Crónicas Mundanas

Relatos de deporte, cine, política y de lo que sea menester

Categoría: Deporte

Messi-Cristiano: el delito no debería afectar a la admiración deportiva (creo)

John Wayne. Actor mítico, racista deplorable.

 

Creo que el error es grave. Los delitos fiscales que se relacionan con Messi y Cristiano Ronaldo son, para algunas voces que escucho y leo, una mancha que no sólo los afecta como ciudadanos, sino también como futbolistas. Los argumentos giran sobre una idea principal: ¿cómo pueden ser objeto de admiración quienes defraudan al fisco y, en consecuencia, nos defraudan a todos?

La respuesta es muy sencilla. Quienes deseen admirar a Messi y Cristiano tienen tan buenas razones para hacerlo como los admiradores de Frank Sinatra (mafioso), Michael Jackson (pedófilo), Lennon (maltratador), Kurt Cobain (drogadicto), González Ruano (estafador y colaboracionista), John Wayne (racista), Clint Eastwood (trumpfílico) o Jacques Anquetil (polígamo). Cuentan que Cary Grant era un tacaño patológico, que Bogart escupía al hablar y que Cervantes pudo entregarse en cuerpo y alma (sobre todo en cuerpo) a sus captores en Argel. Por no mencionar a Maradona.

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¿Es Nadal mejor que Federer?

Nadal, entre el cielo y la tierra.

Cuidado, no disparen todavía. Si me conceden una última voluntad pasaré a explicarme. Es obvio que si hacemos un simple recuento de títulos de Grand Slam, Federer mantiene sobre Nadal una ventaja incuestionable (18-15) que para muchos señala la distancia tenística entre ambos. Tampoco pienso entrar aquí en consideraciones estéticas (Federer juega y Rafa se retuerce) o fisiológicas (Nadal suda y el otro no transpira).

Lo que pretendo es sacar los números de la foto fija. La primera reflexión es que no valen lo mismo los 18 títulos de Federer que los 15 de Nadal. La razón es sencilla: Rafa comenzó a labrar su palmarés cuando ya era campeón Federer, mientras el suizo cosechó sus primeros triunfos de Grand Slam (a partir de ahora GS) en un periodo entreguerras, el que se abre entre el declive de Agassi-Sampras y la aparición de Nadal-Djokovic. La diferencia es notable porque tanto Nadal como Djokovic (12 GS, no lo olvidemos) compiten de lleno en una época que hace coincidir a los tres tenistas más dominantes de la historia, y espero que esto no me lo discutan. Un apunte: cuando Nadal conquista su primer Roland Garros a los 19 años, después de eliminar a Federer en semifinales, el mejor tenista de la historia (o no) había ganado ya dos Wimbledon (Philippoussis y Roddick), un Abierto de Australia (Safin) y un Open USA (Hewitt). ¿Les molestará si digo que de esa ventaja vive ahora?

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Rafa te mira a ti

Nadal, uno de los nuestros.

 

No voy a decir aquí que Nadal es admirable, no pretendo hacerles perder el tiempo. Personalmente, no encuentro comparación deportiva con la alegría que me han provocado sus triunfos y la decepción que me generan sus derrotas. Supongo que carreras tan prolongadas despiertan una relación casi familiar con los aficionados y tengo por seguro que había una enseñanza vital en su obstinación, en su negativa a darse por vencido hasta en las bolas más endemoniadas, primer paso para doblegar mentalmente a adversarios teóricamente más dotados. Nadal, en sus mejores tiempos, no sólo acumulaba victorias espléndidas; escribía libros de autoayuda.

Rafa nunca fue, como Indurain, un constructor de éxitos apacibles. Al contrario: te conducía hasta el límite de la fe. Todavía conserva eso. En cuanto reniegas, Nadal gana un punto extraordinario o remonta un juego perdido. En cuanto dejas de mirar, porque te rindes, Nadal te reclama para que veas, te grita a ti.

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Liga devaluada (con perdón)

Seamos honestos, el título de Liga está devaluado. Lo está cuando lo ganan Barcelona o Real Madrid, lo que viene a ser casi siempre, y las excepciones, tres en este siglo, sirven para confirmar la regla. Para comprobar que el título está devaluado (sobrevalorado, si lo prefieren) es suficiente con observar la celebración, cada vez más impostada, de las respectivas aficiones, dócilmente coreografiadas por los clubes. Nada extraño, por otra parte. Cualquier cosa que se gane 32 o 24 veces deja de ser, forzosamente, extraordinaria.

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