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El Tour del ausente presente

Que viene, que viene.

Dense prisa, porque el año que viene correrá Tom Dumoulin. Ese debería ser el consejo para todos los candidatos al Tour que está a punto de comenzar. Caballeros, en la próxima edición todos ustedes bajarán un puesto. La proyección, creo que poco discutible, compromete especialmente a los favoritos de primer rango, Chris Froome y Nairo Quintana. Pero tampoco resulta estimulante para la segunda línea de aspirantes, al podio o a la gloria, de Porte a Contador.

Nairo, el bulldog

Atención: Nairo muerde.

Atención: Nairo muerde.

 

Sucedió durante una charla que pretendía ser deportiva. Preguntado sin más preámbulo por su raza, Nairo Quintana miró a su interlocutor, forzó una media sonrisa y respondió: “Bulldog”. Es obvio que Nairo consideró inapropiada la pregunta, pero hasta ahí llegó su enfado, ni un comentario más, prosigamos la conversación.

En ese primer y único encuentro con Nairo me sorprendió su aplomo. Lo imaginaba tímido, e incluso huidizo, pero lo encontré prudente y sereno, con un fino sentido del humor que no practica ante extraños, como si fuera consciente de su responsabilidad “institucional”: líder de uno de los mejores y más caros equipos del pelotón internacional, además  de embajador plenipotenciario de Colombia.

La Vuelta a España es el Tour de Francia que no salió

Valientes a relevos.

Valientes a relevos.

La Vuelta es como nos hubiera gustado el Tour: Nairo de líder, Froome en versión mortal y Contador en la batalla. Por no mencionar a Valverde o Chaves y sin despreciar a Simon Yates. Desde hace algún tiempo las emociones se retrasan hasta el mes de agosto. Es cierto que no son los mismos castillos y es verdad que el maillot de líder se confunde, de manera irritante, con el rojo de otros equipos (Katusha, Cofidis, Lotto Soudal…), pero el nivel competitivo está lejos de desmerecer. Cumplida la octava etapa, el libro de ruta es un menú ante el que cuesta no relamerse: Naranco, Lagos, Peña Cabarga, Aubisque, Formigal… Montañas y campeones, el paraíso del aficionado.

La escalada a La Camperona no defraudó, aunque algunos recelemos de la proliferación de puertos con rampas circenses. Personalmente creo que la Vuelta ya ha demostrado su capacidad de inventiva sin necesidad de que invente permanentemente. Hay otras fórmulas que me atrevo a proponer. Sería una novedad que cada etapa recibiera el nombre de un gran campeón, ya sea porque allí hizo historia el ciclista en cuestión (Hinault-Serranillos), o porque determinado corredor ha sido el inspirador del recorrido, como sucedió con Purito en la etapa de Andorra de la pasada edición. En caso de que prospere la idea sólo reclamaré un viaje en el coche de la dirección con medio cuerpo asomado por el techo del Skoda, quizá gritando Gerónimo. No es mucho pedir.

Formas de ganarse el cielo

Geniez, ganador en Ézaro, ya puede escalar el Everest.

Geniez, ganador en Ézaro, ya puede escalar el Everest.

 

Levantar los brazos en una etapa que ganó otro es comparable a saludar a una mujer que no te sonríe a ti, sino al tipo que está a tu espalda. Hay formas de salir del paso y todas pasan por disimular o por encontrar refugio en la mujer tras la mujer, caso de que exista y se deje.

Cuando el joven Rubén Fernández levantó los brazos al cruzar la meta, dio la certera impresión de que ignoraba que otro había sido el primero. Entrevistado luego como líder de la carrera, el chico aseguró que había celebrado el maillot rojo y no la etapa. Tal vez, podría ser, por qué no. En ocasiones (pocas), tras la guapa de referencia se coloca una guapa que todavía lo es más.

Ya estamos de Vuelta

Kennaugh ya ha elegido azafata.

Kennaugh, muchacho avispado, ya ha elegido azafata.

 

En el número 85 de Brewer Street, en el Soho londinense, se ubica un local que no se puede describir tan sólo como una tienda de bicicletas. Rapha, de hecho, se define en primer lugar como un Club de Ciclismo. De eso presumen sus empleados, y está bien que lo hagan, aunque la denominación sigue sin estar completa. Rapha es el selecto fabricante de la ropa del Sky, una firma tan elegante que podría tener sastrería en Regent’s Street. Convendrán conmigo en que la distinción del equipo no sólo es deportiva, también se relaciona con la indumentaria de los corredores, con la tecnología en general y con los coches en particular, unos Jaguar esplendorosos. No hay duda de que James Bond correría en el Sky.

Jon Izagirre, nuevos tiempos

Jon Izagirre, único triunfo español en un Tour de otros. AFP

Jon Izagirre, único triunfo español en un Tour de otros.

 

El futuro que se aproxima será así en los años buenos. De tanto en cuanto un español ganará una etapa del Tour y habrá que celebrarlo como un gran éxito. Hablaremos de “notable actuación colectiva” si además colocamos a un par de compatriotas entre los diez primeros y subiremos la nota si a todo ello conseguimos añadir la clasificación por equipos. Los podios serán preocupación de otros (británicos, holandeses, franceses) y a su disputa asistiremos con menos pasión pero con parecido entusiasmo. Cualquier aficionado que se precie tiene tantos pasaportes como Jason Bourne.

Los más viejos y los muy jóvenes se adaptarán mejor a la nueva época: unos por tener memoria y otros por carecer de ella. Será más difícil para aquellos que sólo han conocido el éxito, cuatro ganadores en los últimos once años y, desde entonces, sólo cuatro podios sin presencia española. Bien, pues se terminaron las rosas y se nos acabó el vino. Salvo que Mikel Landa incorpore algunos cambios en su vida (entre otros el cambio de equipo) no hay razones para imaginar veranos como aquellos.

No se vayan todavía: último round bajo la lluvia

Froome, maltrecho. Cómo estarán los demás.

Solemos considerar, no sin cierta crueldad, que una de las condiciones fundamentales de los campeones es que no se caen. Y no es cierto. Lo que distingue la baraka de un campeón frente a la famélica fortuna de otros ciclistas es que cuando se caen no se hacen daño, o no demasiado. Todo campeón de largo recorrido tiene un padrino en los barrios altos.

Repasen conmigo, si piensan que exagero. Tom Dumoulin se cayó y se rompió la muñeca; Pierre Rolland se cayó cuando marchaba en la fuga y el aturdimiento le duró varios minutos (perdió siete en meta); Dani Navarro se cayó en el grupo de cabeza y de sus múltiples heridas físicas y morales todavía no teníamos noticia al cierre de esta edición (obsérvese el humor negro).

Pelear por la gloria o por la calderilla, esa es la cuestión

Jarlinson, una moto.

Jarlinson, una moto.

La etapa, durísima, estaba pensada para un ataque encarnizado en el Grand Colombier, que daría paso a un descenso vertiginoso, con los favoritos divididos entre perseguidos y perseguidores, probablemente con el líder en problemas y el Tour patas arriba. Las diferencias, las que fueran, podían ampliarse o encogerse en la última y bellísima ascensión a los Lacets del Grand Colombier, donde en cada lazo, y a vista de pájaro, observaríamos la agónica batalla entre los mejores. La etapa, es obvio a estas horas, estaba pensada por un aficionado y no por un director deportivo.

Nadie atacó con grandeza en una jornada que era una constante invitación a las hazañas. Únicamente se dejó ver el Astana, pero de un modo excesivamente protocolario, llamando a la puerta. No es posible abordar a Froome sin haber minado antes a su equipo. Cualquier asalto al líder (y sería incierto) ha de plantear una pelea sin intermediarios. La lección es sencilla y debería estar aprendida porque Froome ya ha ganado dos Tours y el próximo domingo sumará el tercero.

Froome ya tiene rival (para el futuro): Tom Dumoulin

Tom Dumoulin, cuando un tipo lo tiene todo.

Tom Dumoulin, cuando un tipo lo tiene todo.

 

De haberse dado por buenos los resultados de la etapa del Ventoux (accidente incluido), ahora estaríamos cantando la proeza de Chris Froome, capaz de remontar a todos sus adversarios después de su heroica (e ilegal) carrera a pie por la montaña. No sucedió tal cosa y en estos momentos nos limitamos a consignar aburridamente los resultados de la contrarreloj, que deja al líder muy cerca de su tercera victoria en el Tour, aunque sin el menor atisbo de hazaña.

Sin rivales para el presente, el principal enemigo de Froome es quien ganó la crono, Tom Dumoulin, un muchacho que ya tendría una Vuelta a España en caso de habitar en un equipo a la altura de su talento. Lo que queda confirmado es que Dumoulin lo tiene todo, añadan una educación exquisita. Cada vez que le acercaron un micrófono, y le acercaron varios racimos, dedicó la mayor parte de su discurso a solidarizarse con las víctimas del atentado de Niza: “Hoy no puedo estar feliz”. Por si fuera poco, estoy por asegurar, sin consultar ninguna opinión femenina, que el chico es desagradablemente guapo.

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