioso descubrimiento de Chris Pine adulto y con bigote, por no mencionar a su psicótico hermano Ben Foster. No parece que haya grandes concentraciones de esperanza en el aire de Nuevo México, pero bajo la tierra todavía se puede encontrar algo de petróleo.

Hell or High Water (expresión que podríamos traducir como “pase lo que pase”,  “caiga quien caiga” o “contra viento y marea”) fue titulada en España como Comanchería, en libérrima interpretación del nombre original que recibió numerosas críticas. Sin embargo, el filólogo de la productora acertó de pleno. En el título está casi todo y en la película se descubre el resto. Comanchería no es sólo el territorio que ocuparon los comanches, extendido desde Nuevo México al norte y al este. Comanche significa “enemigo de todos” y es un indio (Gil Birmingham, de origen comanche) quien pone el contrapunto perfecto para el delicioso sarcasmo del sheriff Bridges.

Es justo que la Comanchería de David Mckenzie esté incluida entre las nueve candidatas a mejor película del año. Días después de ser vista todavía hay desierto bajo los zapatos de los espectadores y nube gris sobre sus cabezas. También un mínimo punto de optimismo.

Moonlight, cartas marcadas

Aclamación general. Las razones son otra cosa.

Aclamación general. Las razones son otra cuestión.

 

Me siento algo raro, la verdad. La razón es que no me ha gustado la aclamada Moonlight, candidata a ocho Oscar, entre ellos el de Mejor Película. No me atrae este relato, o no lo suficiente, o no todo el tiempo. Tampoco me atrapa el ritmo. Se me hace larga. Me interesa más la presentación que el desarrollo. En mi opinión, el interés y la magia decaen cumplido el primer tercio, precisamente cuando desaparece el personaje interpretado por Mahershala Ali, bien conocido y admirado por los seguidores de House of Cards. No me quito de la cabeza que la historia estaba en ese acto inicial y quiero pensar que el director Clint Eastwood coincidiría conmigo: de la relación del tipo duro con el niño roto se desprende un intenso aroma a Gran Torino. Abandonada esa posibilidad, o tomado otro camino, mucho de lo que se muestra ya nos lo enseñó Brokeback Mountain.

Tengo la impresión de que Moonlight juega con algunas cartas marcadas. Intentaré explicarme. Al tratar en mayor o menor medida el acoso infantil, el mundo de las drogas y la homosexualidad perseguida, la película parte con varias medallas aun antes de empezar la carrera. Quien no valore la película corre el riesgo de ser confundido con alguien que no considera relevantes el acoso infantil o la homosexualidad perseguida. Algo similar sucedió con Brokeback Mountain. Si añadimos el componente racial, una producción negra con reparto negro, podemos comprender mejor el elogio unánime del Hollywood racista que niega serlo. Tengo la impresión de que Fences y Figuras Ocultas están en situación parecida: un año después, y como respuesta a las denuncias por discriminación racial, el establishment incluye tres películas negras entre las triunfadoras de la temporada. Me parece una lástima, aunque tal vez sea una esperanza.

Fences: Denzel vs Washington

Denzel contra Viola. Campeón y spárring.

Denzel contra Viola. Campeón y spárring.

 

No miente el cartel de Fences: presenta la película como un combate de boxeo, Denzel contra Viola. El duelo interpretativo es el reclamo principal y desde ese punto de vista no defrauda, muy al contrario. Hasta diría que el visionado se puede canjear por créditos en la Escuela de Cristina Rota. Sin embargo, cuando coinciden en escena tan grandes actores siempre se corre el mismo riesgo: que la trama esté al servicio de los intérpretes y no al revés. Tal cosa genera una espesura dramática que se resulta gloriosa por momentos y pesadísima el resto del tiempo, y no es poco el tiempo del que hablo (139 minutos).

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‘Manchester frente al mar’: abríguese antes de usar

Buena película y elogios desmesurados.

Casey Affleck frente a Michelle Williams y frente a la vida.

 

No todas las películas apetecen a todas horas. Hay algunas que exigen un cuerpo determinado, que es una forma de decir un ánimo particular. Manchester frente al mar pertenece a esa categoría. Quien la elija debe saber que le espera un drama de cocción lenta con ubicación en Nueva Inglaterra, lo que incide en el drama, en la cocción sosegada y, sobre todo, en el frío. Debe apetecer algo así, pasar frío, para disfrutar de lo que, sin duda, es una buena película. Es recomendable que el espectador conozca el paisaje antes para que disfrute de las vistas después. Y que se abrigue.

Lo que le espera es una historia sencilla de sentimientos complejos, sin más ornamento que el orden del relato: la tragedia que se descubre al tiempo que se muestran las secuelas. Descontado el director (o después de contar con él), el mérito de la película se apoya en la interpretación de Casey Affleck, protagonista principal y prácticamente absoluto (por cierto, nacido en Nueva Inglaterra). No hay actor que le saque tanto rendimiento a su inexpresividad y que nadie lo entienda como una crítica: no hay mayor dificultad que la sencillez. A su personaje se le notan todos los golpes y lleva unos cuantos encima. Sin embargo, lo que es un triunfo personal sobre la película se transforma en derrota cuando comparte plano con la inconmensurable Michelle Williams, especialmente en la escena más conmovedora de la película: el encuentro de ambos en una calle cualquiera y tiempo después de todo.

Manchester frente al mar es muy aconsejable si tienen el cuerpo adecuado: si sienten que su optimismo puede con cualquier cosa o si creen que su pesimismo se aliviará rebozándose en un drama superior. Tampoco es mala idea para quien tenga una manta abrigosa y no sepa qué hacer con ella.

‘La llegada’ o lo mucho que importa un marciano

Miradas profundas, bichos livianos.

Miradas profundas, bichos livianos.

Las películas de extraterrestres, y ruego que acepten una clasificación tan simple, tienen un problema fundamental: los propios extraterrestres. En cuanto aparecen en la pantalla, la historia se agrieta dramáticamente. Hay contadísimas excepciones. Spielberg nos mostró en ET lo que podríamos denominar como un marciano arquetípico: enano, tirando verde y con cierto sentido del humor. Nunca hubiera funcionado como amenaza, pero funcionó como peluche. El problema sobreviene con los alienígenas que no sonríen. La experiencia nos dicta que la mejor manera de mostrar a un extraterrestre inquietante es ocultarlo. Lo pudimos comprobar en Alien. La tensión es máxima cuando el visitante se insinúa, pero, al igual que sucede en otras muestras del género, decae cuando descubrimos que tiene aspecto de mantis religiosa, de lamprea o de pez abisal. Esa burda asociación del marciano con un bicho repugnante ofende a la imaginación además de a los propios marcianos.

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‘La La Land’: Cuando la vida puede ser maravillosa

La La Land. Tómese cada seis horas.

La La Land. Tómese cada seis horas.

 

Te haré llorar. Lee las noticias. La historia de los padres que comerciaron con su hija y un cáncer inventado. Los refugiados que se congelan en la Europa rica. Los que se ahogan en el Mediterráneo. Los autobuses de Alepo. Si consiguiera fijarte durante dos horas ante esas imágenes y en nuestra inacción, llorarías o no te faltarían ganas. Ahora intentaré que seas feliz. Y no digo reír, digo ser feliz. Para conseguir que el mundo te parezca un lugar maravilloso no me alcanza un chiste, ni el vídeo de un gato bailando claqué. Para hacer llorar o para hacer reír no hace falta más que un Informe Semanal y una cáscara de plátano. Para hacerte feliz, aunque sea un rato, necesitaría inventar algo formidable. Y no hablo de entretener, sino de provocar eso que podríamos denominar la sonrisa inconsciente, el primer síntoma de la felicidad. No, el objetivo ya no es tan fácil. Me tropezaré con tus prejuicios y con tu rechazo inicial, con el ancla que te agarra a la realidad. Para convencerte de que se puede volar sin alas y sin avión necesitaría ser muy persuasivo. Tanto como ‘La La Land’.

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