Crónicas Mundanas

Relatos de deporte, cine, política y de lo que sea menester

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Se coló un árbitro

Árbitros, criaturas prodigiosas.

No sé qué escribir. Tenía los pulmones preparados para gritar por la ventana, tal y como merecen las eliminatorias que se resuelven en la prórroga. Sin embargo, antes de proceder, me llegó un aluvión de capturas televisivas que mostraban el fuera de juego de Cristiano en los goles que sentenciaron el pase, el segundo y el tercero. No soy partidario de entretenerme con los árbitros y sobre ello insisto a menudo, también cuando el Barça remontó al PSG. Considero al árbitro como un poste que te ayuda o como un palo contra el que te estrellas, tan imprevisibles y tan cargados de electricidad como una tormenta de verano. No creo en sus malas intenciones, sino más bien en sus instintos básicos: miedo, agresividad, deseo de agradar o de corregir…

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La hora de la verdad

El Real Madrid, camino de la Duodécima.

El Real Madrid, camino de la Duodécima.

 

Todo es mentira hasta que llega la hora de la verdad. Lo anterior, a lo que hemos dedicado el tiempo durante ocho meses, ha sido la descripción de pequeñas glorias y dramas en miniatura con la misma perdurabilidad que una pompa de jabón. La hora de la verdad es perder en Múnich y tener que reponerse. Aceptar que un mal comienzo no implica un mal final. No afligirse cuando lo harían otros y trasladar el partido de lo anecdótico (el ambiente, los cojones, los accidentes) a lo esencial, quién es mejor.

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Liga devaluada (con perdón)

Seamos honestos, el título de Liga está devaluado. Lo está cuando lo ganan Barcelona o Real Madrid, lo que viene a ser casi siempre, y las excepciones, tres en este siglo, sirven para confirmar la regla. Para comprobar que el título está devaluado (sobrevalorado, si lo prefieren) es suficiente con observar la celebración, cada vez más impostada, de las respectivas aficiones, dócilmente coreografiadas por los clubes. Nada extraño, por otra parte. Cualquier cosa que se gane 32 o 24 veces deja de ser, forzosamente, extraordinaria.

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Guardiola, éxito o fracaso

La pasada semana, después de la eliminación del Bayern ante el Atlético, Santiago Segurola publicó en Marca un interesante artículo que titulaba: “Guardiola y las antípodas del fracaso”. El título ya resulta bastante descriptivo y la argumentación, del máximo interés (quiero insistir), sigue la misma línea, impecable en el desarrollo y discutible en el juicio final. Como mi osadía sólo es comparable a mi ignorancia, me permití el lujo de disentir y así lo hice público en Twitter, por hablar de algo. Ni qué decir tiene que me encontré con adhesiones inquebrantables y con críticas clorhídricas, casi en la misma medida. También hubo quien me pidió (uno, creo) un razonamiento más extenso que la simple disensión y aquí voy a exponerlo.

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Periscope (fabulado) de Simeone antes de la batalla

 

Es fácil imaginar a Simeone, fina aleación de Bilardo y Luis Aragonés, en las horas previas al partido: su mirada, los paseos nerviosos alrededor del hotel, los ánimos personalizados al encuentro nada fortuito con cada jugador, no importa dónde, en el hall, en el ascensor o en un pasillo: “Antuán, vos te lo comés, ese Alaba es un queso”; “Saulito, aprovechá, porque esos pibes se piensan que eres Beckenbauer, no les quités la razón”; “Godín, tú ya lo sabés, al polaquito ni las buenas tardes”.

Parecido será lo del Mono Burgos, aunque de menos palabras y más cachetadas: en el pecho, en la espalda, en el hombro o, llegado el caso, en los genitales, para recordar a los muchachos que los tienen y habrá enemigos que se los querrán tocar esta noche. Y no se quedará atrás el Profe Ortega, corrigiendo a cada futbolista la postura al caminar o al comer, sugiriendo estiramientos, recomendando siestas, ahorren energía, ustedes corren más, han trabajado mejor y los tienen más grandes (los tendones, se entiende).

La charla final los congregará a todos en una sala de reuniones, con el Cholo de conferenciante, los gestos más altos que la voz: “Yo les invito a que salgan y los miren. A los alemanes, digo. Están cagados. Miren al recepcionista, al chico de las maletas o al camarero que les ha servido el arroz. Les sonríen porque están cagados y tienen bronca. No se explican cómo les podemos sacar ventaja si sólo tenemos dos rubios y son de peluquería…”.

“Dicen que nos hacemos futbolistas para jugar estos partidos, pero yo digo que la concha de su madre: nos hacemos futbolistas para ganarlos… Ellos juegan en casa y empujarán. Nada nuevo. Ustedes saben lo que tienen hacer y saben que funciona. Y no se olviden de la gente que está ahí fuera, de los nuestros. Ellos tiene una venganza pendiente y nos han pasado el encargo… Adelante, pibes y cómanse el mundo”.

Así lo imagino yo, llegados estos partidos a vida o muerte. Un discurso conmovedor, una arenga como la de Pacino en Un día cualquiera, un torrente de emociones, una actuación en carne viva. Eso imagino yo, pero podría estar equivocado. Del Bosque, antes de la final del Mundial, sólo quiso recalcar a sus jugadores (y cito de memoria) que no defendían el honor de un país, que simplemente eran futbolistas y que tuvieran presente que había muchos niños mirando. Más palmadas que frases. Quizá las cosas sean de ese modo. Los protagonistas siempre repiten que en partidos semejantes no hace falta decir nada. Cada uno es como es. Yo, si estuviera por allí, me limitaría a decirlo a todo.

Bale salva otro escollo

Después de acumular ocasiones durante los primeros minutos del partido, el Real Madrid sintió que la victoria era cuestión de tiempo. Transcurridos 80 minutos, el Real Madrid comprendió que el triunfo era cuestión de gol. Lo celebró Bale, pero lo cierto es que lo marcó Isaac Newton.

Ganar donde no lo consiguió el Barcelona y hacerlo emparedado entre una semifinal de Champions es una conquista de indudable mérito, pero la sensación es que el Real Madrid tardó demasiado en firmar lo que estaba escrito. La disculpa está servida y toca admitirla: cinco jugadores nuevos con respecto al último partido en Manchester, incluido Borja Mayoral, todavía de Erasmus.

Añadan la montaña rusa emocional que traslada a los madridistas de la Liga a Europa, con la misma presión pero con diferentes atmósferas. Únicamente el tiempo de San Sebastián es más cambiante: sólo faltó la espuma activa para jugar dentro de un lavado automático. Chorros desincrustadores, agua vaporizada, ozono abrillantador y sol para secar la colada.

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Sorteo Champions: el Real Madrid y los vengadores

bombo

El fútbol, ciencia inexacta y caprichosa, suele favorecer el ajuste de cuentas y hasta diría que le gusta ajustarlas. Sobran los ejemplos. El avión del United se estrelló en 1958 y el club, reconstruido por Matt Busby y liderado en el campo por Bobby Charlton (dos supervivientes), ganó la Copa de Europa diez años después. Algo similar ocurrió con la selección de Zambia. En el accidente aéreo de 1993 murió un equipo prometedor que estaba a punto de clasificarse para el Mundial de Estados Unidos. Diecinueve años después, y muy cerca de donde se estrelló el avión, Zambia se proclamó campeona de la Copa de África.

Hay más casos, cientos. La selección de Brasil se repuso de la crueldad del Maracanazo (1950) ganando cinco títulos mundiales; para ello sólo tuvo que cambiar el color de la camiseta (del blanco al amarillo) y dejar que el fútbol hiciera el reajuste correspondiente. El Depor, el ejemplo más cercano, debió esperar cuatro años para ganar la Liga y cicatrizar el penalti de Djukic (1994).

Si cuento todo esto es porque tengo la esperanza de que el sorteo de hoy nos sirva alguna gloriosa revancha. Para el Atlético, uno de los equipos que todavía espera que el fútbol pague sus deudas, se juntan en el bombo los dos rivales que corregirían su historia: Real Madrid y Bayern. Contra ellos fue vencido en la Copa de Europa, minutos 93’ y 120’. Ganar el título doblegando sucesivamente a ambos sería una restitución con intereses millonarios, la reescritura de su historia. Aunque tampoco conviene abusar.

Para el Madrid no hay revanchas. Al contrario, le amenazan los vengadores. Pellegrini, despreciado por Florentino, entrena al City; en el Bayern (léase Guardiola) todavía el escuece el 0-4 de hace dos años. Y qué decir del Atlético. La única duda es si el fútbol, esa ciencia caprichosa e inexacta, habrá elegido esta primavera apara ajustar cuentas o para seguir honrando al Madrid, el equipo que no se ha cambiado nunca la camiseta blanca.

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